Opinión

Crónica de una crisis monetaria anunciada


CAMBRIDGE

La crisis en Grecia y los problemas de deuda de España y Portugal han expuesto las fallas inherentes del euro. Ni todas las garantías financieras –ni mucho menos la retórica tranquilizadora- de la Unión Europea las pueden ocultar. Después de once años de haber avanzado sin contratiempos desde la creación del euro, los problemas fundamentales del arreglo han quedado claramente de manifiesto.
El intento de crear una moneda común para 16 países independientes y muy diferentes estaba destinado a fracasar. La adopción de una moneda común significó que los países miembros individuales perdieron la posibilidad de controlar la política monetaria y las tasas de interés para reaccionar a las condiciones económicas nacionales. También significó que el tipo de cambio de cada país ya no podía responder a los efectos acumulativos de las diferencias en productividad y los patrones globales de demanda.
Además, la moneda común debilita las señales del mercado que normalmente advertirían a un país sobre el aumento excesivo de su déficit fiscal. Y cuando un país con un déficit fiscal excesivo necesita subir los impuestos y recortar el gasto público, como Grecia claramente hace ahora, la consiguiente contradicción entre el PIB y el empleo no puede reducirse con una devaluación que incrementa las exportaciones y reduce las importaciones.
Entonces, ¿por qué los Estados Unidos son capaces de operar con una moneda común, a pesar de las principales diferencias entre sus 50 Estados? Hay tres condiciones económicas fundamentales –ninguna de las tres existe en Europa- que permiten que los 50 Estados diversos operen con una moneda común: la movilidad laboral, la flexibilidad de los salarios y una autoridad central fiscal.
Cuando dejaron de operar las industrias textil y del calzado de los Estados nororientales de los Estados Unidos, los trabajadores se fueron hacia el occidente del país, en donde estaban creciendo nuevas industrias. Los trabajadores desempleados de Grecia, Portugal y España no se mueven a regiones de crecimiento más rápido de Europa por las diferencias de idioma, historia, religión, sindicatos, etc. Además, la flexibilidad de los salarios significó que el crecimiento sustancialmente más lento de los sueldos en los estados que perdieron industrias contribuyó a atraer y retener a otras industrias. Además, el sistema fiscal de los Estados Unidos recauda alrededor de dos terceras partes de todos los impuestos a nivel nacional, lo que implica una transferencia fiscal neta automática y sustancial a los Estados con ingresos temporalmente a la baja.
El Banco Central Europeo tiene que establecer una política monetaria para toda la zona euro, incluso si esa política es muy inadecuada para algunos países miembros. Cuando la demanda estaba muy baja en Alemania y Francia a principios de la década pasada, el BCE redujo las tasas de interés drásticamente. Eso ayudó a Alemania y Francia, pero también creó burbujas inmobiliarias en España e Irlanda. El colapso reciente de esas burbujas provocó un fuerte descenso de la actividad económica, así como un incremento sustancial del desempleo en ambos países.
La introducción del euro que implicaba una tasa de inflación baja común, provocó fuertes caídas en las tasas de interés de Grecia y de varios países que anteriormente habían tenido tasas de interés altas. Estos países cayeron ante la consiguiente tentación de incrementar el endeudamiento público, lo que elevó el coeficiente deuda pública-PIB a más del 100% en Grecia e Italia.
Hasta hace recientemente, en los mercados de bonos se trató prácticamente igual a todas las deudas soberanas de euros, evitando aumentar las tasas de interés en países muy endeudados hasta que fue evidente la posibilidad de un impago. La necesidad de un ajuste fiscal masivo sin una devaluación de la moneda para compensar conducirá ahora a Grecia y tal vez a otros países al impago de su deuda pública, probablemente a través de algún tipo de reestructuración de deuda respaldada por el FMI.
El euro se promovió entre los países miembros como necesario para el libre comercio bajo el lema “Un mercado, una moneda.” En realidad, por supuesto, para prosperar el comercio no necesita una moneda común o un tipo de cambio fijo. Los Estados Unidos tienen una facturación comercial anual de más de 2 billones de dólares, a pesar de su tipo de cambio flexible que ha tenido fuertes altas y bajas en décadas recientes. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte aumentó el comercio entre Canadá, México y los Estados Unidos, todos con tipos de cambio independientes y variables. Japón. Corea del Sur y otros de los principales países comerciantes de Asia tienen tipos de cambio muy flexibles. Además, obviamente, solamente 16 de los 27 países del área de libre comercio de la UE usan el euro.
A pesar de sus dificultades, es muy probable que el euro sobreviva su crisis actual. No obstante, no todos los miembros actuales de la zona euro podrían estar ahí dentro de un año. En retrospectiva, es claro que se permitió que algunos países se adhirieran prematuramente, cuando todavía tenían déficits presupuestales masivos y altos coeficientes deuda-PIB. Además, la composición industrial de algunos países y las bajas tasas de crecimiento de la productividad de algunos países significan que un tipo de cambio fijo los condenaría a tener déficits comerciales cada vez más grandes.
Por lo demás, se puede adoptar un mecanismo de supervisión reforzada y control para limitar déficits fiscales futuros. Sin embargo, incluso con un grupo más pequeño de países miembros y algunos cambios en los procedimientos de presupuesto, los problemas fundamentales que resultan de obligar a países diversos a vivir con una política monetaria y un tipo de cambio únicos seguirán existiendo.

Martin Feldstein, profesor de economía de la Universidad de Harvard, fue presidente del Consejo de asesores económicos del presidente Ronald Reagan, y presidente del National Bureau for Economic Research (Oficina Nacional de Investigación Económica).

Copyright: Project Syndicate, 2010.
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Traducción de Kena Nequiz