Opinión

Enseñanzas tailandesas para China


BEIJING

Sean cuales fueren los efectos de la agitación política en Tailandia, no están contribuyendo a la causa de la democracia en China. Las imágenes de quienes protestaban en pro de la democracia y la posterior represión durísima en el centro de Bangkok han aparecido con toda su crudeza en los medios chinos de comunicación sin parcialidad aparente. De hecho, no es necesario adornar el mensaje político que representan para China.
Si un país religioso, relativamente próspero y conocido como la “tierra de las sonrisas” puede degenerar tan rápidamente en una sangrienta guerra de clases, ¿qué ocurriría si el Partido Comunista chino perdiera su monopolio del poder? No es difícil imaginar una rebelión de los “camisas rojas” de estilo chino, con dirigentes populistas que explotan el resentimiento y jóvenes exaltados que prendieran fuego a símbolos del poder y del privilegio en Beijing. Si la democracia con libertad de partidos políticos propicia la aparición de bloques electorales violentos e intransigentes, la mayoría de las personas reflexivas preferirán el gobierno de un solo partido que garantice la estabilidad social.
Aun así, sería un error que el Gobierno chino tratara los sucesos de Tailandia como una excusa para aplazar la reforma política. La distancia entre ricos y pobres es la misma, más o menos, en los dos países y hay decenas de miles de “disturbios ilegales” con carácter de clase en China todos los años.
El Gobierno chino está promoviendo la asistencia social en las zonas rurales, pero también debe dar expresión institucional a las reivindicaciones sociales, lo que requiere una mayor representación de los campesinos y los obreros en el Congreso Nacional del Pueblo y los órganos legislativos subnacionales, más libertad para los periodistas con espíritu cívico para investigar casos de injusticia social y más libertad a las organizaciones cívicas para actuar en pro del medio ambiente y de quienes no se benefician de la reforma económica.
¿Puede abrirse China sin seguir la vía que conduce a la libertad de partidos para gobernar? De hecho, el gran pensador político británico del siglo XIX John Suart Mill propugnó el gobierno liberal sin una multiplicidad de partidos. En sus clásicas Considerations on Representative Government, denunció “la consigna del partido”. En una democracia, es de lo más probable que el partido de la mayoría esté constituido por quienes “se aferren con mayor tenacidad al exclusivo interés de clase”.
En lugar de la política con diversidad de partidos, Mill era partidario de elecciones democráticas sometidas a mecanismos como, por ejemplo, el de votos suplementarios para las personas con estudios y mecanismos institucionales para proteger los derechos de las minorías. En opinión de Mill, una sociedad abierta gobernada principalmente por minorías instruidas es la forma más conveniente de gobierno.
De forma semejante, la tradición confuciana ha insistido desde hace mucho en el valor de la meritocracia política. El propio Confucio hizo hincapié en que todos debían tener igualdad de oportunidades para recibir instrucción, pero no por ello todos acabarán teniendo la misma capacidad para formular juicios morales y políticos bien fundamentados. Así, pues, una tarea importante del proceso político es la de seleccionar a quienes tengan una moralidad y una capacidad superior a la media. En la historia china posterior, se institucionalizó el ideal meritocrático mediante el sistema de exámenes imperiales.
Los confucianos no se oponen a la democracia electoral, pero sostienen que debe estar limitada por dirigentes políticos seleccionados meritocráticamente que tengan en cuenta los intereses de los no votantes. Las democracias pueden desempeñar una función válida de representación de los intereses de los votantes, pero nadie representa los intereses de los no votantes –incluidas las futuras generaciones y los extranjeros (piénsese en el calentamiento planetario)– a los que afectan las políticas gubernamentales. Ésa debe ser la tarea de las minorías seleccionadas meritocráticamente.
Resulta precisamente que el Partido Comunista chino se está volviendo más meritocrático. Desde el decenio de 1980, una proporción cada vez mayor de los nuevos dirigentes tienen títulos universitarios y para los ascensos se tienen en cuenta en parte los exámenes, pero la elección de minorías instruidas es sólo una parte de la historia.
Además, las minorías deben gobernar en pro del interés de todos y permitir que se escuchen las opiniones de todos. En la práctica, eso significa un sistema político más abierto y representativo, pero no necesariamente una política multipartidista.

Daniel A. Bell es profesor de Teoría Política en la Universidad Tsinghua de Beijing y autor de China’s New Confucianism: Politics and Everyday Life in a Changing Society (“El nuevo confucianismo de China. Política y vida cotidiana en una sociedad en transformación”).

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