Opinión

Cada quien tiene su modito de hablar


Cada individuo hace uso de la lengua, además de su código como hablante de un idioma, de acuerdo con un conjunto de imposiciones sociales y culturales. Este sistema de realizaciones obligadas se mueve con base a determinadas normas que varían según los distintos niveles. En verdad, no es lo mismo el hablante que por diversas razones se ubica desde la perspectiva del lenguaje literario o elevado, el lenguaje familiar o el lenguaje popular. Nadie dirá, en el lenguaje familiar “Monté en un brioso corcel”, por ejemplo, porque es más propio del lenguaje literario; ni dirá en el lenguaje culto o elevado “De la cagadera que me dio, sólo me quedó el moño de pelo y las ganas de vivir”, porque es una voz más usual en el lenguaje popular. Orinar y defecar son dos verbos que en el lenguaje familiar se sustituyen por “hacer pipí” y “hacer pupú”, para referirse a los niños, o el eufemismo tan difundido “ir al baño”, cuando se habla entre adultos.
Hay, pues, según las circunstancias que motivan el hecho comunicativo, una norma que orienta su uso y hace por tanto que una palabra o expresión sea más o menos aceptable en el nivel de lenguaje en que se empleen.
Pero no solo eso. En los distintos planos de la lengua -fonético, léxico-semántico y morfosintáctico – la norma impone también determinados usos. En el fonético, por ejemplo, se dice “cantastes” en el habla popular nicaragüense; pero se prefiere “cantaste” en lenguaje culto o formal. En el léxico-semántico, un hablante nicaragüense opta por “bayunco” en lugar del castizo “grosero”. En el morfológico, el nica dice “caballo rigioso”,frente al castizo “rijoso”; y en el sintáctico se dice “la Juana y la Petrona”, un uso que se ha generalizado en el plano familiar y coloquial.
En un mismo país, los hablantes tienen igualmente sus preferencias léxicas: en Chontales dicen “machigüe” y en occidente, “nisayo”; “jabón de chancho” dicen en la zona rural del norte y “jabón del páiy” en los campos chontaleños; el “gusarapo” se hace “guarasapo” en algunas regiones de Nicaragua, y aún aquí se dice en el norte y otros lugares “güirisapo”. El “tepezcuintle” de los ticos y guatemaltecos, es más conocido en Nicaragua como “guardatinaja” y en el Caribe y región central como “güilla”. El “güirigüri” o habladera del habla nica, es también en Jinotega un tipo de juguete infantil. La golosina conocida en nuestro país como “pan de rosa” en el Norte se la llama “colación”. Un tipo flojo y negligente es “mandre” en Granada. En Rivas dicen “gamachar” con el significado de “violar”. “Pijiar”, como se dice en Nicaragua, es “cuajar” según el uso en algunas regiones, como Diriomo y Chontales. Una “limpia” es para los agricultores, la preparación del terreno para la siembra, y una “limpia” para los supersticiosos es un acto de “purificación”.
De lo expuesto, ¿qué podemos concluir? Que todo hablante es “plurilingüe”, si consideramos la posibilidad que tiene de alternar sus usos lingüísticos según las diversas circunstancias en las que se encuentre y los interlocutores con quienes establezca relaciones de comunicación. Porque un individuo, sobre la base de su propio idiolecto - es decir, del conjunto de rasgos propios de su forma de expresarse-, es potencialmente capaz de variar el uso de un vocablo o expresión familiar hacia el uso popular o viceversa. Como puede también adecuar sus usos lingüísticos según las distintas variedades situacionales: en el ambiente de trabajo, en su deporte favorito, o incluso en ambientes más generales y aceptables en el ámbito amplio de su comunidad. “Cada circunstancia social reclama una respuesta lingüística específica”, nos dice Martha Hildebrandt, y el individuo acomoda su habla “en virtud de un subconsciente proceso de adaptación a los diversos aspectos de su medio lingüístico y social”.
Estableciendo una relación elemental de semejanza, podemos decir que así como hay varios modos de vestir en una misma cultura, hay también distintos modos de hablar dentro de un mismo idioma. Y si un individuo viste según el clima, la hora o la ocasión, y su vestimenta es considerada adecuada, de la misma manera, ese individuo empleará modos de hablar aceptables en su entorno, si su forma de expresarse está en concordancia con el nivel de lengua que emplee. “Senos turgentes” dirá el poeta, “bustos generosos” se dirá en el ambiente formal, “mamas erectas” dirá el médico, “hermosas pichingas” dirá el ganadero chontaleño, “buenos amortiguadores” se dirá en el lenguaje pandilleril, “enormes pidevías” dirán los adolescentes, y en lenguaje popular o coloquial se dirá “chichas de marca mayor” o “porongas de coger raza”.
Y es que quien usa en un ambiente de intimidad formas lingüísticas propias del habla culta o formal, demostrará poca capacidad de adaptar sus formas de expresión a las circunstancias que condicionan y rodean la comunicación. O al contrario, quien emplee formas populares en un entorno de formalidad, exhibirá un bajo nivel educativo. No olvidemos que la lengua culta debe ser defendida tanto de la vulgaridad e incorrección como de la afectación y la pedantería.
Como se sabe, el nivel de habla más elevado y el que, lógicamente, presenta mayor grado de coincidencia con la lengua general, es el de la lengua culta cuidada o formal, identificada frecuentemente con el concepto de lengua escrita y hasta el de lengua literaria. Aquí se puede incluir también la lengua oral empleada en el discurso, la conferencia o la cátedra. Pues este nivel, al cual aspira la lengua popular, gusta abrevar en las fuentes populares, cuyas aguas siempre vivas y frescas, revitalizan las formas de la lengua culta. Por eso tenemos escritores -poetas y sobre todo narradores- que recrean en sus obras hechos y vivencias del pueblo, poniendo en boca de sus personajes el habla popular que los identifica y define en sus modos de ser, con sus costumbres y sus creencias.
A veces, la lengua de nuestros bajos fondos asciende también a los niveles de lengua coloquial o familiar por la vía del lenguaje estudiantil o juvenil. Es el caso del escaliche con dos palabras que ya forman parte del habla nicaragüense: tuani (bueno) y nelfis (nalgas).

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