Opinión

Cine a lo nica


Con la intensa claridad que caracteriza a nuestro nicaragüense sol de encendidos oros, cuatro vecinos caminan sin prisa, y al parecer sin destino definido por una calle de barriada, bordeada de casas hechas con lo que se ha podido, sombreadas con árboles y palmeras que refrescan la resolana de la tarde, mientras en la distancia una camioneta roja, con altoparlantes, se acerca anunciando huevos a 57 pesos la cajilla, y una perra parida, hastiada de la rutina, se echa en la sombra a ver pasar la vida. De lo más natural, sin caretas ni artilugios, la cámara de Frank Pineda nos ha conducido a ser algo más que espectadores de lo más reciente del cine nicaragüense: La Yuma.
Con el avance de la camioneta llegamos hasta el “cuadro”, donde policías y “jóvenes en riesgo” juegan béisbol, que aunque no se dice, porque tampoco es necesario, es una dinámica que forma parte de los procesos puestos en práctica por la Policía Nacional para rescatar y reinsertar a la sociedad a centenares de muchachos y muchachas organizados en pandillas, a quienes las carencias derivadas de la pobreza -económica y espiritual- han atrapado en la voracidad de las drogas, el alcoholismo, la delincuencia, y demás taras sociales que caracterizan a muchos de los barrios marginales de nuestras ciudades.
El elenco carece de actores profesionales, tipo Hollywood, y hay que decirlo, no fueron necesarios. Y ésa es una de las grandes virtudes de esta producción cinematográfica dirigida por la talentosa Florence Jaugey. Hay quienes se sorprenden y se preguntan cómo sin ser actores o actrices pudieron hacerlo tan bien, y quizá fue así porque para sobrevivir en Nicaragua hay que saber actuar, desdoblarse, representar personajes, lo que en ningún momento equivale a generalizar que la sociedad nicaragüense está llena de dobleces, de hipocresías y de simulaciones, aunque las hay. Lo que vimos allí es lo que devuelve el espejo de lo que ocurre a diario en los barrios marginales. Al sarcástico comentario del vende huevos “ideay, ahora la pandilla juega con la Policía”, uno de dos piruquitas, que se acaba de dejar caer su dosis de veneno, responde: “es un juego amistoso”, mientras el otro agrega: “tal vez así los chavalos se salen de las pandillas”.
Y qué mejor manera para expresar ese sentimiento que caracteriza al noble pueblo nicaragüense: la amistad. En las nebulosas del alcoholismo, ambos ciudadanos están claros de dos cosas: que los policías no son los enemigos, y que hay un peligro real que amenaza a los chavalos, a sus chavalos, peligro expresado a diario en las crónicas de Sucesos, y en los anuarios estadísticos que los registran como víctimas fatales. Y pese al estigma con que los ha adjetivado la sociedad por ser lo que son, aun quedan esperanzas que hacen que valga la pena seguir en el intento. Haciéndose el gracioso, el vende huevos, comienza a narrar la interioridades del juego, y ante un pelotazo del pitcher policía al bateador, éste reacciona airado, y hay amagos de trifulca, mientras el improvisado narrador comenta: “ahora sí se armó el alboroto, la Policía quiso decapitar a los antisociales, pero mala yerba nunca muere”, entonces el orgullo aflora, y tras el “ideay hijueputá, qué te pasa”, Moncho Huevo es expulsado del entorno bajo una lluvia de pedradas.
Quizá en otras partes del mundo sorprenda ver un juego de béisbol de este tipo, pero no en Nicaragua. Y hay un elemento que se debe destacar y es que ambos, policías y pandilleros, son jóvenes, coetáneos, a quien un uniforme no los va a “acalambrar”. Y en la jerga juvenil está otra faceta de esta película. Los actores hablan como habla la juventud en el país, y no la de los barrios, sino la de todas partes y estamentos sociales, con esa irreverencia propia del nica, a quien el qué dirán tampoco lo acalambra.
Esta película es una crónica de cómo vive y sobrevive en el siglo XXI la mayor parte de nuestra sociedad. Una ficción que tiene demasiado que ver con la realidad, tanto que es difícil establecer fronteras, aunque tampoco es necesario determinarlas. Entonces, desde mi óptica de simple espectador, las escenas van mostrando las intimidades de lo que puede estar ocurriendo en este momento en miles de familias: la madre con cuatro hijos de una relación anterior -o más-; el “macho” actual, mantenido y alcoholizado, mientras “su” mujer trabaja; la amenaza constante del abuso sexual del padrastro contra la niña que va para adolescente; los mundos opuestos de los muchachos que asisten a la universidad y los que deambulan por las interminables calles polvosas; el robo, como medio de sobrevivencia; el trueque de lo robado; la incertidumbre de un futuro cada vez más parecido al presente y al pasado; todo convertido en una formidable denuncia de lo que muchos no queremos ni ver ni oír, pero que está allí señalando con su índice acusador las inequidades de una sociedad, que cada gobierno la apoda según sus intereses: “Obras no palabras”; “Nueva Era”, “Nicaragua, cristiana, socialista y solidaria”.
Y también están los apodos, los sobrenombres, la otra identidad (el Culebra, la Yuma, y un amplio etcétera) con los que alguna vez nos enmascaramos para ocultar, o para adquirir identidad en el mundo del anonimato; y desde luego no podía faltar el humor, esa fuerza vital que nos ha preservado de desaparecer como sociedad, porque bien se sabe que el nica se ríe de sus desgracias, lo que no es igual a que sea valeverguista.
¡Ah, y la solidaridad! La del amigo que logra que “Polvorita” entrene a la joven boxeadora, porque en el mundo de los pobres se sale a vergazo limpio; la de la dueña de la venta de ropa usada que contrata y le da adelantos de salario a la muchacha; la de ésta que decide llevarse a sus hermanos menores antes de que el padrastro abuse a la niña, o la siga abusando; la del dueño del circo, que plantea con claridad sus reglas: “cada quien aporta para que todos salgamos adelante”, y no menos importante en el contexto la del travestí, que en el reducido espacio de su casa acoge a la joven y sus hermanos, desmitificando una vez más que las personas de la diversidad sexual son degenerados, delincuentes, mentirosos y una larga fila de adjetivos con los que los califica la parte heterosexual del país y sus instituciones, incluidas la escuela y la iglesia.
Finalmente, no puedo dejar de pensar en el circo llamado “Libertad”, nombre de ninguna manera casual, y menos accidental, pues representa ese anhelo que los nicaragüenses llevamos arraigado en nuestro mapa genético, y que en la película es más que un recurso para terminar la historia, ya que ver a la joven apurando al hermano para que aborde la desmejorada caravana circense trasmite un contundente mensaje, y es la imagen de este pueblo nuestro, pueblo aun nómada, que en éxodos constantes se ha desperdigado por el mundo, porque aun no logra conquistar las condiciones sociales, políticas y económicas que le permitan terminar de encontrase consigo mismo y vivir, por fin, con la dignidad que merece.