Opinión

Somocismo puro y duro


“Mirá, Mundo, me dijo un amigo, permitime te haga una observación. Con frecuencia te referís al somocismo como si todo mundo entendiera que fue, y se te olvida que Somoza cayó hace treinta años, y si a los que desde entonces han nacido le agregás los que tenían 15 años o menos cuando Somoza terminó, estamos hablando de la inmensa mayoría de población de Nicaragua, menor de 45 años, que no tiene memoria directa del somocismo.”
Creo que mi amigo tiene toda la razón. La observación la hizo cuando, a raíz del anuncio, la semana pasada, del bono que el Presidente Ortega ha prometido para casi 120,000 empleados públicos con míseros salarios de menos de C$5,500 córdobas al mes, dije que eso era “somocismo, puro y duro”.
A Ortega le dolerá, porque a su memoria vendrán los miles y miles de nicaragüenses, de diferentes extracciones socioeconómicas y tendencias políticas, que dieron su vida en la lucha antisomocista, y que se han de revolver en sus tumbas al ver que en ciertos aspectos hemos regresado a lo mismo, y a veces peor. Pero el calificativo, en verdad, carece de significado para la inmensa mayoría de nicaragüenses.
Déjenme, entonces, explicarme. Todos los ángulos económicos y presupuestarios de la medida han sido abordados en la inmensa discusión que la medida ha provocado. Yo me refería a una dimensión política-institucional, según la cual esa medida forma parte de la embestida antiinstitucional y antidemocrática de Ortega.
Uno de los rasgos del Somocismo fue que pese a la fuerte prosperidad y crecimiento de los ingresos del Estado durante tres décadas (1945-75), siempre mantuvo muy bajos los salarios de las fuerzas armadas y de la Policía (la conocida como Guardia Nacional), mientras, a la vez, mantenía para oficiales y clases de la Guardia una vasta red de remuneraciones extralegales (licencias de prostíbulos y toros-rabones, permisos de circulación vehicular y multas de tránsito, etc.), para que los guardias fueran más leales a él que controlaba esa red de remuneraciones extralegales, que a la ley que les establecía una baja remuneración.
Fue así que el proyecto de una Guardia profesional, institucional, apartidista, derivó en una Guardia pretoriana, de familia (Richard Millet, “Los guardianes de la dinastía”). En este sentido, la medida de Ortega forma parte de sus sistemáticos ataques a la institucionalidad del Ejército y la Policía, los que, en el marco de sus respectivas leyes, deberían tomar el monto global que les corresponda del bono, como toman las partidas presupuestarias que se les asignan, y canalizarlo internamente de conformidad con la institucionalidad presupuestaria establecida.
Harán bien las decenas de miles de empleados públicos en recibir el bono, que algún alivio llevará a sus familias. En lo que Ortega se equivoca, y estoy seguro de ello, es en que no venderán sus conciencias.
La medida no es muy diferente a aquella infame imagen de Ortega publicada en EL NUEVO DIARIO, repartiendo billetes desde la ventanilla entreabierta de su carro de lujo a los pobres que se agolpaban en un semáforo. Como lo dijimos entonces, el pueblo quiere empleos, que son dignidad, y no limosnas que humillan.