Opinión

Entre el humanismo materialista y el providencialismo pragmático


En su libro anterior, “Entre el Estado Conquistador y el Estado Nación”, publicado en 2004 y re-editado en 2008, Andrés Pérez-Baltodano articula su visión en torno a dos ejes fundamentales: a) el providencialismo que expresa una visión de la historia como un proceso gobernado por Dios. b) Y el pragmatismo resignado que encuentra en la cosmovisión providencialista su fundamento, funcionando dentro de las estructuras de poder tradicional del Estado Conquistador.
Su nuevo libro, “La subversión Ética de Nuestra Realidad” (2009), que en cierta manera también emana de esos mismos ejes, presenta una propuesta que el autor identifica con el nombre de: “humanismo materialista cristiano”, la cual integra tres elementos fundamentales: 1.- El humanismo cuyo objetivo central deberá ser la defensa de la dignidad humana. 2.- El materialismo que implica la necesidad de enraizar el humanismo en la realidad social en que vivimos y, por lo tanto, el rechazo de ideas que, como la de la democracia neoliberal, se imponen artificialmente sobre la realidad. 3.- El cristianismo reconociendo el mismo, como la matriz cultural en la que prevalecen los códigos e imaginarios colectivos de los latinoamericanos.
Es evidente que el providencialismo y el pragmatismo resignado han mantenido anquilosado nuestro sentido de la historia y que los seres humanos vivimos de símbolos que nutren nuestro imaginario y dibujan el perfil prototípico de nuestras culturas. Estos dos fenómenos son mecanismos de defensa que hemos afinado desde la Colonia y que, “debidamente” apadrinados por la iglesia católica institucional, constituyen buenas herramientas para evadir nuestra tarea, misión y responsabilidad ante la historia.
Así pues, “El Humanismo Materialista Cristiano” no es un concepto religioso ni forma parte de ninguna doctrina religiosa; es simplemente, una posición ética basada en la filosofía cristiana. Profusamente nutrida por referentes representativos del pensamiento humanista mundial. Partiendo del pensamiento humanista-ateo de Marx, el teólogo católico Jacques Maritain y su reacomodo humanista entre lo sagrado y lo secular, el filósofo Teilhard de Chardin y su idea de las dos esferas que componen nuestra realidad: la celestial y la terrenal, el teólogo protestante Paul Tillich, hasta llegar al existencialismo, que es más un movimiento filosófico que una teoría acabada sobre la condición humana.
Sartre plantea una idea que corrobora el trasfondo ético del Humanismo Materialista Cristiano: “Cada persona está condenada a definir lo que quiere ser…para vivir auténticamente, el individuo debe ejercer su libertad y decidir que hacer con su vida tomando en cuenta su doble esencia animal y trascendente”. Según Sartre no es la providencia divina ni la mano de Dios quienes controlan y construyen nuestra existencia. Desde esta perspectiva es nuestra responsabilidad individual y colectiva la que deberá marcar el curso de nuestra historia.
En nuestra región, José Martí plantea que la Providencia para los hombres no es más que el resultado de sus mismas obras, sin influencia alguna de “fuerzas extrañas”. Reconociendo el papel protagónico de los seres humanos para crear su historia.
En vista de que el libro publicado en 2004/2008 (Entre el Estado Conquistador y el Estado Nación) nos plantea el problema y los obstáculos que nos mantienen entrampados en visiones premodernas de la historia y el publicado en 2009 (Subversión Ética de nuestra Realidad) nos presenta la propuesta del Humanismo Materialista Cristiano, la cual puede interpretarse como una señal del camino hacia el sentido y la consideración de la transformación de nuestra realidad marcada por las visiones del providencialismo. Como es natural, el tema suscita una serie de preguntas o inquietudes que han sido, los elementos motivadores de este escrito.
Cuando se aspira a cambios estructurales sean bajo la óptica objetiva o subjetiva de la realidad, el diálogo constituye una forma de comunicación, un proceso educativo que nos ubica en el país real. Desde esta perspectiva, las opiniones de los jóvenes nicaragüenses inmersos en la vida, la historia y la cotidianeidad de la sociedad nicaragüense son imprescindibles en cualquier proyecto de cambio cultural profundo. A manera de auscultación trataré de incluir en el espacio limitado de este artículo algunas citas textuales reveladoras de lo que aquí se pretende explicar:
“… quiero expresar que desde mi punto de vista no existe ni el pasado, a como tampoco el futuro, puesto que en ninguno de los dos podemos cambiar algo, así que lo único que podemos hacer es comenzar a cambiar el presente si queremos tener un mejor futuro; claro tenemos que estudiar los errores que cometimos o que cometieron las anteriores generaciones, en la que cada una tendrá que asumir su responsabilidad”. (Blog Generación XXI, Revista Confidencial, marzo, 2010).
“…Pero mucho me temo que en esta generación (pongamos, por ejemplo, la mía), quienes se “rifan” no han querido/podido/sabido romper el cascarón de la herencia política de sus/nuestros padres y madres. Los/as muchachos/as que alguna vez hemos participado en algún intento por crear círculos de reflexión crítica, o quienes se han tirado directamente a la acción, lo siguen haciendo con los modelos viejos, sin demasiadas novedades, o sin novedades de fondo. Y, a riesgo de equivocarme y/o de ofender a algunos/as queridos/as míos/as, creo que tampoco desde la generación de ustedes (la misma de mis papás) nos han invitado a negarles, a “matar al padre”, a romper con la herencia política, o al menos a archivarla mientras bebemos de otras fuentes, o mientras nos inventamos otras fuentes de donde beber. Los temas de discusión entre la juventud interesada a veces parecieran repetir los que se discutían antes y después del ‘79; los lemas, los modos del discurso y de la oratoria, las consignas, las formas de instrucción política y de lucha política, solo en poquísimas ocasiones son verdaderamente nuevas. (Ibid.).
….”Mas en estos tiempos de burbujas… creo que “nel pastel”. Hay una serie de intereses y precedentes que han hecho de nosotros criaturas apáticas, desencantadas, con rechazo a los tapazos emancipadores de nuestros padres, y el interés, que indefinida es un arma de doble filo y hasta suicida, es continuar en la burbuja”. (Ibid.).
En primer lugar, queda claro que desde el punto de vista de estos muchachos inquisitivos por naturaleza, se plantea la necesidad del cambio, la sustitución de los valores de la gente, trascender la concepción del providencialismo y el pragmatismo resignado, difícil tarea que implica, el nacimiento de una nueva mentalidad, romper con la herencia política, dicen, sin desconocer los errores del pasado como una manera de trascenderlos.
Se tienen que crear esas condiciones pues el providencialismo ha echado raíces de tal magnitud que emprender la transformación estructural de nuestras sociedades implica apoyar, respaldar, entender a nuestros jóvenes, pues, si de verdad se quiere cambiar, el gran secreto es que la gente se empodere de las ideas de transformación de la realidad.
En la misma dirección, Andrés Pérez-Baltodano cree que “la articulación de una “nueva forma ético-política” implica la transformación de lo existente. Lo viejo en este sentido, es necesariamente la fuente de lo nuevo ya que cualquier proyecto de transformación empieza con la identificación de aquellos aspectos de la realidad que queremos cambiar. Porque cuando de la historia se trata, no hay páginas en blanco”.

En conclusión, planteado el diagnóstico: providencialismo y pragmatismo resignado, cosmovisiones legitimadoras de nuestro atraso, se establece la conexión con el Humanismo Materialista Cristiano. ¿Propuesta idealista? Se preguntarán aquellos para los que la ética es sólo parte de la superestructura, sin embargo, la consideración de la dimensión subjetiva de la realidad es correcta si se parte de la cosmovisión latinoamericana la cual, incluso Marx no visualizó pues respondía a otros contextos y otras realidades. La propuesta explora el camino de la superación del diagnóstico, a través del involucramiento de todos los miembros de la sociedad para promover el cambio de conciencia, bajo la égida del respeto por los códigos y valores que forman el imaginario colectivo de la mayoría –no de todos- los latinoamericanos.
El proceso deberá partir, pues, desde lo que tenemos, de lo que creemos, de los valores y creencias que llevamos internalizados e introyectados desde siempre, valores y creencias de las cuales no escapan, por diversas razones, miembros de las elites sociales, intelectuales, políticas, etc. de la región. Realidad que debemos reconocer (para transformar) con la inclusión de aquellos que por nuestra formación, experiencias de vida, reflexión personal, etc. hemos elaborado nuestras propias creencias fundamentales acerca del sentido de la vida.

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