Opinión

La dimensión institucional de la Iglesia

Sobre la íntima piedad cristiana del jesuita Roberto Bellarmino, gran inquisidor, santo y doctor de la Iglesia, sabemos poco; en cambio conocemos que fue un inminente hombre político como lo es en nuestros tiempos su Eminencia Reverendísima Cardenal Miguel Obando y Bravo. En 1930, Papa Pío XI lo beatificó y santificó para declararlo un año más tarde doctor de la Iglesia y figura venerada por los catequistas. Fue San Roberto, bajo el pontificado de Clemente VIII, quien mandó a la hoguera al Fraile Giordano Bruno en el año 1600, emitiendo la sentencia no por motivaciones estrictamente doctrinarias más por meros intereses de poder

La historia nos ilustra sobre el contraste permanente entre la dimensión espiritual y la dimensión institucional de la Iglesia Católica. Los defensores de la pureza alegan que Jesús en el Nuevo Testamento afirma que Dios es Espíritu y aquellos que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y Verdad. Dios desea que dentro de nosotros cohabite la verdad y en nombre de ésta actuemos siempre en cada ocasión de la vida.
Norberto Bobbio, filósofo italiano, solía decir que la verdadera diferencia no era entre el que cree y no cree, más bien entre quien piensa y quien no piensa. Bobbio ciertamente sigue la senda de los iluministas del setecientos que abrieron la puerta hacia el humanismo etnocéntrico que liberó el conocimiento después de siglos durante los cuales los progresos buscaron su propio camino en medio de la oscuridad de las supersticiones, mitos y prejuicios que hizo correr a muchos de sus promotores, riesgos, algunas veces mortales.
El componente institucional del cristianismo comienza su desarrollo en el año 313 de nuestra era con el Edicto de Milán, promulgado por Constantino I, llamado el Grande, Emperador de Oriente y Occidente, que concede al cristianismo la calidad de religión imperial de Estado. Con tal estatus la iglesia viene investida de plenos poderes terrenales y sobre esta nueva base construye toda una estructura jurídica – ideológica inderogable que a su avance indestructible no hay espiritualidad que resista. La verdad en este contexto pasa obligatoriamente a depender de las circunstancias, haciendo barcolar el edificio doctrinario.
Desde las catacumbas, los seguidores de Cristo, enarbolando la bandera de la redención, antes que Constantino con Papa Silvestre I, alcanzaran el glorioso acuerdo, convulsionaron la moral de su tiempo, con la consigna de que todos los hombres, y supongo también las mujeres, eran iguales ante Dios. En plena Edad Media siglos después y ya en el esplendor de su poder, su máximo ideólogo, Tommaso D`Aquino, a la pregunta de que por qué en virtud de la igualdad proclamada por la iglesia papal no condenaba el mercado de esclavos, desde su cátedra escolástica de la Sorbona teorizaba que los negros no tenían alma. Pragmatismo político obliga.
Sobre la íntima piedad cristiana del jesuita Roberto Bellarmino, gran inquisidor, santo y doctor de la Iglesia, sabemos poco; en cambio conocemos que fue un inminente hombre político como lo es en nuestros tiempos su Eminencia Reverendísima Cardenal Miguel Obando y Bravo. En 1930, Papa Pío XI lo beatificó y santificó para declararlo un año más tarde doctor de la Iglesia y figura venerada por los catequistas. Fue San Roberto, bajo el pontificado de Clemente VIII, quien mandó a la hoguera al Fraile Giordano Bruno en el año 1600, emitiendo la sentencia no por motivaciones estrictamente doctrinarias más por meros intereses de poder.
Con el fin de perpetuar su gesta y trasmitir a la futuras generaciones sus hazañas indomables se hizo escribir lo siguiente en su epitafio: “Mi espada sometió los espíritus soberbios”, mas como sucede ciertas veces, la historia termina no sólo haciendo ironía de su protagonistas sino también algunas veces parece vengarse y en el año 2008 la Iglesia dispuso que el “espíritu soberbio” de Fray Giordano fuera indirectamente rehabilitado por otro Jesuita, esta vez por el argentino José Gabriel Funes, Teólogo – Astrofísico, nombrado por Papa Ratzinger a una alta dignidad en el gobierno del vaticano.
Dice el Astro-Teólogo: “Se puede admitir la existencia de otros mundos y de otras vidas, quizás más evolucionada que la nuestra, sin que por esto nuestra fe en la creación, encarnación y redención venga puesta en discusión y todo porque no se puede poner límites a la libertad creadora de Dios”.
A la interrogante de quién había sido el redentor de estas vidas, como lo fue Jesús del género humano, el sabio Jesuita respondió: “No es dicho que ellos deban tener necesidad de alguna redención, pudieron haber conservado la amistad plena con el Padre Eterno”. Mutatis – Mutandi, el pobre Giordano Bruno hace cuatro siglos había alcanzado las mismas conclusiones y pagó con su vida la osadía de oponer su verdad al andamiaje político- ideológico de la estructura. Bellarmino actuando con tal lucidez crueldad y diligencia estaba totalmente conciente de luchar en nombre de Cristo por la buena y correcta difusión de su mensaje evangélico y sus convicciones no podían ser más que un reflejo de la dimensión institucional sin la cual la iglesia irremediablemente estaría destinada a su extinción.
Para muchos creyentes, Giordano Bruno y tantos herejes sacrificados son testimonios de un inmenso amor a la verdad, pero despliega el mismo amor a la verdad su Eminencia el Cardenal Javier Lozano Barragán cuando ahondando sobre el caso de la joven italiana Eluana Englaro sometida a una eutanasia pasiva en 2009 declaraba al periódico el “Avvenire” del 28 de Junio del mismo año “Yo digo solamente que existe el mandamiento quinto no matarás y si alguien lo transgrede, es un asesino. No es una tesis polémica, es algo lógico”.
Los teólogos católicos opuestos a la línea ortodoxa de la Jerarquía Eclesiástica, con alemanes, suizos, franceses e italianos a la vanguardia, entreven en el hermético pensamiento del purpurado Lozano consideraciones donde difícilmente se escapan los papas que reinaron desde 1549, fecha de la instauración de la inquisición, hasta 1761 año de la última ejecución capital por motivos de fe en la Roma papal. Muchos de estos papas fueron elevados a la categoría de santos y son venerados como tales.
En la primavera de 2008 en los funerales en París del estilista Ives Saint Laurent, en la Iglesia Saint Roch tomó la palabra su socio Pierre Bergè. Con conmovida voz, el que por decenios fue el compañero y esposo del creador de moda tejió en su discurso toda una leyenda de amores y “affaires”, de vivencias compartidas. Los católicos de buena fe seguidores de las orientaciones de la Jerarquía se preguntan: ¿“A qué titulo este “sodomita” tomó la palabra en el sagrado recinto”? tal vez para recordarnos, que otro pecador en aquel preciso momento ardía en las llamas del Averno como un nemisto cualquiera. ¿Ingenuidad o un poco de “Can-Can” del clero francés?
La política de canonización de la Iglesia no siempre responde a los intereses de pura espiritualidad, revela en muchos de sus libros sobre el tema el Teólogo italiano Vito Mancuso, agregando a continuación que los papas han hecho santos a individuos poco meritevoles, ignorando a muchos que verdaderamente han consagrado su vida al bien y a la justicia, privilegiando sobre todo a aquellos que han mostrado más lealtad a la institución.
El encubrimiento y la cautela con la que se ha manejado los abusos sexuales que por denuncia de sus víctimas sacude actualmente a la iglesia universal, a través de la figura del cura pedófilo, no sorprende a nadie y por muchos aspectos obedece a la implacable lógica del ejercicio del poder. Magnificada por muchos de sus detractores no hay duda que los partidarios de la reforma profunda tendrán caldo de cultivo suficiente para exigir lo que ellos llaman una modernización de la Iglesia.
A lo largo de los siglos el problema pareciera ser el mismo: ¿Son las razones del poder las que condicionan el accionar? Ya lo cantó Shakespeare en una de sus descripciones del corazón humano, precisamente en “Macbeth” cuando ubica el problema en el accionar histórico y habla de la pureza del ideal que nos embruja, fascina o conquista y el insidioso peso de las estructuras concretas mediante las cuales se realizan. La espiritualidad se vuelve una vaga y casi patética aspiración si no logra encarnar en una estructura visible y palpable pero encarnando inevitablemente se ensucia, se contamina y algunas veces incluso involuciona. Hay hombres que hospedan en sus mentes una concepción institucional además que doctrinaria de la verdad, y juegan con la verdad tanto en la historia como en la política como armas certeras para acumular poder.