Opinión

David contra Goliat o la lucha por la dignidad


El disidente cubano Guillermo Fariñas ha mantenido desde hace mucho tiempo una tenaz lucha en contra del gobierno dictatorial cubano, exigiendo la liberación de los presos de conciencia en la isla.
Es un escenario muy triste en el que se desarrolla esta batalla. Una verdadera reedición de la leyenda bíblica de David contra Goliat. Un hombre desafiando a todo un sistema opresor de la conciencia de su propio pueblo. En pleno siglo XXI, hechos como éstos deberían llenar de vergüenza a la civilización occidental. El irrespeto de los derechos humanos más elementales, como lo es el de pensar, que se lleva a cabo en la isla comunista se realiza con tal flagrancia que pone en evidencia la disimulada complicidad de los países que mantienen relaciones diplomáticas con el gobierno de la isla y no le presionan para que cese la represión contra los disidentes.
El caso Fariñas ha salido a la luz pública en vista de su heroica batalla aún a costa de su vida en la persecución de un objetivo que no es más extravagante que el simple hecho de exigir el respeto a la libertad de expresión y pensamiento; algo que es proclamado como un innegable derecho de los pueblos por la mayoría de los países de nuestro continente. Fariñas toma de esta manera su determinación última de dar la más grande batalla de su vida, aún cuando ésta lo conduzca precisamente a la muerte. Cuando la vida se convierte en una lucha por alcanzar un ideal, el sacrificio supremo se asume con la convicción de avanzar un paso más en la dirección correcta. ¿Cuántos mártires más necesita América Latina y el Caribe para sanar su historia plagada de abusos de poder y represiones. Los otrora oprimidos se hacen del poder mediante revoluciones armadas y, al llegar al poder, tan sólo piensan en saciar su sed de venganza y su odio en contra de su propio pueblo.
¿Por qué no devolverle al pueblo cubano su capacidad de expresarse y de pensar libremente? Por qué no dejar de lado la moneda que parece ser una divisa universal de las revoluciones armadas: la revancha y la opresión. Ésa no es la manera más sabia de encontrar la respuesta a las interrogantes históricas de cada época. Es necesario que la cúpula revolucionaria cubana comprenda que no tienen, ellos, la verdad revelada. Que no son seres infalibles, mesías llamados a redimir a un pueblo ignorante e incapaz de definir su propio destino. En el devenir incesante de los pueblos no hay verdades inamovibles. No las puede haber. Las razones coyunturales son, precisamente, determinadas por cada momento histórico y ésta no es una momia disecada, antes bien, una realidad dinámica y vigorosa. La cúpula cubana no puede seguir fundando su absolutismo en el ejercicio del poder amparándose en anacrónicos fundamentos de una lucha armada de hace más de medio siglo.
Guillermo Fariñas es una luz de esperanza que sigue brillando para que de la conciencia continental no se borre el recuerdo de los disidentes cubanos oprimidos, desaparecidos y torturados por una dictadura despiadada que se apresura a colgar etiquetas ignominiosas a todo aquel que no concuerde con la manera de pensar del líder máximo en turno. El destino de la isla no debería estar tan solo en manos de unos cuantos pseudoteóricos del socialismo clásico que persiguen el hartazgo de sus numularios apetitos de casta.
Guillermo Fariñas agoniza mientras el líder máximo designado por Fidel Castro --que casualmente es su hermano; cualquier parecido a una monarquía absolutista es definitivamente intencionado--- se rasga las vestiduras en profunda proclama por la libertad de expresión y el retorno de la democracia en Honduras. Es una afrenta vergonzosa para Raúl Castro, quien vivió la persecución y el encarcelamiento por causa de sus ideas políticas hace más de cincuenta años.
Las sociedades latinoamericanas deben unirse en solidaridad con el gesto de lucha de Guillermo Fariñas, quien no pide por su sacrificio más que el más elemental derecho a pensar y expresarse libremente. No hay razones para el acoso de disidentes en Cuba. ¿Qué tipos de gobernantes son éstos que temen escuchar la voz de su propio pueblo y por ello emprenden las más brutales acciones de represión para acallar la conciencia colectiva? ¿Temen, acaso, los hermanos Castro y sus allegados constatar que, efectivamente, su proyecto político mezquino y violento es rechazado por el pueblo cubano? El uso de la violencia y la represión nunca harán que la razón esté de su lado.
Es momento de solidarizarse con Fariñas. La libertad de conciencia y de pensamiento es un derecho del pueblo cubano.

*El autor es Especialista en Economía Gubernamental.