Opinión

La educación y el magisterio en la lucha por vencer la pobreza


Ideuca

Por naturaleza, la educación, por esencia, ha de mostrarse dinámica y cambiante, capaz de adaptarse a los cambios sociales, económicos y culturales del país. En tanto el país transforma sus visiones y se traza nuevos horizontes en su desarrollo, en esa misma medida la Educación debe responder alineando sus visiones y acciones en la perspectiva de contribuir a estos cambios sociales, económicos y culturales. La educación debiera, a su vez, trascender las fronteras que marcan las visiones del país en cuanto a su desarrollo, anticipando y poniendo en ejercicio en sus estructuras y procesos, el modelo de sociedad que aún no existe. Tal capacidad profética debe lograr que nuestra educación se muestre capaz de moldear sus estructuras, concepciones, normativas y pretensiones, con la plasticidad necesaria que posibilite contribuir a perfilar el desarrollo que queremos. Pero tales cambios necesarios deben ser dictados, no por imposición de programas exógenos, sino por los reclamos que plantean la pobreza, el subdesarrollo y las miradas esperanzadas de futuro del país. Nuestra educación tiene prisa, lo que exige refundar la institución que la dirige, en tanto sus estructuras y modelos de funcionamiento deben responder con efectividad a la urgencia de tales demandas.
Si esto es cierto, no lo es menos que, el magisterio constituyen el principal soporte humano, técnico y pedagógico para dar cabida a estos cambios. El derecho a la educación, que tiene todo nicaragüense, se concreta, más allá del dinamismo que imprime al desarrollo de cada persona, en la medida que esta educación es proyectada por los educandos en su entorno familiar y social. En consecuencia, pretender cambiar el modelo social y económico en honor a mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía, pasa necesariamente por cambios educativos profundos, y desarrollar tales cambios en la educación pasa, de forma obligada, por la participación real que tenga el magisterio en ellos y el apoyo efectivo que reciba para mejorar su estatus de vida y profesional.
Si lo estratégico mira al futuro, lo cotidiano asegura lo inmediato. Mientras lo primero lanza una mirada de largo aliento, lo segundo requiere una mirada a lo inmediato. La educación del país ha de contemplar esta doble mirada, si quiere construir con solidez su futuro. Por una parte, urge de una visión transformadora que le ayude a cambiar su enfoque y contenidos; por otra, construye esta prospectiva innovadora, poniendo en acción, cada día, su misión, con pasos seguros y decididos. El magisterio constituye la principal fuerza organizada para desplegar esta mirada y compromiso estratégico. Pero también ello requiere del Ministerio de Educación la claridad suficiente para organizarse en función de llevar a efecto los componentes estratégicos que ha definido recientemente, con mucha valentía, efectividad y responsabilidad, superando cualquier tentación de sólo lograr réditos políticos y no educativos.
Mientras este sueño se convierte en una lucha denodada contra todo obstáculo que se interponga, la política educativa aún demanda de mayor y amplia participación y manos comprometidas para llevar a efecto empresas difíciles que sólo con la fuerza de la conciencia y confianza en superar la pobreza y alcanzar el desarrollo son posibles. La activación de las nuevas y aguerridas estrategias tendrán vida y sentido, en tanto conformen, entre sí, un sistema en el que, como vasos comunicantes, cada una retroalimente a las demás. Requieren articularse para superar desenfoques y lógicas contrapuestas. Lo peor sería que, por dedicar los mejores esfuerzos a esta empresa, lo cotidiano, la vida de los centros educativos continuara sin la atención debida, las expectativas de maestros y directores quedaran insatisfechas y confusas, los recursos requeridos por los centros para la actividad educativa no llegaran; la educación perdería la batalla, se estaría soñando el futuro sin resolver el presente.
La urgencia de la educación rural es patente. Aún está a la espera de recibir el trato que se merece y con la flexibilidad y especificidad que requiere. Siendo el sector rural el sustento del país, no es razonable que el país haya esperado tanto tiempo para que la oferta educativa se acerque y responda a la demanda local, con las características que sus ciudadanos necesitan. Es necesario, para ello, que los maestros y maestras rurales, que tantos sacrificios han acumulado para el país, reciban la preparación debida y el reconocimiento necesario.
La estrategia innovadora y agresiva de preparar maestros y maestras con un plan especial intensivo por parte de las Escuelas Normales, cargado de valores, conciencia y conocimientos pedagógicos situados, y con mucha calidad humana y pedagógica, ha de desplegar su quehacer en el campo convirtiendo a las escuelas rurales en escuelas completas, con una educación que interese a las familias campesinas. Es grata una lucha comprometida con elevar estas escuelas que, con costo, arriban al cuarto grado, en escuelas completas donde la educación del sector rural complete el sexto grado. Para ello basta voluntad política, conciencia docente, preparación de calidad y contextualizada y recursos. ¡Claro que sí es posible universalizar la educación primaria, uno de los compromisos de la Cumbre del Milenio¡. Sólo el MINED imposible, pero aunando esfuerzos con todas las instituciones y la sociedad civil, será seguro el triunfo.
El desarrollo rural no debe buscarse fuera, está en la calidad y pertinencia de su educación, y en que ésta se acerque a todos los niños, niñas y jóvenes donde se encuentran y como se encuentren. Hasta ahora, las oportunidades educativas se han respondido a sí mismas, forzando a que los demandantes se acomodaran a sus características; ahora se trata de lo contrario, que la oferta educativa se identifique plenamente con las características y requerimientos de la niñez y juventud rural.