Opinión

Fariñas, la espina atorada


Guillermo Fariñas es la espina atorada en la garganta del monstruo, la quimera “socialista” consentida por la benevolencia de la mayoría de los intelectuales de la izquierda mundial. Los mismos que a la hora de criticar el poder son implacables con los gobiernos democráticos de donde provienen, pero frente a los regímenes totalitarios afines a su ortodoxia, son capaces no sólo de pasar por alto sus crímenes más espantosos sino hasta de justificarlos. Entre más infamias lanza el régimen contra la disidencia, menos dudas quedan del despiadado terror que producen cincuenta años de despotismo.
“Si ellos dicen ser defensores de la revolución, yo les invito a que inicien una huelga de hambre hasta morir para enfrentar la supuesta campaña mediática contra Cuba”, ese reto de Fariñas, el régimen hasta ahora no ha podido responderlo. Este hombre cuya conciencia paradójicamente es producto de los valores humanistas que hipócritamente postula la revolución, es psicólogo, periodista y ex combatiente en Angola, donde recibió 5 condecoraciones y dos heridas de bala. En 2006, obtuvo el Premio Internacional de Derechos Humanos de la ciudad alemana de Weimar, los 5,000 euros del reconocimiento, los donó a la causa de los reos políticos.
Nada fácil para Fariñas usar su cuerpo como trinchera para tomar el lugar de Orlando Zapata, pero como él mismo dice, no puede soportar en su conciencia el asesinato alevoso de su hermano de lucha. Duro para un revolucionario que realmente ama la vida, que la expuso tantas veces en combate. Hay que rebajarse más allá de la hipocresía y de la infamia para injuriarlo como mercenario imperialista. Además, Fariñas ha preferido una muerte espantosa, de ser necesario, pudiendo salvarse exiliado en España. Lo que pide por su vida no es que los Castro abandonen el poder, demanda que respondan ante el homicidio premeditado de Zapata y liberen a los 26 reos políticos que como él están vejados en sus Derechos Humanos.
Frente a la arrogancia todopoderosa del absolutismo político en Cuba, brillan por su ausencia los gobiernos que lucharon sin cansancio para que la dictadura cubana fuese readmitida en la OEA, los peregrinos que hacen reverencia en la alcoba del enfermo geriátrico y salen como Lula, hablando fruslerías lisonjeras de lo lúcido que encontraron al tirano, los intelectuales que plañeron hasta perder la voz cuando Honduras decidió quitarse de encima al delincuente, y los pesos pesados de la literatura latinoamericana encabezados por Gabo, que en 2008 protestaron airadamente por el veto que sobre Sergio Ramírez ejerció el gobierno de Daniel Ortega, para impedirle prologar la obra de Carlos Martínez Rivas, sin considerar si Ramírez podía gravitar en alguna galaxia del universo poético del autor de La insurrección solitaria.
La libertad y la fama de esta gente les da la prerrogativa de hacer lo que les plazca, pueden apresuradamente intentar lavarse la cara, callar, injuriar o justificar la opresión antes que caiga la tiranía y se conozca la magnitud real de la barbarie, pero después de cincuenta años de suplicio, ya sabemos que ahora no fue la muchedumbre la que escogió a Barrabás.
El hermanito menor de los pigmeos ha lanzado una amenaza que no debería pasar desapercibida por aquellos que hoy ignoran su intransigencia. Los dominios ideológicos del régimen se extienden a países como Venezuela o Nicaragua, donde los caudillos en el poder sólo esperan la orden para convertir la región, no en uno, sino en varios Viet Nam, esto sin entrar en detalles de su adhesión inquebrantable al terrorismo y a países como Irán.
Raúl Castro ha dicho con la confusión habitual de los megalómanos que se creen la personificación de todo un pueblo: “Este país jamás será doblegado por una vía o por otra, antes prefiere desaparecer como lo demostramos en 1962”. Esta ostentación del desprecio por la vida, alude a la Crisis de Octubre, cuando su hermano Fidel le pidió a Nikita Kruschov que usara los misiles nucleares instalados secretamente en la isla en 1962. En el documental The Fog of War (Errol Morris 2003), galardonado con 6 premios internacionales incluyendo el Oscar, el difunto Robert McNamara brinda pasmado el mismo testimonio.
Dos personajes por suerte menores, estuvieron dispuestos a desatar el infierno atómico en aquella complicada trama geopolítica de la Guerra Fría, el general norteamericano Curtis LeMay y el mandamás cubano Fidel Castro. Kennedy y Kruschov cedieron a la razón antes que a la estupidez de la superioridad nuclear y Rusia retiró los misiles, pero Fidel que se enteró del acuerdo por la radio, nunca superó la afrenta de su vasallaje y de no haber destruido a su enemigo aún a costa de sacrificar a su propio pueblo y talvez al mundo. La propaganda castrista de la época, haciendo alarde del encefalograma plano que provoca el fanatismo, le compuso un placebo a su egolatría herida, millones de cubanos frenéticos corearon entonces: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”.