Opinión

El arquetipo de la mentira


Primera Parte

No pensaba tomarme la molestia de referirme --como en efecto no lo hice antes-- a las palabras que el Señor Embajador de la República de Nicaragua en el Perú, Don Tomás Borge Martínez, dedicó a este servidor por el artículo que en su momento publiqué en las páginas de este periódico, titulado “El Pueblo Presidente ¿Mito o realidad?”, descalificando a mi persona con improperios referidos a mi salud mental y a mi honestidad, solamente por pensar en forma distinta a la de él. Esa molestia --no solicitada aunque mil veces agradecida-- se la tomó una distinguida dama española a quien no he tenido aún el honor de conocer, pero se explayó en una acérrima defensa, no tanto de mi persona, como del derecho que todos tenemos de expresar nuestras ideas y el deber de respetar las diferencias con argumentos y no con ofensas.
Le agradezco nuevamente a doña Rebeca Fernández Rivera, pero creo que ahora debo ser yo quien hable, y lo haré, tomando como punto de partida las siguientes palabras esgrimidas por Don Tomás en su Postalita titulada “Parece mentira: El Mundo al revés” que a continuación cito literalmente: “Desconozco la edad del máster, tan sólo supongo que fue somocista o es hijo de somocista para absorber de un mágico golpe al autor de más de 200 mil asesinatos y condenar a quien, durante su gobierno, no ha ocupado de sus insignificantes recursos policíacos, una sola bomba lacrimógena, no ha tenido ni tendrá un solo preso político, a quien permite y permitirá se escriban -y se publiquen- con entera licencia, salvajismos como los expresados por semejante lunático”.
Lo dicho por Don Tomás, de ninguna manera me ha quitado el sueño al punto de preocuparme por aclarar si esto es verdad o mentira. Lo que sí considero necesario aclararle a Don Tomás y otras personas que compartan su pensamiento, es que en ningún momento dije que Don Daniel Ortega tenga el territorio nacional empedrado de campos de concentración, ni las cárceles atiborradas de presos políticos, ni los montes y llanuras de nuestra geografía nacional cundidas de fosas comunes repletas de desaparecidos y fusilados; lo cual no significa que el hecho de no ser artífice de tales actos de barbarie criminal típicas de Hitler, Stalin, Idi Amin Dada o del mismo Somoza, lo convierta en un gobernante paradigmático de la democracia y de las libertades públicas.
Don Tomás sabe muy bien a qué me refería –es una persona culta que gusta de ilustrarse a través de la buena lectura-, cuando dije que el gobierno de Don Daniel Ortega es una dictadura, y –lo sostengo- de las mas nefastas y oprobiosas. Sabe muy bien que la dictadura es también aquel gobierno que ejerce la administración pública sobre la base de la voluntad del Presidente de la Nación y prescindiendo de los límites que el ordenamiento jurídico le imponga a su mandato; es decir que cuando el mandatario no se conduce conforme a la ley, sino que la socava, modifica, tergiversa y elimina, asumiendo el papel de legislador que por principios de la democracia representativa le corresponde al Parlamento, entonces su mandato se constituye en dictadura, y por ser él quien dicta la Ley en lugar del Parlamento, se constituye en dictador. ¿He sido claro Don Tomás?.
Lo anteriormente expuesto lo hemos visto evidenciado en casos tales como la prohibición legal de usar colores y signos partidarios en las instituciones del Estado, la cual por voluntad del Señor Presidente no se cumple, sino que en casi todas las instituciones ondea la bandera oficialista. Ya no digamos el caso de los gigantescos rótulos con la efigie mesiánica de Don Daniel en casi todas las calles de Managua, cuando existe un Decreto dictado por la misma Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que expresamente lo prohíbe y que aun está vigente, precisamente para contrarrestar y prevenir que la megalomanía del fenecido dictador Somoza Debayle se repitiera en el futuro; o si no el caso de los famosos decretazos que de un mágico golpe han venido fracturando en pedazos nuestro ordenamiento jurídico constitucional.
De acuerdo con lo antes dicho, el régimen de Don Daniel Ortega, sin necesidad de recurrir a las balas, ya califica como una Dictadura en razón de la suplantación de la voluntad del pueblo plasmada en la Ley, lo que hace que esta dictadura sea también nefasta y oprobiosa como ninguna otra, no solo por la suplantación del derecho, sino también porque su estructura programática se basa en remiendos de un pasado ideológico discordante con la realidad coyuntural.