Opinión

Replantear las relaciones de EU y América Latina


La historia reciente de América Latina, tras alcanzar su independencia del imperio español, ha estado marcada, indiscutiblemente, por la intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de nuestros países. América Latina cuenta en su historia múltiples episodios de invasiones, ocupaciones militares, despojo territorial --como en el caso de México-- por parte de Estados Unidos desde el siglo XIX. Nuestra región ha venido padeciendo la política expansionista norteamericana; lo que no le ha permitido encontrar su propio derrotero hacia el desarrollo integral y humano como región.
En épocas más recientes de nuestra historia hemos asistido a diversos episodios de represión por parte de Estados Unidos como el de la fallida operación de Bahía de Cochinos contra la revolución cubana; ejecutada por las fuerzas contrarrevolucionarias que contaban con el apoyo de Estados Unidos. Así, también, la guerra de baja intensidad financiada por Estados Unidos en contra de la Revolución Sandinista en Nicaragua y que fue evidenciada con el escándalo Irán-contras, durante la administración Reagan, y por la cual los tribunales internacionales condenaron a Estados Unidos a indemnizar a Nicaragua hasta por la suma de diecisiete mil millones de dólares por los daños que esta guerra provocó en la infraestructura productiva y de comunicaciones en el país; también por los profundos efectos colaterales en la economía que dejó en nuestro país.
Históricamente, los gobiernos norteamericanos han optado por los mecanismos de represión para apuntalar su dominio político sobre América Latina. La contribución por parte de los gobiernos de extrema derecha jugó un papel determinante en el proceso represivo que se llevó a cabo en los años setenta y que continuó aún en los años ochenta en contra de la izquierda latinoamericana.
Con el propósito de controlar y dirigir la persecución y exterminio de los movimientos de izquierda en la región; quienes eran considerados como “blancos subversivos” por Estados Unidos, la Central de Inteligencia Americana (CIA) penetró el entramado institucional de la mayoría de los países latinoamericanos para coordinar la estrategia que pretendía contener la ola progresista que se estaba gestando desde la clandestinidad, al margen de cualquier oportunidad de participación en el sistema político de los diferentes países.
La violenta represión que se llevó a cabo en Latinoamérica, que es imborrable de la memoria histórica de nuestra región, vista sin apasionamientos ni populismos, tuvo cruentos episodios como la famosa Operación Fénix, que se llevó a cabo en Ecuador, en tiempos de la Guerra Fría. Esta operación pretendía la eliminación física de opositores con el fin de utilizarlos para infundir miedo y aplacar la creciente ola de resentimientos y reclamos por parte de los pueblos latinoamericanos en contra de la recrudecida e inhumana represión, a través de gobiernos instrumentalizados para blindar el espacio geopolítico norteamericano en contra de una posible intromisión soviética en el traspatio de Estados Unidos. Este tipo de operaciones estaban inspiradas en el decreto Noche y Niebla de Adolfo Hitler.
Otra de las operaciones de persecución y exterminio de opositores en Latinoamérica fue la famosa Operación Cóndor, mediante la cual secuestraron, torturaron y asesinaron a dirigentes y militantes de izquierda en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Esta operación se puso a punto en 1974 durante la reunión que sostuvieron los altos mandos de las fuerzas militares y de seguridad pública de todos estos países en la ciudad de Buenos Aires. La CIA estuvo detrás de estas operaciones, brindando el apoyo estratégico necesario para la definición y ubicación de “blancos subversivos” que debían ser “eliminados”.
En Brasil, para asegurar la cruenta represión a los movimientos izquierdistas, el gobierno norteamericano no tuvo necesidad de tener una presencia destacada, puesto que la dictadura militar, que prevaleció con mucha fuerza hasta 1985, supo cumplir a cabalidad con la tarea de exterminio de los “blancos subversivos” en ese país.
Según los “Archivos del Terror”, descubiertos por Martín Almada en la ciudad de Lambaré, Paraguay, en 1992; el saldo de la Operación Cóndor fue de al menos cincuenta mil muertos, treinta mil desaparecidos, cuatrocientos mil presos y cuatro millones de exiliados en América Latina.
En medio de este contexto de persecución, la izquierda, como opción ideológica y alternativa política fue proscrita y tuvo que adaptarse a la lucha clandestina para sobrevivir y con el tiempo convertirse en un actor muy beligerante en nuestra región.
En la actualidad, con la renovada intención de crear un organismo regional netamente latinoamericano; idea que ha sido planteada durante la Cumbre de la Unidad realizada en México, se pondrá a prueba la madurez política de la región y su capacidad de fabricarse un espacio independiente del radio de acción política continental de Washington. La intervención militar directa parece ser un episodio superado en las relaciones de nuestra región con Estados Unidos y por esta causa el nuevo posicionamiento latinoamericano deberá plantearse desde el ámbito de acción diplomático y económico. Sería desafortunado que el nuevo organismo regional se prestara a provocaciones por parte de ejes de poder extraños a nuestra región y que se perciben como amenaza a la seguridad nacional norteamericana. Tal es el caso de Irán. Esos temas en nada ayudarán a nuestra región en sus relaciones con Washington.

* El autor es especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.