Opinión

Evo Morales y la paradoja populista


LA PAZ
Evo Morales logró modificar la constitución de Bolivia y ser reelecto cono Presidente. Y, respaldado por su mayoría parlamentaria, últimamente ha podido nombrar puestos del poder judicial, convirtiéndose en el presidente con mayor poder de la historia contemporánea boliviana.
Según sus oponentes, Morales está reproduciendo la tradición del caudillismo, concentrando poder en sus manos y convirtiendo las instituciones de gobierno en meras formalidades. No obstante, la inmensa popularidad de la que ha disfrutado en los últimos cinco años sugiere que a la mayoría de los bolivianos no les preocupa demasiado poner en riesgo la democracia de su país.
En gran medida, el éxito de Morales radica en la paradoja del populismo. Aunque dice oponerse al liberalismo económico, es producto de las libertades políticas que éste promueve, y se alimenta de los beneficios que genera la economía de mercado.
Morales nació en un hogar campesino en el altiplano andino, y más tarde se estableció en el Chapare durante el auge de la coca. Su carrera como líder sindical lo alejó de la agricultura, haciéndolo entrar de lleno en la política, en que destacó por su actitud crítica a los Estados Unidos, cuya cruzada antidrogas significaba erradicar un cultivo rentable para los campesinos pobres.
Mediante la defensa de la hoja de coca, que por siglos se ha consumido en el mundo andino y es la materia prima de la cocaína, Morales pudo vincular su oposición a la política antidrogas estadounidense a la defensa de la tradición cultural nativa y los derechos económicos de los pobres. De este modo, en su liderazgo confluyeron tres dimensiones altamente simbólicas: el sentimiento nacionalista, la preocupación por los pobres y la naciente autovaloración de la identidad étnica de los pueblos nativos de Bolivia.
El surgimiento de Morales como líder capaz de combinar estas tres dimensiones refleja dos reformas institucionales de los años 90 que ampliaron la participación social y abrieron oportunidades a nuevos líderes y movimientos sociales. La división del país en municipios transfirió a las comunidades los recursos tributarios y las facultades de toma de decisiones, permitiendo a los sindicatos campesinos controlar varias ciudades y asumir responsabilidades de gestión. Esto llevó a la formación de nuevos partidos políticos, y la creación de consejos regionales en 1997 hizo posible que líderes con fuertes raíces locales -como Morales- llegaran al congreso boliviano sin el respaldo de ninguno de los principales partidos.
Una vez en el centro de la escena política, el congresista Morales aprovechó su inmunidad constitucional para intensificar sus actividades sindicales y combatir las políticas antidrogas. En las elecciones de 2002, recibió un inesperado aventón del embajador estadounidense, que, al declararse contrario a Morales, avivó el sentimiento nacionalista.
Morales logró ganar las elecciones presidenciales de 2005 con mayoría absoluta. Los otros partidos le facilitaron las cosas al desacreditarse los unos a los otros y ser incapaces de defender ni siquiera sus propios logros de los 20 años previos. Dos otros factores que hicieron posible el ascenso de Morales fueron la reactivación de la industria petrolera boliviana y la creación de mecanismos de distribución de los ingresos producidos por ella. Hoy ambos elementos son el sustento de su régimen.
Más aún, la inversión privada de mediados de los años 90 aumentó la producción de gas natural. No pasó mucho tiempo antes de que se exportara gas a Brasil, con un muy buen margen de ganancias. Así, cuando Morales llegó al poder la economía boliviana estaba en posición de aprovechar el auge global de los precios de las materias primas. Como resultado, aumentaron los ingresos a pesar de las políticas estatistas y nacionalistas de su gobierno, que ahuyentaron la inversión y dificultaron el acceso a nuevos mercados.
Desde 2005 las exportaciones bolivianas se han multiplicado por seis, a la par que los ingresos fiscales. Estos dineros se distribuyen automáticamente a los gobiernos locales, siguiendo el modelo establecido por los predecesores de Morales, llevando recursos hasta a los rincones más alejados del país. No sólo se han beneficiado los gobiernos locales; las familias también han ganado gracias a las transferencias de dinero creadas durante los llamados años neoliberales, en particular por medio de una pensión, universal y sin requisito de contribución previa, que se da a los mayores de 60 años y llega a poco más del 30% de los hogares.
En los últimos años se han instituido ayudas para los estudiantes de las escuelas públicas y asistencia de maternidad para embarazadas en los centros de salud, pero han tenido más efectos políticos que económicos. De hecho, las iniciativas económicas de Morales generalmente terminan en palabras vacías, como sus acuerdos con Venezuela para recibir insumos para la industria de los hidrocarburos y con India para desarrollar la industria siderúrgica. Sus planes de explotar e industrializar los yacimientos de gas del país siguen siendo no más que promesas.
La economía boliviana ha crecido moderadamente bajo el gobierno de Morales, gracias a la demanda internacional y las transferencias de dinero desde el estado a los gobiernos locales y las personas. Éstas no sólo aumentan el gasto de los hogares, sino también ofrecen oportunidades para el comercio en los sectores formal e informal, convirtiéndola en la política más eficaz en la lucha contra la pobreza.
Así, a pesar de los discursos oficiales destinados a sustentar la intervención del Estado, el gobierno de Morales se beneficia principalmente del funcionamiento del mercado. No se presta demasiada atención al fracaso de los planes y proyectos estatales, debido al mercado interno pequeño pero en crecimiento, que se ve reforzado por un liberalismo económico de facto al que no son extraños el contrabando y el tráfico de drogas. Estas actividades ilícitas no se promueven, pero tienen como resultado un aumento de los ingresos de campesinos, transportistas, constructoras y empresarios.
Ésta es la paradoja del socialismo del siglo veintiuno: el liberalismo económico es la base de una política que aspira a reemplazarlo. Esta podría ser también su más grande limitación como proyecto político.

Roberto Laserna, economista que posee un doctorado en planificación regional de la Universidad de California en Berkeley, ha enseñado en la Universidad de Princeton y en universidades de Bolivia y Perú.

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