Opinión

Nuestros jóvenes y los recursos del habla


La unificación lingüística del adolescente se refleja fundamentalmente en el vocabulario. Se trata de vocablos y expresiones que van más allá del centro mismo de sus actividades, para referirse esencialmente a sus propias vivencias y en general a los actos de la vida y sus relaciones de mayor significado como su vida familiar y sentimental, el sexo y sus consecuencias, sus frustraciones y esperanzas, la muerte, etc.
Efectivamente, el adolescente recurre, en el proceso de formación de los vocablos, a procedimientos como la composición, la derivación, los préstamos y otros recursos, todos ellos muy importantes utilizados por un idioma para su renovación y enriquecimiento. Pero este grupo social no crea algo nuevo y distinto desde el punto de vista lingüístico, sino que se apoya en el material de su propia lengua -su estructura fonética, morfológica y sintáctica- y crea una variante expresiva que consiste en una terminología propia, con un contenido singular y distinto. Son voces generalmente pertenecientes a su lengua materna, pero con un nuevo significado matizado casi siempre de algún sentimiento.
Más receptivos a los cambios científico-técnicos y a los procesos de aculturación, como nos dice Xosé de Enríquez (1998: 15), los jóvenes “todo lo reciben, todo lo toman, pero con el mismo sentimiento lo modifican de acuerdo con su gusto y necesidad”.
El impulso de renovación constante de este lenguaje, como todo en la vida humana, tiene su origen en el afán de novedad y el prurito de “cambiar por cambiar”.
Es lo que advertimos en el léxico de nuestros adolescentes. De pleno uso en el grupo, este vocabulario escapa a las restricciones implícitas de sus usuarios para colarse en el ámbito familiar y, en cierto modo, en la vida social del país. Y es que, como medio de expresión, se entrecruza con otros de distintos niveles y modalidades, para aportar lo propio, en un proceso de mutuo enriquecimiento y renovación continua. Se extrapola, como afirma Paz Pérez (1998: 21), hacia otros grupos mucho más amplios de la sociedad. Las palabras nelfes (nalgas) y tuani (excelente), por ejemplo, son vocablos del malespín, que los adolescentes han difundido tanto (el primero con la variante (nelfis) que ya se consideran como del habla nicaragüense. Lo mismo ocurre con la expresión ponerse las pilas (realizar algo con mucho interés y esfuerzo), que los jóvenes crearon en la década del ochenta y que hoy corre en boca de todos los hablantes, sin distingo de ninguna clase.
Muchas voces del habla popular nicaragüense se incorporan al repertorio léxico de nuestros adolescentes, algunas con el mismo significado y otras con significado distinto. Del primer caso, citamos como muestra:
acelere (‘inquieto o hiperactivo’), achantarse (‘acobardarse o desmoralizarse’), ateperetado (‘alocado o desequilibrado’),
Veamos ahora una muestra del segundo caso:
almareado (‘poco serio o coherente’), babeado (‘muy enamorado’).
Otras veces, incorporan el término con ampliación semántica. Por ejemplo:

degenere (‘fiesta juvenil’), farol (‘favor o ayuda’), guaba (‘de ojos saltones’), moler (‘aplazar en un examen’), pichelero (‘hombre que desempeña quehaceres domésticos’), etc.

Con el afán de enmascarar el significado, el adolescente modifica en muchos casos la estructura de la palabra; por ejemplo:

colaito (de ‘colado’: ‘entrometido’); gomorra (de ‘goma’: malestar posterior a la embriaguez); cueralito (de ‘cuerito’: ‘nuevo’); güegüeperro (de ‘güelepedo’: ‘servil’), etc.
Y hay también palabras cuya formación es difícil determinar; por ejemplo:
isofróctico (‘inquieto o desesperado’), jimbay (‘tique o boleto’), kant (‘muchacha’), lilica (‘homosexual’), lilita (‘dinero’), lora (‘golpe de suerte en el juego de billar’), lupara (‘alocado o desequilibrado’), maniana (‘cabeza’), mape (‘tonto o idiota’), mecoqui (‘gallina’), musebi (‘ebrio’), ñonga (‘novia’), olirio (‘drogado’), pujuldro (‘persona despreciada por la sociedad’), plengere (‘prostituta’), sebri (‘hombre que cohabita con una prostituta’), semboni (‘zona o lugar’), membledy (‘excitado sexualmente’), etc.
En este proceso de formación de palabras juegan un papel esencial los estudiantes, siempre al acecho de expresiones nuevas y sorprendentes, cargadas usualmente de sentidos metafóricos como recurso inagotable en la incesante creatividad lingüística. Para el caso, baste el fraseologismo calzón eléctrico, que los estudiantes utilizan para denominar la prostituta, porque evocan en ella rápidos y sostenidos movimientos pélvicos.
Llaman la atención los compuestos, particularmente verbo y sustantivo, que los estudiantes y adolescentes en general emplean con cierto matiz emotivo y humorístico. En Nicaragua, nuestros jóvenes han formado el compuesto rocomóvil (de roco, padre o progenitor), para denominar el vehículo de sus padres; o el compuesto bachiburro (‘bachiller’), voz con que designan al ‘estudiante que ha culminado sus estudios de educación secundaria’.
Resulta particularmente curioso el empleo de fraseologismos para denotar y connotar distintas situaciones del individuo en la vida diaria. Así, para un muchacho, a quien se le ha resbalado la inteligencia (‘tonto’), es muy fácil agarrar la yarda (‘creer ingenuamente hechos o dichos’) cuando está frente a una calzón flojo (‘mujer de fácil conquista’). Se trata de un alumno renco de la cabeza (‘engreído’), que en clase se la saca chorreada (‘responde rápida y acertadamente a una pregunta’). En realidad, este tipo es un culo (‘inepto’) que en cada cita con la muerte (‘examen’), expone el físico (‘corre un riesgo’) porque todo se le hace un colocho (‘se le vuelve difícil o confuso’); sin embargo, tiene buen ojo (‘es hábil para copiarse’), y con la piedra en la mano (‘copia’) se enfrenta con todos los fierros (‘con todo el esfuerzo posible’), con lo que se libra de una clase de mamada (‘reprobación en masa’). Así logra salir caminando (‘resuelve satisfactoriamente el examen’).
Ésa es la voz de nuestros adolescentes, surgida en el torbellino de la vida moderna, que se distingue con sus rasgos propios: anárquica unas veces, rebelde otras veces, irreverente casi siempre; pero sobre todo sorprendente y creativa, porque está matizada de permanente humor, recurso considerado por García de Diego como “uno de los rasgos más salientes del ser humano”, el factor más importante en “la creación y selección” del lenguaje y “el determinante principal de las nuevas acepciones en cualquier idioma”.

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