Opinión

Los seis bienes culturales más representativos de Nicaragua


Numerosos son los bienes culturales (es decir, aquellos creados por el hombre que permanecen como legados vivos) de Nicaragua. Pero sólo seis (cinco de ellos inmuebles) merecen la categoría de más representativos. En orden cronológico, corresponden a los siguientes: 1. Las estatuas de la isla Zapatera; 2. Las ruinas de León viejo; 3. El Castillo de la Inmaculada Concepción; 4. La iglesia parroquial San Juan Bautista de Sutiava; 5. La catedral de León y 6. El sitio conventual de San Francisco en Granada.

¿Las huellas de Acahualinca?
Bayardo Cuadra, a quien se le debe la lista, las considera “maravillas” evocando las del mundo antiguo registradas por el historiador griego Heredoto y el académico Calímaco de Cirene (c. 305-240 a.C), del Museo de Alejandría. Pero éstas no revelan la creatividad humana: se encontraron accidentalmente en 1874 junto a un cauce. El primero en reportarlas al mundo científico fue el norteamericano Earl Flint. Desde entonces han sido estudiadas, pero sólo hasta 1974 Allan Bryan determinó su datación con el método del carbono 14 al analizar una muestra de tierra extraída por debajo de la capa donde se imprimieron las huellas: 6,000 años. Su actual Museo de Sitio, por tanto, contiene uno de los recuerdos prehistóricos más tempranos de América; sin embargo, no protegen una construcción, mucho menos piezas artísticas.

Las estatuas de Zapatera
Es el caso de las estatuas de piedra —en basalto negro— originarias de la isla de Zapatera y conservadas en el sitio conventual de San Francisco en Granada desde 1970. Quince de ellas fueron descubiertas por el también norteamericano Ephraim George Squier y veinticinco por el sueco Carl Bovallius. Relativamente monumentales, pertenecen a un complejo que abarca la isla de Ometepe y las isletas de Granada, asociado a Mesoamérica y a culturas sudamericanas. Datadas en los años 800-1200 después de Cristo, revelan un arte escultórico impresionante y representan deidades de la vida y la muerte; en concreto: exaltan el culto fálico, la fertilidad; asimilan el motivo felínico —la presencia del jaguar, símbolo solar, es abundante— y conmemoran jefes guerreros. Pero su leitmotiv predominante es el alter ego u otro yo (un animal adherido a un ser humano o soportado por éste), concepción que sus ejecutores —los chorotegas— diseminaron entre otros pueblos amerindios, según los antropólogos Herbert J. Spidden y Walter Krickeberg.

Las ruinas de León Viejo
Declaradas Patrimonio Histórico de la Humanidad el 2 de diciembre de 2000, las ruinas de León Viejo —descubiertas en 1967— constituyen un extraordinario testimonio —con altísimo nivel de conservación y autenticidad— del proceso de implantación de la conquista e inmediata colonización de América, debido a su corta vida (1524-1610), o abandono, quedando como ejemplo integral de una ciudad hispanoamericana del siglo XVI. “Conserva intacto el trazado original sin casi modificaciones posteriores —anota Bayardo Rodríguez—, de un asentamiento hispánico anterior a las Leyes de Indias y resulta invaluable para la historia del urbanismo europeo adaptado a las condiciones del Nuevo Mundo”. Además, los vestigios de sus edificios son los más antiguos de Tierra Firme —comenzando por el de su catedral— y conserva tanto los restos óseos de los conquistadores Pedrarias Dávila y Francisco Hernández de Córdoba como de los primeros obispos de Nicaragua: Diego Álvarez Osorio, Francisco de Mendavia y Antonio de Valdivieso, excavados por el arqueólogo Ramiro García durante la primera administración cultural del licenciado Clemente Guido.

El Castillo de la Inmaculada Concepción
Otras ruinas, rehabilitadas ejemplarmente desde los primeros años noventa del siglo pasado, tienen un enorme valor patrimonial: las del Castillo de la Inmaculada Concepción. Esta fortaleza, surgida para defender la provincia española de Nicaragua ante los ataques de la piratería en el siglo XVII, marca una segunda etapa en el desarrollo de la arquitectura colonial de Centroamérica: la militar. Mejor dicho: formó parte del Sistema Defensivo del Imperio Español en el Caribe. Su construcción (en la margen derecha del río San Juan) duró de 1673 a 1675, tras los saqueos de 1665 y 1670 de la ciudad de Granada, puerto de salida de la plata del Reino de Guatemala hacia la Metrópoli y de los productos de la provincia hacia Portobelo y Cartagena de Indias.
Desde su inauguración, celebrada con un sermón impreso en Guatemala, tuvo una vida activa dentro del programa de las fortificaciones españolas de ultramar. En agosto de 1762 alcanzó su momento culminante con la acción de Rafaela Herrera frente a una invasión formal de la corona inglesa. Y en abril de 1780 tuvo lugar la toma por John Polson, Stephen Kemble y Horatio Nelson, pero no pudo avanzar por las enfermedades tropicales que contrajeron sus tropas invasoras. El Castillo se ha clasificado como una fortificación defensiva natural (eregida sobre una montaña de roca viva) y de campaña en cuanto a su situación aislada, de forma rectangular —cuatro baluartes la franquean: Santa Bárbara, Santa Rosa, Santa Ana y Santa Teresa— y desempeñó una función importante en la época de la ruta del tránsito a mediados del siglo XIX, aparte de ser escenario de otros eventos históricos.

La iglesia parroquial de Sutiava
El más antiguo templo católico de Nicaragua es la iglesia parroquial San Juan Bautista de Sutiava. Acabada en su mayor parte de 1698 a 1705, su construcción la impulsaron los corregidores Diego Rodríguez Menéndez y Bartolomé González Fitoria. Ambos se empeñaron en reunir piedra, madera y tejas para levantarla de tres naves espaciosas que sostienen un rico artesonado en el que se destaca la efigie del sol: una tendencia del barroco al querer valerse de signos paganos para enriquecer los detalles ornamentales más que una supervivencia indígena para facilitar la obra misionera. Cuando se inauguró el 23 de agosto de 1710 fue llamada “decorosa yglesia de cal y piedra, volada y lucida a los dos lados con dos capillas de vaules (sic), estando todo el templo enladrillado por fuera y circulado en Almenas de cal y piedra”. Su interior ofrece dos altares o retablos, verdaderas joyas de arte sacro: uno consagrado a Nuestra Señora de Guadalupe y otra a San Lucía. Su fachada consta de dos cuerpos grandes y dos pequeños, conteniendo los dos últimos tres y unas hornacinas respectivamente, aparte de la sólida torre de tres cuerpos rematada con una cúpula de media naranja. El obispo Agustín Morel de Santa Cruz quedó impresionado en 1751 de su solidez y personalidad, al grado de calificarla: “toda ella es tan primorosa que pudiera servir de catedral”.
No se lean, sin embargo, en este vetusto templo —el más notorio de una comunidad indígena de Centroamérica, si se exceptúan tal vez algunas iglesias de Guatemala— únicamente sus rasgos arquitectónicos. Hay que tomar en cuenta también su irradiación social, pues desde principios del siglo XVIII acogía toda una actividad religiosa promovida por catorce cofradías. Cinco de ellas celebraban una misa semanal al santo de su devoción, y las otras nueve, misas mensuales; financiaban, además, misas con motivo de nueve fiestas anuales y seis procesiones durante la Semana Santa. En otras palabras, la iglesia de Sutiava fue un factor clave del proceso de indoctrinación y plena aceptación del ritual católico.

La catedral de León
Pero la magna herencia arquitectónica de la dominación española es la catedral de León. Por algo, según el historiador del arte Ernesto La Orden Miracle, se trata del monumento más grande “construido bajo el sol del trópico en América”. En efecto, sus dimensiones son considerables: ocupa una manzana entera de forma rectangular, convergiendo en ella el esquema basilical, la proporción y el equilibrio de sus líneas verticales y horizontales. Su magnificencia interior incluye, como respuesta al entorno natural, iluminación profusa y ventilación natural. Armoniosa, conjuga el barroco y el neoclásico con características peculiares, integrando elementos de la arquitectura civil de León.
Tiene cinco naves sostenidas por 24 pilastras, siendo más elevadas las de en medio. Sus paredes, de solidez insuperable, son de calicanto y en la base de hallan galerías subterráneas con techos en forma de bóvedas del mismo material del resto del templo, las cuales sirvieron durante varios siglos de cementero. “La nave central se jerarquiza —observa Manuel González Galván— no sólo por su mayor altura y luminosidad, sino porque sus apoyos se decoran para recibir la visual del visitante, no con pinturas, sino con esculturas alojadas en nichos, adosados a los pilares”. Estas esculturas representan los doce apóstoles, columnas de la Iglesia.
Fue iniciada su construcción en 1747, de acuerdo con los planos del guatemalteco Diego de Porres, realizados por el lego franciscano Francisco Gutiérrez, procedente también de Guatemala. Gobernaba entonces la diócesis de Nicaragua el obispo Isidro Marín y Figueroa. Otro prelado —el criollo, natural de Pueblo Nuevo, Juan Carlos de Vílchez y Cabrera— continuó su “fábrica”; luego el obispo Esteban Lorenzo de Tristán techó las naves y erigió la hermosa cúpula y las linternillas sobre las naves laterales; igualmente, bendijo la catedral —aún no concluida— en 1780.
Su exterior frontal —de robustez antisísmica— es pesado, aunque se afina con los remates de las dos torres, anchas y chatas, que miden una treintena de metros. Si una sirve de campanario, la otra ostenta el reloj. Pues bien, se hallan unidas al cuerpo central por unos entablamentos que simulan ser sostenidos por pares de atlantes, adheridos a principios del siglo XX. La capilla del Sagrario, levantada al final del atrio lateral de hecho, es barroca, al igual que la portadilla de la parte absidal, o sea, trasera. Mucho más habría que puntualizar sobre el mayor inmueble iconológico de Nicaragua. Pero basta decir que fue obra culminante del proceso colonial desarrollado en una de las ciudades capitales del antiguo Reino de Guatemala.