Opinión

El textualismo marxista latinoamericano


Cuando Engels y Marx publicaron el Manifiesto Comunista en 1848, la vida política latinoamericana giraba alrededor del problema del orden para la consolidación de los Estados surgidos en las primeras décadas del siglo XIX. No fue sino con la revolución bolchevique, en 1917, que el marxismo penetró la imaginación colectiva de los movimientos progresistas de la región.
Este dato no es trivial. Fue un hecho político consumado –la revolución bolchevique– más que las ideas de Marx y el debate teórico que precedió a esta revolución, lo que atrajo la atención de las fuerzas progresistas latinoamericanas. Desde entonces, América Latina ha seguido aferrada a un socialismo de modelos hechos y de productos institucionales acabados. Esto ayuda a explicar que el derrumbe del socialismo real haya dejado al marxismo latinoamericano en un estado de desorientación y desaliento, en vez de provocar un brote de energía teórica creativa para analizar lo que falló, y para rescatar y mejorar aquellas ideas e intuiciones del pensamiento de Marx y de la historia del marxismo que todavía pueden ser útiles para la transformación de la realidad social latinoamericana.
El imitacionismo y la pobreza teórica del marxismo latinoamericano no pueden explicarse sin tomar en consideración un dato que Jaime Massardo considera como el necesario “punto de partida” para cualquier análisis del desarrollo del marxismo en América Latina: el atraso con el que las obras de Marx fueron traducidas al castellano y al portugués y la pobre circulación de estas traducciones en la región. Un ejemplo: los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política fueron escritos en 1857 y 1858; publicados hasta 1939-41 y traducidos al castellano hasta en 1972 (Massardo, 2001, 21). De más está hablar de las enormes dificultades que han existido en América Latina para tener acceso a las obras de los autores que condicionaron la mente de Marx.
La migración europea compensó parcialmente la escasa circulación de las obras de Marx en América Latina durante este período. Ya en la segunda mitad del siglo XIX, las ideas anarquistas y marxistas hicieron su entrada en la región, sobre todo a través de Argentina y Uruguay. A pesar de esto, el desarrollo teórico del marxismo latinoamericano durante los siglos XIX y XX fue lento y precario.
El triunfo de la revolución bolchevique y la celebración de la Tercera Internacional, controlada por Moscú, dio lugar al surgimiento de los primeros partidos comunistas de la región que, desde su nacimiento, subordinaron su pensamiento al marxismo leninismo soviético. Los elementos centrales del modelo soviético -la idea del partido único, la abolición de la propiedad privada, el centralismo democrático-, se convirtieron rápidamente en el modelo normativo que condicionaría el pensamiento, la lucha y las aspiraciones de los comunistas latinoamericanos durante este período (ver Castañeda, 1993, 88). La “bolchevización” del marxismo latinoamericano, aclara Massardo, no se restringió a los partidos comunistas, sino que también afectó el desarrollo teórico de la izquierda en general, incluyendo a los trotskistas que, para él, representaban “una forma ‘culta’ del bolchevismo” (Massardo, 2007, 126-7).
La subordinación de los comunistas latinoamericanos al marxismo leninismo obedeció a dos razones: la influencia y el prestigio de la URSS y, la debilidad teórica de la izquierda latinoamericana. Los dirigentes comunistas, como lo señala Luis E. Aguilar, eran poco inclinados a la discusión teórica, y más orientados a los trabajos de organización partidaria (Aguilar, 1978, 14).
Esta misma observación ha sido hecha por Sheldon B. Liss con referencia a la izquierda latinoamericana en general. Para Liss, el activismo ha pesado más que la reflexión teórica en la conducta de los líderes de la izquierda de la región (Liss, 1984, 271-290).
Hasta la misma Marta Harnecker –cuyos trabajos han sido considerados por algunos como una extensión del manualismo soviético– reconoce que las deficiencias del marxismo dominante en América Latina tienen mucho que ver con el hecho de que a partir de 1917, la izquierda latinoamericana se inclinó por hacer una “copia acrítica del modelo bolchevique de partido, ignorando lo que el propio Lenin planteaba al respecto” (Harnecker, 2001, 300). Ella agrega: “No es de extrañar que este modelo atrajese tanto a los cuadros políticos marxistas de América Latina: había sido el instrumento eficaz para realizar la primera revolución exitosa de los oprimidos contra el poder de las clases dominantes en el mundo. El cielo parecía haber sido tomado por asalto” (Ibid.). El marxismo latinoamericano, concluye esta autora, se ha caracterizado por su “tendencia a confundir los deseos con la realidad” (Ibid., 304)
La influencia de Moscú, aunada a las debilidades teóricas de la izquierda latinoamericana, propició el surgimiento de un marxismo que José Nun bautizó como “de capilla”. Este marxismo, señala Nun, terminaría siendo “una opción esterilizante” (Nun, 1979, 147).
Efectivamente, el marxismo de inspiración soviética que se propagó en la región a partir del triunfo de la revolución rusa, fue un marxismo que había prácticamente eliminado las complejidades, ambigüedades y contradicciones que forman parte del materialismo de Marx. El reconocimiento de estas complejidades, ambigüedades y contradicciones era esencial para promover un debate sobre la validez y relevancia del pensamiento marxista en América Latina. El marxismo-leninismo adoptado por la izquierda latinoamericana –sobre todo a partir de la llegada de Stalin al poder– no permitió este debate porque había convertido las ideas de Marx en un discurso, un modelo institucional y un método para hacer la revolución.
La pobreza del marxismo soviético ha sido destacada por Emir Sader en su revisión del libro de Perry Anderson, Consideraciones sobre el marxismo occidental (1979). En su libro, Anderson muestra cómo el estalinismo limitó el debate teórico marxista en la Unión Soviética y en los países en donde Moscú ejercía su influencia. “La teoría y la práctica”, resume Sader, “indisociables en la teoría marxista y en la práctica de sus primeros exponentes, se fueron disociando, separando dramáticamente: la intelectualidad crítica de la práctica política, y los militantes y partidos políticos de la teoría crítica. Sin ese enfoque se pierde el marco esencial de la evolución contradictoria de la teoría y de la propia historia de la izquierda y de los movimientos sociales” (Sader, 2004).
Siguiendo a Anderson, Sader explica la “bolchevización” del marxismo brasileño, un proceso que se repitió a lo largo de América Latina: “No demoró mucho para que el proceso de ‘bolchevización’ de los [partidos comunistas] llegase al Brasil, con el significado histórico que adquirió el de la estalinización y el correspondiente estrechamiento de las condiciones de debate y de elaboración teórica dentro del partido, al mismo tiempo que la Internacional Comunista imponía la línea –con sus debidos cambios– hacia el conjunto del movimiento comunista. Al mismo tiempo, se cristalizaba la visión esquemática de análisis del proceso histórico por etapas rígidamente establecidas, cualquiera que fuese la región del mundo en que se situase el partido comunista” (Ibid.).
La “bolchevización” de la que habla Sader, es definida por Jaime Massardo como la adopción del “modelo ruso” y como “una lectura del marxismo presentada como un sistema de referencias ahistóricas que, en el encuentro entre marxismo y poder, no hacían sino reproducir el approche positivista del ‘socialismo científico’ de la Internacional Socialista, presentado bajo el nombre de ‘marxismo-leninismo’” (Massardo, 2007, 126-7).
Sea por la debilidad del marxismo latinoamericano, o por la fuerza del leninismo en su versión original o en su versión estalinista, o por una combinación de ambos factores, el resultado es el mismo: los planteamientos teóricos de Marx que durante su vida e inmediatamente después de su muerte generaron amplias y riquísimas discusiones en Europa, fueron reducidos por el marxismo latinoamericano dominante en el período posterior a la revolución bolchevique, a fórmulas causales deterministas y economicistas, como la que señala que el modo de producción determina la organización y naturaleza de la superestructura de la sociedad. Esta visión devaluó la política y la ética como fuerzas que participan en la definición del sentido de la historia, ya que ambas fueron percibidas, simplemente, como reflejos de la estructura económica de la sociedad. Devaluó también el peso de la cultura y, al hacerlo, oscureció la crucial influencia de los valores religiosos en el pensamiento y la práctica política latinoamericana.