Opinión

Otras muy de loco y santo


En una rama del árbol de Nin yace colgada una vieja y gastada llanta de bicicleta, decoración imprevista del fondo de la tarima instalada en el ahora Parque de la Poesía o Parque de los Poetas, antes conocido como “de los generales” en la colonial ciudad de Granada, en el mismo lugar en donde fue develado un monumento en homenaje al padre Azarías H. Pallais en ocasión del VI Festival Internacional de Poesía dedicado a su memoria. La rama, mecida por el viento, balanceaba el extraño objeto cuando una romería de veinte poetas mujeres de distintos orígenes y lenguas leía sus versos… Mientras una de ellas hablaba y el público espectador escuchaba atento sentado en las sillas desplegadas en el embaldosado del parque, un perro callejero, cacreco y apacible, igual a esos que en cada novela cuela (con intenciones desconocidas) José Saramago, pasó muy despacio entre la tarima y la gente, nadie le prestó atención, cruzó frente al pódium, llegó al árbol próximo, y sin que se percataran, levantó su pata y orinó desahogado mientras posaba su mirada en cualquiera o en ninguna parte. Era la tarde del martes 16 de febrero, el sol del atardecer se colaba entre el tupido árbol que dejaba pasar su incisivo brillo y calor, la vieja estación del ferrocarril permanecía quieta y silenciosa, sólo llena de recuerdos, en el otro extremo.
La llanta abandonada en el árbol y el perro que irreverentemente pasó para orinarse, no fue la decoración postmodernista ideada por Francisco de Asís Fernández, ni la exótica coreografía diseñada por doña Socorrito Bonilla para una de las más importantes jornadas de poesía del Festival, ¿Cómo interpretar esos hechos que aunque estaban en frente de todos(as), muy pocos(as) los vieron y quizás ni les prestamos en el momento la debida atención? Tal vez José Argüello, teólogo y estudioso de la vida y obra de Azarías Pallais, tiene alguna luz para explicar lo que parece cotidiano, dado que como es sabido ha publicado en este mes la prosa casi completa con sus Palabras Evangelizadas (Hispamer) y una antología poética (CNE). Quizás el poeta y abnegado sacerdote, hizo desde el rincón donde se refugia, otra de las suyas, la travesura de burlarse de la grandilocuencia y las ceremonias, de agregar a las palabrerías su ingenuo e infantil juego de este “anarquista de Nuestro Señor”. Quiso no estar ausente en la celebración, pretendió ser irónico desde la distancia, dijo entonces algo: “mis poemas no celebran cuestiones oficiales ni etiquetas”, prefirió rezar en silencio y ayunar en secreto, quiso estar apartado en “los bellos caminos del silencio”, pero no guardó silencio, no cayó, su voz es vigente y clama en el desierto como si fuera actual, porque: “suspira mi pobre corazón / por todas las criaturas pobres y sencillas”.
Las poetas se han ido del lugar, no se han percatado de lo ocurrido, el parque queda oscuro durante las noches, queda guindada la llanta en su rama; quizás para el próximo evento, si es que los organizadores vuelven a invitar a Pallais (cosa que dudo; aunque allí estará), puede tener la ocurrencia de colgar también unos pares de zapatos viejos atados de sus cordones, unas camisas raídas, unos pantalones luidos y rotos y una vieja sotana, como debieron ser las suyas cuando necesitó usarlas. Un hombre y unos niños se sientan y duermen entre las bancas, los perros pasean como siempre, cruzan las aceras y rondan los monumentos dedicados a Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Cardenal, Salomón de la Selva, Cortés, Coronel Urtecho y Joaquín Pasos, parece que ahora los desventurados animales, vagabundos y libres, han preferido posarse alrededor del monumento recién develizado ante la evidente hospitalidad de quien escribió: “Entierro de pobres, ya sabes amigo./ No quiero que vengan los otros conmigo”.
Me pregunto ¿estuvo también Azarías en el acto inaugural realizado esa misma noche? Creo que él hizo lo que pudo hacer desde lo desconocido, el disco con el Himno Nacional grabado se confundió, el maestro de ceremonia nervioso y presionado por el reloj del que siempre huyó el poeta Pallais, ante la emergencia e imposibilidad de posponer el inicio de la solemne ceremonia por la presencia de tanto invitado importante acomodándose en la tarima y entre el público, pidió inevitablemente a la multitud de los(as) desafinados(as) presentes entonar las notas a viva voz, una disonancia invadió la Plaza desde el costado sur de la Catedral hasta el borde de la Casa de los Tres Mundos, una moderada carcajada, confundida en el murmullo me pareció escuchar, volví la vista desde atrás y en una de las casetas del Parque Central, el apreciado sacerdote escondía en el bolsillo de su oscura sotana el disquete del himno, mientras con la otra se disponía a comer un sabroso vigorón. El hombre fue muy pícaro, se coló sigiloso entre las muchachas del protocolo que piden invitación y título para acomodar a los invitados y los policías que protegen a las honorables e importantes autoridades, tomó la cajita con el CD del equipo de sonido y sin que nadie lo notara, en menos que canta un gallo, estaba en el otro extremo disfrutando de la ocurrencia.
¿Quién me demuestra que esas travesuras no han salido de su humano y cotidiano humor? Después de ambos incidentes, detalles insignificantes y olvidados, pero perfectamente interpretables, cosas que sólo poetas y curas irredentos e informales pueden hacer, cosas traviesas de locos y niños (sino que lo diga Alfonso Cortés), de necios y santos, cosas para revelarse y decirse sin guardar silencio, cosas de la víspera de Cuaresma para ayunar después, cuestiones necesarias para romper los esquemas y liberarse de los maquillados protocolos, burla necesaria a la formalidad en su irrenunciable coherencia radical y cristiana con la que pudo comprender la naturaleza humana y divina, la poesía y su tiempo.
A las incontables anécdotas floridas surgidas durante la vida e incluso después sobre el santo varón, habrá que agregar éstas para confirmar que sigue moviéndose por aquí con su oportuna impertinencia.

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