Opinión

Las otras guerras


Este tiempo que nos ha tocado en suerte se caracteriza, entre otras cosas, porque los “intelectuales” en su gran mayoría hacen profesión de fe, de pensamiento único y se acurrucan, nunca mejor dicho, bajo el paraguas de la subvención o bajo la condición de experto que dice lo que el gobierno de turno quiere oír. Por eso, cuando en el espacio público encontramos a pensadores comprometidos, que dicen de verdad lo que piensan, guste o no a los poderosos, surge un atisbo de esperanza de que otras personas sean capaces de seguir sus pasos. Claudio Magris, el filólogo italiano es, desde luego, uno de esos intelectuales que, en efecto, no se corta un pelo y habla, o escribe, con libertad.
El profesor Magris, autor de Danubio y Microcosmos, dos libros que hacen pensar, recibió no hace mucho el premio de los libreros alemanes. Durante la entrega del galardón Claudio Magris reflexionó en voz alta acerca de esas otras guerras que se silencian, acerca de los otros rostros de la guerra, que en su opinión están representados por los conflictos industriales y energéticos o por el contrabando de órganos e inmigrantes. Estos conflictos son silenciados y negados con eufemismos, como el bombardeo sobre la OTAN sobre Serbia. El miedo a ver la realidad, a mirarla, ayuda a que el horror que uno no quiere vislumbrar, dice Magris, se extienda como un tumor maligno que el enfermo se niega a reconocer. A esos rostros bélicos se podría agregar, añado yo, el de la muerte de millones de seres inocentes en potencia a manos de ciudadanos que pretenden ejercer un “derecho”.
Magris, que nunca defrauda, afirmó también que tras intenciones pacifistas se oculta a veces una fascinación por la guerra, que es uno de los peligros para la paz que surca toda la cultura occidental. Una de las amenazas que hoy desafía ciertamente la democracia y la paz es ese populismo agresivo, el nuevo racismo que castiga a los inmigrantes tan de moda en Italia, dice Magris, que ha hecho mediática esa cultura del espectáculo. Es más, la ideología del pacifismo hasta justifica ciertas “misiones” de paz que, sin embargo, son obvias conflagraciones bélicas, como todo el mundo sabe.
En definitiva, aunque esas guerras no sean visibles para todos, “desde 1945, la conflictividad mundial produjo más de 20 millones muertos que siguen siendo desconocidos”. Mientras se habla tanto de paz, mientras se manipula con la palabra paz, siguen cayendo en todas partes víctimas inocentes de ese populismo feroz que sólo aspira a la perpetuación en el poder de los “nuevos demócratas” a base de enfrentar a las sociedades, a base de abrir heridas, a base de enconar los ánimos. En una palabra, todo por el poder y para el poder: eso es lo que hay, y eso es lo que hay que cambiar para que el poder se convierta en lo que debe ser: un instrumento para la mejora real de las condiciones de vida del pueblo. ¿O no es así?