Opinión

Esperanza


Era domingo, día de agosto. Apenas recuerda la fecha, pero su hija susurra: fue un 15. Día de la patrona de la ciudad capital; la Virgen de la Asunción. Vaya noticia. No cabía en ninguna cabeza tal situación. Débora la pequeña gran mujer, única por cierto. Javier, el futuro ingeniero. Cristian, arquitecto potencial y Elder –el colocho– el último de los herederos. Y la gran mujer, de baja estatura, piel color canela y curtida por el sol. Mujer de gran fe y mucho ánimo: su esposa.
Como era la costumbre y tradición de aquel momento. Pensaron que los reunían para discutir la agenda del día; la procesión, los buñuelos, el paseo por la villa del palacio cultural y terminando en el parque de la industria. No cabía en ninguna cabeza otra situación.
Algo huele a raro, se siente una penumbra y asfixiante realidad. Los colores de la pared parecen palidecer o desaparecer incluso, puesto que algo pasa. Nadie aún sospecha que sea. El más pequeño –Elder– cree que es algo insignificante, aunque su edad ya le permite comprender, puesto que su década y media de existencia, saben distinguir entre blanco y negro; pero aún más, sabe definir los momentos.
Don Carlos, acostumbrado a los imperativos y las órdenes, por su condición de militar. Ordena silencio en la sala de la casa y atención a todos los presentes. Empieza por explicarles que él les quiere y ama un montón, aquello parecía una escena similar a los cónclaves papales, que casi ni el viento entra. Fueron eternos segundos de vida. Las palabras faltan para describir las muchas expresiones, que en aquel momento se vivieron. Compartir con la familia que se es una persona que tiene VIH, no es tarea fácil. No es gripe, no es alegría, no es caída del cabello, es una realidad que provoca interrogantes, susto, miedo, temblor de cuerpo, asombro…también esperanza.
¿Esperanza? Sí así es. Muchos escritos, libros, panfletos, te matan apenas empezando a conocer tal situación. Pero esta situación es diferente. Por ello, la comparto. Los síntomas de tal noticia, acalambró a todos, al pequeño colocho se le estiró el cabello, al ingeniero se les fueron los cálculos, al arquitecto se le desboronaron los sueños, a Débora la empequeñecieron más todavía. La única con una gran esperanza fue doña Julia. Sus palabras fueron “hijos esto no es la muerte, tenemos que salir adelante, tenemos que tener fe, esperanza y mucho ánimo.”
Aunque doña Julia, no conocía mucho del tema. Lo poco que sabía era buen principio. Ahí fue importante el acompañamiento del grupo de vida que tenía en la parroquia jesuita que visitaba, también el de algunas amistades. Ya que como es común y casi una conducta clásica, muchos discriminan a tales personas y a la familia entera. Mal remedio y actitud. La discriminación mata al que la recibe y envenena a quien la aplica.
Actualmente en el mundo se convive con muchas personas que tienen VIH, y muchas veces ni cuenta nos damos. Pero si nos percatamos de tal realidad, inmediatamente parece que nos han presentado al diablo en vivo. Y eso que nadie lo conoce, sólo se lo han imaginado. Absurda idea. Aunque no constituye un deber conocer a profundidad sobre esta pandemia, sí representa parte de nuestro sentido común, el poder conocer y saber realmente de qué estamos hablando.
Estudios recientes demuestran que una persona que tiene VIH puede prolongar su vida, y protegerse para evitar llegar a la etapa Sida. Esto gracias a los medicamentos aplicados en tiempo y forma –antirretrovirales– En todo este proceso no solamente están involucrados los familiares, amigos, sino también representa una realidad social de índole nacional.
La existencia de políticas públicas que favorezcan y faciliten los medicamentos necesarios para las personas que tienen VIH, como también la no estigmatización y discriminación por nuestra parte. Es cosa natural cuestionar lo diferente, pero no es natural despreciar lo diferente. Aunque como dice el dicho, que más vale lo viejo conocido que lo nuevo por conocer, también es aplicable aquel otro dicho que dice, que más vale prevenir que lamentar. Por eso que este tipo de situaciones, deben llevarnos a reflexionar para procurar no estar en situaciones de riesgo, para cuidarnos y cuidar de los otros. Hoy es Carlos, mañana pueden ser varios.
Quien cuenta esta historia no la inventa, fue testigo claro, y acompaño a esta familia. Testigo de lo que doña Julia dijo a los suyos: “hijos, esto no es la muerte, tenemos que salir adelante, tenemos que tener fe, esperanza y mucho ánimo.”

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