Opinión

La abuela de los Íncer y sus memorias


Angelita Robleto de Barquero —maestra graduada al inicio del siglo XX— nos narra su vida y la de los suyos en un espacio entrañable: Boaco. Ciudad terminal, culta y oculta, esta población ha merecido numerosas páginas monográficas y de memorias, firmadas por intelectuales e hijos suyos como Julián N. Guerrero (1907-1993), don Emilio Sobalvarro, Salvador López Zamorán y, por supuesto, Armando Íncer Barquero (1930), nieto mayor de la autora. Por cierto, Armando acaba de cumplir el martes 16 de febrero 80 años.
Pero esta obra de título quevediano —Serán cenizas, escogido por Armando, editor literario a la vez— es única en su género. En primer lugar, la escribe una mujer y en edad avanzada, si no me equivoco, sin precedentes en el país. Una esposa, madre y abuela, cuya vocación y ejercicio magisterial sellan su personalidad.
Espontáneamente, con un fluir oral a flor de sentimiento y un trasfondo ético cristiano, despliega una privilegiada memoria para fijar sus recuerdos. Los primeros son los de su Camoapa natal. Entonces —hablo de la última década del siglo XIX—, “un humilde pueblito… formado por pobres casucas en su mayoría de techos de paja y teniendo por piso el duro suelo, limpio y reluciente, merced a la laboriosidad de sus moradores, quienes continuamente hacían embarros para mantener compacto el polvo que el tráfico desprendía de la superficie” (p. 12).
Así, tan precisas como la anterior, son las descripciones de los inmuebles donde vivió. A los cuatro años, la trasladan a Boaco, donde aprende a leer con su madrina la señorita Flora Bermúdez y se admira de los cerros —coronados de cruces— que circundan el pueblo, y de las pozas profundas de su río Lutero. Ya crecidita, el joven que iba a ser su marido —Manuel Barquero— saca su nombre, en una carrera de cintas. Esto hizo exclamar a su madre: ¡Es un presagio! Además de la parroquia de Santiago, le impresiona ver a los indios, atados codo con codo y conducidos a los cortes de café en las Sierras de Managua; por algo en 1892 habían atacado Boaco, siendo rechazados por sus pobladores al mando de Rigoberto Cabezas (1860-1896).
Ángela estudia con la maestra boaqueña Queta Morgan de Solórzano, con quien además aprende a tejer con aguja de gancho. Es testigo del impulso que le da a la ciudad —elevada a esa categoría el 27 de febrero de 1895— el alcalde Mariano Buitrago, de origen granadino. Recita un discurso —redactado por su padre Segundo Robleto— en la velada que se organiza en la bienvenida del siglo XX. Obtiene la nota de sobresaliente en una escuela nacional de Granada y recibe su primera comunión en la iglesia de La Merced el 8 de diciembre de 1902.
Luego ingresa al Instituto de Señoritas de Managua, graduándose en dos años de Maestra en Instrucción Primaria. En la promoción, representando al centro, pronuncia el discurso ante el presidente J. Santos Zelaya, a quien ella y sus discípulos le obsequian un águila. El gobernante la felicita dándole la mano. Otros cinco mandatarios lo harían a lo largo de su existencia.
Una existencia que abarca la de sus numerosos descendientes y la de toda una ciudad y sus familias, además de acontecimientos históricos, locales y nacionales. Uno fue el de la efímera “Revolución de los vapores” en 1903 que encabezaron Emiliano Chamorro —al tomarse el “Victoria”— y el doctor Juan Eligio Obando en Juigalpa, cabecera del departamento de Chontales, pero que neutralizó Zelaya. Éste —recuerda la autora— “quiso castigar a la ciudad de Juigalpa trasladando la cabecera departamental a Boaco y cambiando el nombre de Chontales por el de Jerez, como un homenaje al gran unionista centroamericano…”
Otro hecho importante, naturalmente, fue la creación del propio departamento de Boaco el 16 de febrero de 1936, celebrada con bailes, picnic y una carroza alegórica que elaboró el artista Ernesto Brown —futuro yerno de doña Ángela— y recorrió la ciudad llevando a seis señoritas que simbolizaban a los correspondientes municipios: Boaco, Camoapa, Teustepe, San José de los Remates, Santa Lucía y San Lorenzo (tres topónimos indígenas y tres españoles, respectivamente).
Pero el recuerdo político más emotivo fue la entrada triunfante del ejército liberal —en el que venía su marido— a principios de 1927. La autora se declara ardiente partidaria de la causa o bando constitucionalista que reclamaba la presidencia de la República para el vicepresidente liberal Juan Bautista Sacasa, tras el golpe de Estado del conservador Emiliano Chamorro al presidente Carlos J. Solórzano el 25 de octubre de 1925. Por eso se le quedaría en la memoria esta cuarteta, transmitida a sus nietos: “Emiliano quiere la ubre / para que el pueblo retoce, / como en el 4 de octubre / de mil novecientos doce”. Sin embargo, mantiene su objetividad al censurar el saqueo que algunos miembros de ese ejército hicieron al almacén del comerciante conservador don Octaviano Espinosa. “Es doloroso consignar este suceso —escribe, después de proclamar su identidad liberal—, pero por sujetarme a la verdad lo dejo aquí anotado” (p. 125).
Asimismo dedica unas líneas a la primera mujer internacionalista conocida en Nicaragua Majken Borring, una enfermera danesa —incorporada voluntariamente a las fuerzas liberales— que llegó a Boaco, acompañada de su esposo, también danés. La Borring llamaba la atención por su energía, pelo corto y el uso de pantalones como vestimenta cotidiana. “Ella era muy linda y con su blonda belleza conquistaba corazones” —la alude Ángela en sus memorias a Majken “Mis Meig” la llamaban en Nicaragua), quien cansaba a los jóvenes que bailaban con ella. “Mis Meig, cambiando de pareja, seguía danzando: su conducta era correctísima, por lo que se hacía acreedora de la consideración y del respeto de todos” (p. 124).
En fin, esta microhistoria —que cuenta con un índice onomástico, algo insólito en nuestro medio— consta de diecisiete capítulos, breves y amenos, cargados de emoción y cariño, de opiniones sinceras y preciosos detalles de la vida cotidiana de esa ciudad singular que ha sido Boaco. Entre ellos los relacionados con las veladas, bailes de disfraces, fiestas patronales de Santiago y, especialmente, con las actividades teatrales y deportivas; de manera que Angelita recuerda su papel de actriz principal en “La Robustiana”, comedia escrita por el padre José Nieborowsky, apóstol material y espiritual de la ciudad; y su función de presidenta del Club femenino de baloncesto “Chontal”, uno de los dos conjuntos boaqueños en los años veinte de ese deporte.
También refiere el viaje que hizo en Julio, 1934, de Boaco a Managua, en carros y camiones —bajo fuerte temporal, que obligaría a los viajeros a cruzar el río Las Banderas en bote—, el cual duró seis días con sus noches. Así se instaló con su esposo Manuel en la capital, donde fueron progresando poco a poco, pudiendo traer de Boaco a sus nietos, los Íncer-Barquero, para que continuasen sus estudios.
A principios del siglo XXI, resulta interesante el testimonio de Ángela en relación con las viviendas que habitó en Managua: “Al llegar de Boaco vivimos seis meses en casa de mi tía y madrina doña Nicolasa Huete de Bohórquez. Después pasamos a ocupar una pieza de la casa donde habitaba mi hermana política Hilda Barquero de Castillo, pagando ocho córdobas mensuales por alquiler… Al cambiar de residencia, pasamos a la casa de doña Emilia Gómez de Salinas, esposa del doctor León Salinas. En esta casa, un poco más cómoda que las dos anteriores, pagábamos catorce córdobas mensuales; pero en seguida nos trasladamos a otra parte de la misma casa que tenía zaguán, sala de recibo y recámaras con una renta de 23 córdobas. Tuvimos que desocuparla porque la dueña, que moraba al lado, perdió la razón: a medianoche se saltaba las tapias y cuando menos lo esperábamos, estaba a la orilla de nuestras camas pidiéndonos un lugarcito para acostarse al lado nuestro” (p. 153).
Y añade Ángela: “Nos trasladamos a la Casa del Palo, así llamada porque en la acera tenía plantado un hermoso árbol laurel de la India. Aquí pagábamos 45 córdobas mensuales. Después vivimos en la Casa del Altito, casi esquina opuesta a la del doctor Juan Francisco Gutiérrez, pagando allí 65 córdobas de renta. Como se puede observar, paulatinamente iba subiendo el precio de los alquileres. De esta casa salimos para casa propia, sobre la calle Momotombo. Esta era linda, cómoda, con sus paredes empapeladas, baños con azulejos y con todo confort; desgraciadamente, no pudimos conservarla, vendiéndola al año justo de habitar en ella y con una ganancia de diez mil córdobas sobre el precio de compra.”
Serán cenizas lo complementan tres textos epilogales sobre la autora, fallecida —a sus 94 años— en 1984. El primero es una carta-crónica de ese acontecimiento familiar, profundamente emotiva, del nieto mayor; el segundo, una carta-pésame de un intelectual boaqueño (Flavio Tijerino), enviada fraternalmente desde Managua; y el tercero una semblanza, trazada por otro de los nietos de la autora: el arquitecto Nelson Brown Barquero.
El nieto mayor retrata en un párrafo: “Angelita R. de Barquero era la madre, la abuela, la maestra. Sentada en su vieja y grande mecedora, revivía viejos tiempos; con sus palabras nos hizo conocer a los abuelos, trajo la Historia Patria a nuestro alcance y nos infundió ese afán de ascender, de conservar, de vivir plenamente una edad, un tiempo dichoso que ahora vemos tan lejano”.