Opinión

Canal 8, propiedad privada y asfixia de la prensa


“El lavado de cerebros en libertad es más eficaz que en las dictaduras”
Noam Chomsky

Este artículo tiene como objetivo extender algo el área de la cordura, como se comprenderá luego. Por ahora, dejaremos de lado la ridícula arrogancia de un imprudente personaje venezolano que pretende imponer a Nicaragua un proyecto de nación, al margen de la voluntad de sus ciudadanos. Igualmente, soslayaremos, por ahora, que la adquisición de un medio de comunicación, como Canal 8, por una sociedad con mayoría de capital extranjero, violenta las leyes del país. Después de todo, lo fundamental desde una óptica progresista no es el enfoque desde el ámbito legal, sino, determinar si para los trabajadores esta injerencia externa representa una contradicción de intereses distinta a la del proyecto bonapartista que enfrenta la nación.
En los hechos, la interrelación oligárquica supranacional no es más que una manifestación del carácter burocrático, antinacional, del mismo proceso reaccionario que se desarrolla actualmente desde el Estado.
Las consignas del gobierno actual, inscritas en rótulos gigantescos que se yerguen sobre columnas de acero de 30 metros de altura, en el nuevo centro de la capital: “Nicaragua cristiana, solidaria, socialista”, constituyen una contradicción lingüística y, por lo tanto, ideológica, de la burocracia.
Desde la perspectiva sociolingüística, la ambivalencia contradictoria del significado de las palabras corresponde a un contexto social burocratizado, cuyo código lingüístico se impone para afirmar ideológicamente las alianzas oportunistas de la capa social en el poder, con los sectores más retrógrados de la iglesia. Bajo este programa oportunista, la burocracia en el poder traiciona, precisamente, los principios más elementales de la solidaridad humana, al penalizar el aborto terapéutico desde una perspectiva religiosa, condenando a las mujeres sin recursos económicos a una muerte estúpida.
Desafortunadamente, las consignas como “pueblo-presidente”, “poder ciudadano”, “el amor puede más que el odio”, “gobierno de reconciliación y unidad nacional”, en una realidad política donde la fuente de poder es la lógica del control burocrático de las estructuras de dominación, cada vez más separadas de la sociedad, deforman de manera absurda el significado de las palabras, ya que pretenden presentar dicha independencia absoluta de la burocracia, como expresión de un avance democrático y socialista.
Esta psicología particular nos introduce en el mundo totalitario que describe Orwell, en su libro “1984”, en el cual presenta un apartado de análisis semiológico del lenguaje que se genera en este tipo de sociedad absolutista. Según Orwell, a esta sociedad burocratizada le es propio un lenguaje que disminuye el área del pensamiento. Que se corresponde con la cosmovisión de la burocracia, pero que impide, a la vez, otras formas de pensamiento. Capaz de presentar –como hemos visto aquí- la reelección presidencial que viola la Constitución, como una recuperación del derecho constitucional del ciudadano… a delegar el poder a perpetuidad en la misma persona, cuya función sería adelantar –burocráticamente- el socialismo (!!!).
Parece que el proyecto bonapartista ha tomado seriamente de guía la construcción de la sociedad infame que describe Orwell. La lectura de este libro abruma y desalienta, precisamente, por la obsesión con que describe un régimen superficial, de ideología ramplona, que embota la conciencia sin la menor sofisticación intelectual. Que recurre a métodos casi fisiológicos de alienación del inconsciente. Un régimen burocrático que usa para su consolidación el reflejo condicionado que estudiara el neurólogo ruso Pávlov, la “secreción psíquica”, a partir de las necesidades económicas individuales, en una sociedad paupérrima.
La compra de Canal 8 se inscribe en una línea de monopolización directa de la información por vía de la concentración económica de los medios, propia de un proyecto político oligárquico que, como nuevo poder económico que brota de las estructuras del Estado, aplica también de forma consecuente las reglas de dominación mercantil consustanciales a la propiedad privada. Con el monopolio estatal, la manipulación de la información se convierte en un instrumento ideológico burdo de sometimiento al poder político establecido. Refuerza, simplemente, en esa dirección, la respuesta condicionada de los reflejos innatos del ser humano. Más que un lavado de cerebro, busca producir una asociación inconsciente entre ambos reflejos, el incondicionado o innato (incluido el temor y cierto individualismo útil ante la selección natural), y el condicionado por medio de estímulos más de carácter fisiológicos que ideológicos.
Tres años después de la sorpresa inicial, cuando en sus primeras manifestaciones probablemente divertía el sinsentido, la contradicción y la pobreza ideológica de los dirigentes del régimen actual, uno toma conciencia que se ha producido un fenómeno orwelliano alarmante al ver a los funcionarios del gobierno –profesionales de distintas ramas técnicas y humanísticas- que utilizan ahora (con cinismo intelectual consciente) como un ritual en sus informes y entrevistas públicas, las expresiones políticas del régimen, carentes de coherencia ideológica, teórica o programática. La nueva coherencia del funcionario consiste en un lenguaje que ensalza de manera cortesana a la cúpula en el poder, a la vez que denigra y borra de la memoria colectiva, el pasado reciente. Orwell describe en la sociedad totalitaria los “agujeros de la memoria”, donde desaparecen todos los vestigios de hechos y documentos que es preciso destruir.
Por ello, en el libro de Orwell, cuando los conspiradores en contra del régimen totalitario levantan sus vasos, y preguntan ¿por qué deberíamos brindar?, uno de ellos responde: por el pasado. Porque, para su misión, de ir extendiendo el área de la cordura, la recuperación del pasado y restablecer la información de la verdad se vuelve importante.
En las nuevas entrevistas del Canal 8, la gente empobrecida repite, a cambio de un socorro a su situación desesperante, las frases sin sentido de la propaganda oficial. El proceso de degradación social en curso trasciende la ponderación ideológica de la libertad de prensa (como derecho humano abstracto), y nos lleva, de nuevo, al mundo deshumanizado del poder absoluto de la burocracia que describe Orwell.
El régimen de Somoza se basaba en la dominación física: en la tortura y en el Garand militar. El coraje personal bastaba para influir positivamente en el inconsciente colectivo. Era una cualidad necesaria, aunque insuficiente para una revolución social, como se pudo comprobar en 79, por la falta de organizaciones de masas independientes. El régimen actual se fundamenta en la impostura, en la deshumanización interior y en la degradación sistemática de los sectores sociales, con el uso más desvergonzado de las reglas brutales del capital y de la administración burocrática del Estado.
La realidad nos impone formas de lucha adecuadas a nuestros intereses de clase, de manera, que para los trabajadores, la ética personal, aunque es una cualidad necesaria, no basta para influir en estas circunstancias en sectores que requieren formas colectivas de lucha.
Ante este régimen, sin descuidar un solo frente de lucha (incluido el moral, como expresión de resistencia militante), se deben plantear consignas que permitan darles unidad a las distintas manifestaciones de independencia social frente al régimen bonapartista. Las distintas organizaciones de la sociedad civil, que para revertir el proceso bonapartista reclaman consecuentemente derechos democráticos, entre ellos, la libertad de prensa (estrangulada de hecho por el monopolio cuasi estatal de los medios), deben abrir ante la nueva contienda electoral viciada, un cauce de participación política independiente que enrumbe a las masas organizadas hacia el control directo de las estructuras del Estado. Fuera de las contradicciones y acuerdos electorales de los partidos presentes en el poder legislativo.
Por fortuna, más del 60 % de la población no tiene credibilidad alguna en estos partidos ni en el proceso electoral que se avecina. La consigna de Asamblea Constituyente convocada directamente por las organizaciones independientes de la sociedad civil puede culminar, no necesariamente en la desarticulación formal y jurídica del proyecto bonapartista, pero, sí en un poder dual, desde el cual se haga viable la consigna agitativa de huelga general, que por la acción directa de la población revierta en los hechos este proceso reaccionario en el poder, de carácter oligárquico-feudal.
Las consignas cumplen una función dialéctica, de organización y de lucha ascendente, que avanzan hacia objetivos políticos más elevados a medida que la experiencia permite a las masas trabajadoras adquirir conciencia de su rol político histórico en las luchas sociales.
Por ahora, ante la toma del Canal 8 que viene a reforzar la impostura, si las fuerzas de cambio deben brindar por algo, deben hacerlo por la verdad, a la que debe servir, quizás, un nuevo periodismo investigativo de catacumba.

*Ingeniero eléctrico