Opinión

¡México para todos!


Se equivocan quienes creen que “México para los mexicanos” es una simple frase, tiene un significado profundo. Su nacionalismo exacerbado nació entre otras causas por la necesidad de enfrentar la política expansionista de los Estados Unidos. En el primer envión le arrebataron un enorme pedazo de la frontera norte y sus acechanzas tienen puesta la mirada en su petróleo desde siempre. Sin su acendrado nacionalismo, Estados Unidos ya hubiera engullido a México por completo. Aunque nadie hace mejor labor de zapa en esta dirección que sus propios medios de comunicación. Son un calco de lo que hacen los norteamericanos. Una réplica desmejorada, pero réplica al fin. Nadie ha copiado sus valores con más ahínco que la televisión mexicana. Son sus portavoces oficiosos.
El texto de Alan Riding, una metáfora que resume las contradicciones que experimentan ambos países. Vecinos distantes (1985), expresa la cercanía aparente que les liga y la lejanía verdadera que condensa sus vidas. No por ser vecinos comparten las mismas aspiraciones. El sueño y el modo de vida americano, forman parte de la política exterior de los Estados. Constituyen uno de sus principales productos de exportación. Una buena parte de la clase política mexicana y la elite económica y social han sido formadas en los Estados Unidos, quienes aspiran a ser absorbidos muy pronto por la aguja imantada de su política económica. Son sus mejores aliados, sus emisarios más persistentes. Los abanderados del Tratado de Libre Comercio, Salinas de Gortari de por medio, han hecho tanto o más a favor de las intenciones de los Estados Unidos, que uno no deja de asombrarse.
El axioma comienza a derretirse bajo los apremios de una clase política y de un sector empresarial, que hace todo por coronar las ambiciones de una potencia que acecha a México, con la misma fruición que el gato con el ratón. Con razón hay quienes claman en voz alta: “¡Pobrecito México tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!” Siempre he creído que si los mexicanos no levantaran la bandera del nacionalismo, ya hubiesen sido incorporados como una estrella más en la constelación de la bandera norteamericana. Son los excesos en que incurre México los que cuestiono. Muchas veces débiles en contener los asedios del coloso y fuertes en sus embestidas contra los menesterosos y desamparados. Se han constituido en el muro de contención para atajar los migrantes. El muro que repudian al norte los mexicanos lo levantan al sur de su frontera.
Mi relación afectiva con México está soportada en la escogencia que hice de ese país para realizar mis estudios de comunicación en la División de Postgrado de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. También obedece, lo repito esta vez, a la acogida que han brindado a mis hermanos Jorge Eliécer y Vladimir, ambos radicados para siempre en la nación azteca. Casados con mexicanas y con hijas nacidas en esa tierra. La patria de Juan Rulfo, Octavio Paz y Carlos Fuentes, Emiliano Zapata y Pancho Villa, Frida Kahlo y Diego Rivera, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Juan Gabriel, Cantinflas y Pedro Infante, Sor Juana Inés de la Cruz y Alfonso Reyes, María Félix y Dolores del Río. El país que nos heredó las rancheras y los narcocorridos. La que recibió y brindó hospitalidad a millares de exiliados latinoamericanos, entre los que se encontraban decenas de nicaragüenses. Un país singular que ha venido deponiendo y renunciando a su tradicional política exterior sustentada en la Doctrina Estrada y el indígena Benito Juárez. ¡México me duele porque le quiero! ¡Una espina clavada en el alma!
Mi admiración oscila entre la exaltación y la crítica. Los procesos sociales y políticos están contaminados, ninguno es químicamente puro. La gravedad radica en el tamaño y persistencia de los desmanes cometidos. Algunos dirigentes se ensañan con su propio pueblo. Otros se lanzan a la conquista del mundo cometiendo las peores tropelías. Es en su carácter de víctima que México fundamenta su nacionalismo. No sé hasta dónde habrá curado su malinchismo Laura Esquivel. Con una población altamente indígena, la Malinche ha sido condenada al ostracismo. La lectura que hace de su comportamiento la novelista mexicana, ante el conquistador español, amortigua sus penas. ¿Por qué únicamente ver hacia atrás y no hacia delante? Una mirada prudente permitiría ubicarse a medio camino, entre el pasado y el presente.
Uno de los grandes recordatorios de Carlos Fuentes, a los obtusos postmodernos, es no dar de baja a la historia. En Valiente mundo nuevo remarca que no hay futuro sin presente, ni presente sin pasado. Los conceptos de tiempo y espacio han cambiado. Las nuevas tecnologías de comunicación han hecho del presente una totalidad, forjando un nuevo totalitarismo. Todo es aquí y ahora. El tiempo real se impone con sadismo. La televisión e internet son la prueba. En la historia contemporánea, el panóptico de Foucault relevó al mitológico Argos. Los satélites jamás duermen, captan hasta los más mínimos gestos acontecidos en los lugares más remotos. Proporcionan una visión planetaria imaginada por el demiurgo Julio Verne y el apocalíptico Arthur Clarke. El cine se ha encargado de mostrarnos cómo los satélites abrazan la tierra. Desde el primer viaje a la estratosfera en el siglo pasado, los humanos volvieron a redescubrir nuestro planeta.
Ese descubrimiento reafirmó la importancia de la geografía. La geoeconomía y la geoestrategia marchan cogidas de la mano. Si dominar los mares fue condición para dominar el mundo a partir del siglo dieciocho, desde el siglo veinte dominar los cielos se ha convertido en imperativo categórico. Viajar hacia fuera significa meterse en las entrañas de la tierra. Conquistar los cielos supone dominar el mundo. La guerra de las galaxias no es una extravagancia, ni un simple logro cinematográfico. Ronald Reagan comenzó el sitio contra la desaparecida Unión Soviética. Un doble escudo que amenaza las fronteras de Rusia; uno se sostiene en el aire y el otro a lo largo de sus fronteras, siendo igualmente mortales. La política disuasiva de Estados Unidos funciona a las mil maravillas. Se ha convertido en la principal carta esgrimida en las negociaciones con Vladimir Putin. ¡Vaya que funciona!
El mexicano Octavio Paz, para dicha mía me reconcilié con su obra poética y literaria, fue uno de los primeros en mostrarme el matadero hacia donde marcha la humanidad. Con esa enorme capacidad para adelantarse en el tiempo que tienen los poetas, su recorrido sobre el origen del universo y los atajos por los que camina la invención científica, no deparan para un mundo feliz. La llama doble no solo destila sexo, amor y erotismo; también encierra el sortilegio de advertirnos que la fabricación de máquinas prodigiosas, puede conducir inevitablemente al sometimiento del género humano. Paz ratifica que al principio y al final de estas invenciones siempre hay personas que las manipulan. Sus dueños orientan el funcionamiento a favor de sus intereses. Agnóstico convencido, como fue también Jorge Luis Borges, ese otro ingenioso creador de mundos fantasmagóricos, acepta sin reparos la teoría del Big Ban, sin dar crédito a la existencia de un Dios creador del mundo, único y verdadero.
Donde Paz se equivoca, es en su creencia que ante estas pretensiones no hay escapatoria. En todas las épocas y en todos los momentos han existido países y personas que han creído que más temprano que tarde, someterán a los seres humanos a sus deseos de conquista. Las tesis de Hobbes siguen siendo valederas. La lectura de Guerra, persona y destrucción (México, 1982) del sociólogo inglés Peter Watson me dio escalofríos. La existencia de centros y laboratorios orientados a incrementar los réditos de la apropiación y manipulación, que hacen algunos centros de investigación de la sicología y la siquiatría, son infames. Invierten millones de dólares encaminados a redituar los usos militares de ambas disciplinas. La solicitud de escribir hecha a Watson, acerca de la manera en que Estados Unidos hizo uso en Viet Nam de la sicología como recurso bélico, lo condujo a descubrir la existencia de más de doscientos centros científicos dedicados a esta tarea.
El destino inmediato de México importa a todos. La vecindad con Estados Unidos y la riqueza de su territorio lo vuelve más apetecible. ¿Sobrevivirá esta vez a la embestida? Los millones de mexicanos radicados en Estados Unidos y su aporte al sostenimiento de su economía, significa que no todo está perdido. Aun cuando los gobernantes norteamericanos impongan la obligación de hablar solo inglés en las escuelas y centros de trabajo, la norma será violentada mientras existan familias orgullosas de su origen. Chicanos y espaldas mojadas que violan los radares y los satélites rastreadores, en busca de una vida mejor sin renunciar a sus raíces. El espanglish es tan real como el tequila, los tacos y los chilaquiles. Esa patria estomacal que uno carga hasta el resto de sus días, como lo testimonia el novelista nicaragüense Lisandro Chávez Alfaro. México resplandece en mi memoria. México para el mundo. México para todos. ¿A poco no?