Opinión

La “Catedral” de la evolución


Este año que se cumplen doscientos años del nacimiento de Charles Darwin y ciento cincuenta años de la publicación de su obra “El origen de las especies”, está recibiendo con agrado la inauguración en Londres del “Centro Darwin” en el Museo de Historia Natural. Algunos medios ya lo han nombrado la “Catedral de la Evolución”, y no es para menos, pues es un edificio de ocho pisos en forma de capullo que albergará más de diez y siete millones de especies de insectos y más de tres millones de especies de plantas. También será el lugar de trabajo de doscientos científicos que con alta tecnología irán clasificando y analizando las especies que vivirán en esta “alma máter” de la evolución biológica. El gerente del Centro Darwin informa que el museo tendrá tres objetivos: La conservación de las colecciones de especímenes; un centro con modernas instalaciones para los científicos; y lo más novedoso que lo hace único, los científicos interactuarán con el público y explicarán sus hallazgos. Esto es para cambiar la falsa imagen que han tenido los científicos de no ser muy comunicativos con el público y vivir en una torre de marfil entre sus tubos de ensayos y “experimentos locos”.
En vista de que las dudas que presentan los fundamentalistas del teísmo son muchas con respecto al Darwinismo, en horabuena el “Centro Darwin”, porque les podrá servir como lugar de peregrinación para evacuar sus inquietudes.
No son pocos los fundamentalistas teístas que ven la evolución como dogmática, lo cual es un oxímoron evidente (contradictio in terminis.), pues la evolución en su concepto global implica cambio y el dogma es inamovible, como los absolutos bíblicos.
Los creacionistas bíblicos argumentan que la evolución es falsa porque no hay “fósiles intermedios” que la acrediten. Si bien es cierto que los fósiles de transición no son tan comunes, los hay, y les sugerimos que lean con rigor la revista Nature donde periódicamente se destacan ejemplos. Se tienen a los Euphanerops Longaevus y al Cundeiolepis aneri, los cuales son especies intermedias entre las lampreas y los mandibulados. Se puede encontrar información de ellos en la siguiente pagina web http://evolucionarios.blogalia.com/historias/39475. Pero el caso más emblemático que la ciencia presenta y la “miopía bíblica” de los creacionistas no ha podido ver, son los seis fósiles de Archaeopterx Lithographica; especímenes intermedios entre los dinosaurios y las aves. A estos se les han hecho muchos análisis, los cuales consisten en la comparación morfológica diseccionada. En los análisis, el espécimen se debate entre un Velocidaptor (dinosaurio) y una paloma. Para ello vale la pena consultar la siguiente web donde con fotos comparativas y argumentos sólidos se muestra con maestría el fósil. .http://www.geocities.com/CapeCanaveral/Station/3004/archie/juzguearchie.html
Otro fósil recientemente descubierto, en 2004, es el del Tiktaalik, fósil intermedio entre pez y tetrápodos, teniendo características de ambos.
Los creacionistas, mientras se les ofrece más evidencias, más pruebas difíciles piden. Hacen una nueva exigencia al afirmar que nunca se ha encontrado, por ejemplo, un ojo a medio hacer por la evolución. Es sabido que la fosilización de partes blandas de los cuerpos es bien escasa. Para los creacionistas el ojo humano es perfecta obra de la creación, sin embargo las evidencias biológicas no dicen lo mismo. La retina está puesta al revés sobre el fondo del ojo y la luz debe atravesar toda la red de vasos sanguíneos y nervios hasta llegar a los fotorreceptores (conos y bastones). Esta disposición, por desgracia, facilita los desprendimientos de retina. Los ojos humanos son el fruto de una historia evolutiva y en sí serían unos “ojos intermedios”, pues no presenta las mejores calidades de ojos de otras especies como el pulpo, las águilas, etc. Según algunos biólogos moleculares, el ojo humano en tiempos ancestrales era daltónico, por lo tanto podía ver mejor en la oscuridad; fue debido a una mutación en el cromosoma X de las mujeres por lo que la visión humana se volvió tricolor.
La ciencia no sólo tiene fósiles para mostrar las evidencias de la Teoría Sintética de la Evolución, de hecho este tipo de pruebas ya se ha vuelto desfasada con respecto a las nuevas evidencias que nos ofrece la Biología molecular. La ingeniería genética ha demostrado, que activando ciertos genes en aves (genes Hox), se puede provocar en estas, que le nazca cola más grande como la de sus ancestros dinosaurios. El genoma muestra las huellas de la evolución, y ha comprobado que todas las especies vivas incluyendo los humanos, son seres intermedios dentro de un proceso evolutivo.
Todos los días los médicos hacen uso de los beneficios derivados de la Teoría Neodarwiniana. Cuando recetan antibióticos para una infección bacteriana, por ejemplo, notará que algunos pacientes no muy disciplinados en el uso de los mismos no completan el tratamiento, entonces las bacterias invasoras del organismo que sobreviven, desarrollan, al mejor estilo Darwiniano, resistencia a los antibióticos y esta la heredan a sus descendientes. Es por ello que los antibióticos deben renovarse constantemente.
Otro ejemplo lo vemos en los tipos sanguíneos, pues existe uno que presentan mejores resistencia a la malaria, para poder sobrevivir al entorno de áreas tropicales, pero este mismo tipo sanguíneo no es muy eficaz para defenderse contra el cólera; que si lo es otro tipo sanguíneo pero está indefenso a la malaria.
La biología molecular a través de los avances en la genómica ha podido demostrar que ciertas patologías humanas son residuos de nuestro pasado evolutivo. El ser humano cuando domesticó a los animales y las plantas (hace como 10,000 años), desarrolló dentro de sus genes varias mutaciones necesarias para su sobrevivencia, evidenciando así la Teoría Sintética de la Evolución. La resistencia a la lactosa y a la glucosa son dos ejemplos de estas mutaciones adaptativas; quienes no las tienen, muestran patologías como el rechazo a la lactosa y la diabetes.
Pero los fundamentalistas creacionistas en su afán de defender sus postulados bíblicos, investigan los más mínimos detalles del debate de los científicos, lo cual es natural dentro de la ciencia, para argumentar de una forma falaz las supuestas bases débiles de la evolución. La mejor forma de quitarse la “miopía bíblica” es ponerse los “anteojos de la ciencia”, esto le permitirá a quien lo haga, valorar las evidencias de la evolución, que el tamiz bíblico no le permite, aun estando frente a sus propias narices. Por último, admiramos el escepticismo militante de estos fundamentalistas, pues sus dudas de la evolución representan un acicate más para que los científicos aligeren el paso para mayores descubrimientos y evidencias. No obstante, esa misma militancia escéptica de los creacionistas no la vemos para cuestionar sus postulados bíblicos, los cuales evidentemente, están soportados por las seudo-evidencias de la tradición y la fe que unilateralmente se eximen de presentar evidencias.

rcardisa@ibw.com.ni