Opinión

Una historia, una solidaridad y una distorsión


Uno de los valores más nobles que los pueblos ponen en práctica, es el de la solidaridad. Y la han practicado más, desde cuando las agresiones imperialistas adquirieron dimensiones universales y diversificaron sus formas. En la historia de los últimos cien años, las agresiones norteamericanas contra el pueblo nicaragüense le han obligado a saber mucho de eso y, al mismo tiempo, ha podido sentir el bálsamo de la solidaridad en los momentos de mayores urgencias.
Entre los pueblos solidarios, al pueblo cubano nadie le discute su puesto primario en el ejercicio de la solidaridad para con el pueblo nicaragüense. Toda la gama de la solidaridad humanista, y por ello desinfectada de mezquindades, la ha recibido de Cuba. De esta solidaridad, hablan mejor los hechos en los campos de la salud, la educación y, por supuesto, en el de la defensa de nuestra revolución. En todos los campos, la presencia cubana ha sido de máxima eficiencia, sin reparar en sacrificios.
Testigos y actores de la solidaridad cubana han sido muchas mujeres y hombres cubanos. Desde Onelio Hernández y Marcelo Fernández, en los días inaugurales de las guerrillas de 1959, hasta la maestra Ana Virgen Noble, de los días iniciales de la alfabetización revolucionaria de 1980, dieron sus vidas por la causa de los nicaragüenses.
Fabián Escalante Font (1940), general de división en retiro, es uno de los cubanos que vivió la experiencia de la defensa revolucionaria, entre 1982 y 1986. Él ha dado su testimonio en un libro titulado: “Nicaragua Sandinista. ¿Un conflicto de baja intensidad?”, en homenaje al trigésimo aniversario, editado por Editorial de Ciencias Sociales, La Hababa, 2009, y casi desconocido en Nicaragua por razones apenas sospechadas.
Escalante Font no es un novato como autor. Ha escrito diez libros. El último, es el mencionado, y desde el primero, “Playa Girón: la gran conjura”, hasta el penúltimo, “Fidel, Kennedy y Chávez. Una historia inconclusa de asesinato político”, indica que tampoco es un novato en cuanto al tema de la conspiración gringa.
La parte fundamental del libro se divide en ocho partes y un epílogo en la mayor parte de sus casi 500 páginas; el resto lo ocupa el clásico prólogo y una cronología nicaragüense de 127 páginas, y mapas. La sexta parte la ocupa el discurso de Fidel, “Un análisis sobre la derrota” de la revolución nicaragüense (7/3/1990), en donde destacó el error en que incurrió su dirección, lo que años después repetiría Fidel en su conversación con Ramonet, de utilizar en la defensa a los jóvenes del Servicio Militar Patriótico y no en la voluntariedad de los revolucionarios, lo cual “fue uno de los aspectos en que más golpeó el enemigo, con un incesante mensaje a las madres”.
El contenido de la primera parte es un resumen de la lucha popular anterior al triunfo de la revolución sandinista, para introducir al lector extranjero en la escena histórica de la victoria del 19 de julio de 1979, y talvez más que para eso, para que pueda imaginar el sentimiento del pueblo a la hora de su liberación, esperada durante 45 años. A los nicaragüenses mayores, no les dará muchas sorpresas, sino motivos para rememorar.
En la parte en donde muchos compatriotas tendrán sorpresas, incluso a los que estuvieron inmersos en la defensa armada, es la que corresponde al proceso de la agresión desde el inicio, las acciones de guerra, el desgaste que produjo y las variantes tácticas que incluía crímenes atroces de los contrarrevolucionarios en perjuicio de personas no armadas en la defensa –sino en desde el corazón— como el matrimonio Barreda.
Algo conocido a través de los medios de prensa nacionales y extranjeros, pero no en los detalles que Escalante Font conoció y traslada a sus lectores, es la participación de los gorilas argentinos en el entrenamiento de los Contras, casi todos ex guardias somocistas, como el criminal Ricardo “Chino” Lau. Por haber tenido dilatada experiencia en torturas y asesinatos de prisioneros políticos, podría parecer que los gorilas argentinos no tenían nada que enseñarles a los ex guardias; pero con ellos fortalecieron sus estructuras mentales de asesinos. Y, sobre todo, su importante narración, con abundantes detalles, del gran protagonismo de los dueños de la guerra: la CIA, el Pentágono y Reagan.
Hay mucho más que saber en el testimonio de Escalante Font. Pero sólo queda espacio para expresar dudas acerca de algunas cosas omitidas en el libro. Sobre todo, tengo reparos que considero esenciales sobre el criterio del autor, expresado en el Epílogo, que dedica a la supuesta “segunda etapa de la revolución”.
Resumiré. Escalante Font supone que la victoria electoral del 2006, se debió a la “integración de la población al proyecto sandinista.” Este es un juicio ajeno a la historia real, porque ese triunfo fue logrado con un 38% de los votos y, es claro, que ese porcentaje no refleja ni la mitad de nuestra población electoral. Al amigo cubano no se puede exigir una versión fiel de nuestra realidad, pero dado que él no es un neófito en información sobre Nicaragua, se supone que ha hecho adrede importantes omisiones.
Otro juicio no acertado es acerca de la razón por la cual Ortega “casi quedó solo” durante dieciséis años –según Escalante Font—, luchando frente a la ofensiva de la derecha y del imperialismo por “la traición y el desánimo de algunos”. Ni se asoma a la realidad de que Daniel “casi quedó solo”, no como un héroe resistiendo los embates del enemigo, sino porque él mismo lo propició, después de la apropiación de grandes recursos del Estado, presionando, marginando y expulsando a todo el que veía como un potencial competidor por la candidatura presidencial del FSLN. Alguien bien informado, no puede ignorar este hecho histórico, repetido en cuatro campañas electorales. Su victoria, no fue como se dice en el libro, sino, como aquí no se oculta a nadie, un pírrico triunfo negociado con el corrupto Arnoldo Alemán.
Escalante Font, no informa a sus lectores extranjeros, a pesar de relatar varias veces las andanzas contrarrevolucionarias de Steadman Fagot y Edén Pastora, que ahora son funcionarios del gobierno de Daniel Ortega. Fagot, como director del Instituto Nicaragüense de la Pesca, en donde está cometiendo actos de corrupción, y Ortega lo protege. Pastora es el Delegado de Gobierno, vale decir, de Ortega, en el Departamento del Río San Juan. Otro de los jefes Contras mencionados en el libro, es Jaime Morales Carazo, de quien tampoco informa que hoy es el flamante vicepresidente de Daniel Ortega. ¿Será para no dañar la imagen de la “segunda etapa”?
Fabián Escalante Font no pudo escapar al diseño adulterado que se ha hecho a la imagen de Ortega en el exterior. O talvez se apega a las palabras de Fidel en el discurso citado: “La autocrítica, el examen de los errores cometidos por ellos les corresponde a ellos, no a nosotros. A nosotros nos corresponde la amistad, nos corresponde únicamente las solidaridad.”
El caso para los nicaragüenses es que nunca “ellos” hicieron su autocrítica. Más bien encubren su actuación actual, corrupta y oportunista, tras la frase revolucionaria. Afuera cierran los ojos ante el gran negocio privado en que convirtieron la cooperación. Pero aquí se siente el desvío de la solidaridad con nuestro pueblo, hacia la persona de Daniel Ortega.