Opinión

De protagonistas a desaparecidos

La doctora Tous recuerda las dos clases de resistencia: la activa y la pasiva. En la activa, los chorotegas, mejor que nadie, la ejercieron peleando o refugiándose en las zonas de las minas y adentrándose un tanto en la costa atlántica, desde donde les era más fácil hacer incursiones. Desde allí mismo se ha levantado siempre Nicaragua. Por otro lado, la resistencia indígena pasiva, la que aceptó la lengua y la religión y las costumbres, y se quedó conservando en lo oculto los viejos usos

Recuerdo al hombre cuando se quedó dormido sobre un banco bajo la lluvia, a la entrada del hospital. Era el papá de un paciente. Él y su hijo venían de una comunidad de Matagalpa. Alguien entró y dijo: “Ahí está un hombre que se ha dormido bajo el aguacero”. Y otro contestó: “qué bárbaro, cómo resiste el pobre indito, ¿verdad?. Tiene varios días de estar ahí esperando”.
Si abrís el libro de Meritxell Tous, profesora de la universidad de Barcelona, cuyo título es el mismo de este artículo, publicado por la editorial LEA, te das cuenta de que se trata de una tesis. Entonces te asustás. La palabra tesis=académico=aburrido. Pero si el libro tiene algo de tesis es la organización de su contenido y sus conclusiones. Por lo demás, vas a ver cómo te envuelve la historia, sobre todo si pensás que parte de esa historia es la tuya. Tous nos lleva hacia los años previos a la Conquista y después prosigue relatándonos el adiós al mundo indígena, que se encontraba en un momento de su evolución multicultural, y que se vio truncada por la llegada de los primeros españoles. Era la Gran Nicoya, y lo que luego se llamó Provincia de Nicaragua, con la preponderancia de los grupos nicarao y chorotega, y de las lenguas nahuatl y mangue. No es que se trate de algo nuevo, ni el método ni la hipótesis de la profesora Tous, pero su manera de deducir, guiada por las crónicas de indias se vuelve tan adictiva, como cuando caminas por un río lleno de meandros, y te decís que después de la próxima vuelta el paisaje debe de ser espléndido y te diriges allá. Y siempre el paisaje siguiente es mejor, tras la próxima vuelta.
Además del libro de Tous, me ayudé de la recopilación que Jaime Incer Barquero hizo de las primeras crónicas sobre Nicaragua. De todos los cronistas, hay algunos poco rigurosos como el italiano Pedro Mártir de Anglería, que “escribió de lo que no vió”; otros que ofrecen dudosos testimonios como Girolamo Benzoni, y otros bienintencionados como fray Bartolomé de las Casas, en defensa de los indios. Pero de entre todos, mi preferido, sin embargo, es Gonzalo Fernández de Oviedo, un personaje dual que vale la pena leer. Y la profesora Tous lo utiliza también en su libro como cronista de cabecera. Oviedo estuvo con los nicarao y los chorotegas. Entrevistó a sus caciques y presenció los usos y costumbres de aquellos pobladores de Nicaragua. Oviedo puso sobre el papel las claves para entender un mundo que nadie como él (pues estuvo al servicio del despiadado Pedrarias Dávila) sabía que se iba a perder para siempre. Miembro de los destructores de entonces, no puede evitar la fascinación que siente por lo que ve, y es una delicia leer la forma de cultivar el maíz, por ejemplo. Más que cronista o antropólogo, era periodista. Sabía que su primera regla era hablar de lo que había visto u oído. Gracias a sus crónicas, es que Tous puede afirmar que el momento de evolución de la Gran Nicoya que la Conquista interrumpió era muy interesante. Nicaragua, una tierra de paso, de cruce de culturas. Nicaragua, al principio saqueada y diezmada por intereses privados; luego conquistada por su enclave estratégico: El Estrecho Dudoso.
El drama humano está ahí: sólo en 20 años, el 92% de la población original había desaparecido: enfermedades, violación, hambruna, esclavitud. En el tiempo de la llegada de los conquistadores, los nicarao se encontraban en guerra contra los chorotega, y había todo tipo de violencias, comercio con mujeres, injusticias cometidas por los abusos de los caciques, como ellos mismos contaron. Pero el impacto de la conquista fue tan brutal que si, al principio, Nicaragua no ofrecía grandes riquezas naturales en comparación con otras zonas de América, su propia gente, como la doctora Tous relata, se convirtió en su mejor moneda de cambio. Y vino la esclavitud.
Por supuesto, la religión fue usada por los conquistadores para hacerse con el control de la población: la religión como excusa y como encubrimiento de la verdadera finalidad (como siempre, como todavía). Pero ante todos estos abusos, ¿hubo acaso resistencia?
La doctora Tous recuerda las dos clases de resistencia: la activa y la pasiva. En la activa, los chorotegas, mejor que nadie, la ejercieron peleando o refugiándose en las zonas de las minas y adentrándose un tanto en la costa atlántica, desde donde les era más fácil hacer incursiones. Desde allí mismo se ha levantado siempre Nicaragua. Por otro lado, la resistencia indígena pasiva, la que aceptó la lengua y la religión y las costumbres, y se quedó conservando en lo oculto los viejos usos. Sólo superficialmente se hicieron cristianos, castellanos y esclavos. Tous es de las convencidas de que la conquista religiosa quedó inconclusa en Nicaragua. Qué hubo de cierto en las conversiones de los primeros indígenas. Muy poco al parecer. Un cacique confesó no haber visto a ningún cristiano bueno, y sólo haber conocido a los malos. ¿Cómo entonces iban a aceptar por las buenas la fe de los malos?
La búsqueda de la unión entre los dos mares, el Estrecho Dudoso, hizo de esta tierra una leyenda, un extrañamiento. Y la resistencia produjo una doble realidad. El lenguaje, como el Güegüence enseña se volvió dual, de doble filo: lo que se decía en español, y lo que se quería decir en nahuatl era muy diferente. Por ejemplo, cuando el viejo Güegüence se dirige al Gobernador para convencerle de que acepte a su hijo como yerno, le dice: “Pues mas a sido escultor, fundidor, piloto de aquellos que se eleban hasta las nubes, señor Gobernador Tastuanes”. Si el Gobernador hubiera sabido la lengua indígena o mestiza habría comprendido que su futuro yerno había sido: “ladrón, haragán cornudo, adúltero y afrentador de maridos”.
Doble lenguaje, doble religión, ¿doble moral? De la Nicaragua mestiza nos quedó y nos queda esta doble realidad. Saberse mover entrambas es un duro oficio para quien no ha nacido en Nicaragua, si no se conocen las claves de la supervivencia. De la Nicaragua india, además de la miskita, apenas queda el perfil de algunos rostros, el sonido de algunas palabras, y el sabor de algunas comidas. Nicaragua es mestiza y mulata principalmente (orgullosa debe estar de ello), y el indio sólo ha quedado como un insulto (y pena debía de sentirse por ello). Porque de ese indio insultado le viene a Nicaragua el valor mejor heredado de un tiempo que se perdió para siempre: la resistencia, activa o pasiva. Nicaragua vive, o muere, pero siempre resiste, como un hombre que acude a un hospital y se queda fuera, bajo la lluvia, y se duerme, y espera, y resiste.

Hay libros que conviene leer en septiembre.

franciscosancho@hotmail.com