Opinión

El Mesías de las profecías


Con la alegría propia de un ámbito festivo, hoy como siempre, el mundo cristiano celebra el glorioso suceso registrado en el histórico relato de los evangelios relacionado con el advenimiento a la tierra del Mesías de las profecías, cuya misión divina se origina en los sagrados designios del Altísimo. El verbo eterno, consubstancial al Padre, despojado de su estado prehumano se hace hombre encarnándose en el vientre de la virgen María, asumiendo un lugar en la descendencia de Abraham por el linaje de David y que luego reducido a la condición más humilde se manifiesta al mundo de los hombres, sintetizando con su humana presencia la bondad amorosa del Creador.
“Gloria a Dios en la alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, pregonan bajo el azul infinito los coros angelicales anunciando las buenas nuevas que conmueven hasta lo más recóndito el corazón del Universo donde hay fiesta de arcángeles celebrando el esperado portento. “Cristo el Mesías de las profecías” baja a su pueblo cuando los poderosos negaban el derecho a la libertad individual y colectiva sustentándose en la ambición con ansias de poder y de gloria, cuando la esperanza de los hombres fenecía y se agotaba en el camino de la injusticia, el oprobio y la intolerancia.
El momento es propicio, Cristo el recién nacido viene para quedarse con nosotros e ir por el sendero de la vida para levantarnos si caemos, para confundirse con los desheredados de la fortuna, saborear sus dolores y compartir sus penas, acercándose a ellos como se acerca el hijo a su padre y como el amigo que no traiciona ni abandona, se nos adhiere oportunamente para ayudarnos a no caer en el error de la derrota a donde el mundo de la maldad muchas veces nos empuja.
Como el Cristo prometido de la humanidad, él desprecia el boato regio de su linaje y el trono imperial que le pertenece para entregarse desde el más sublime momento de su vida, a la misión salvadora encomendada por su Padre. Consecuente con lo cual no vino para ser servido sino para servir, no para alzarse omnipotente, más bien para convertirse en el hermano de los humildes sin hacer diferencias, con ellos compartiría su vino y su pan como símbolo del perdón de pecados y de la vida eterna.
En ese sentido, hoy debemos acercarnos al “Dios Niño” regocijados por la grandeza de su ministerio y la naturaleza de sus divinas enseñanzas en la que descansa el mandamiento del amor. Amarse los unos a los otros con todo el corazón, con todo el alma y con toda la mente, es una actitud que no sólo debe sustentarse en los sentimientos y las emociones, sino también en nuestra facultad intelectual, que es la que nos lleva a entender la razón de nuestro ser, pues se dice que cuando el hombre no se conoce a sí mismo, no actúa correctamente porque desconoce el grado de sus debilidad y las posibilidades de su grandeza.
De manera que al celebrar este memorable suceso, bueno sería hacer una profunda reflexión meditando en lo que nos declara el ángel de Jehová: “Les declaro buenas nuevas de gran gozo que todo el pueblo tendrá, porque les ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor”, como también en las palabras del anciano Simeón dichas en el templo de Jerusalén. Ese gozo anunciado es el mismo que a través de los siglos, de generación en generación, hemos experimentado, y si realmente éste es el motivo que nos induce a augurarnos venturas y felicidades, acerquémonos al “Niño Dios”, ofrezcámosle a él, que es “La luz” resplandeciendo victoriosa y eterna sobre la faz de la tierra, la ofrenda de un espíritu renovado, en la justicia, la generosidad, en la lealtad y el decoro, Cristo es la flor del alba que exhala con fragancia de cielo el rocío del dulce mañana y es el Cáliz de donde emana la belleza de un puro corazón, consecuencia de la paz que llega al mundo de los amores.

*Historiador.
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