Opinión

Día Mundial de los Derechos Humanos


La suscripción --después de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, en un mundo con potencias imperiales y pueblos colonizados-- de un instrumento jurídico internacional, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que proclama la dignidad e igualdad de todas las personas sin distingos de raza, sexo o creencias, abrió las puertas a un cambio sociopolítico copernicano.
No se puede comprender cabalmente la expansión de la democracia en el mundo, durante el siglo pasado, si no se pondera adecuadamente la creciente legitimidad que han ido adquiriendo los derechos humanos cívicos y políticos. No se puede imaginar una consolidación de las democracias en el siglo XXI si es que no se hacen realidad cotidiana los derechos humanos socioeconómicos y culturales.
En momentos en que la crisis financiera impacta en la economía real, por tanto en la vida cotidiana de la gente, es crucial tomar conciencia de lo importante que es la promoción de uno de los derechos que la humanidad proclamó hace 60 años como fundamental, recogiendo una tradición milenaria: el derecho al trabajo.
La exigibilidad de este derecho no se reduce a realizar una actividad productiva, sino que la misma debe hacerse bajo ciertas condiciones. Es lo que la OIT llama trabajo decente, concepto con el que se expresa lo que debería ser, en el mundo globalizado, un buen trabajo. Éste supone la consecución de cuatro objetivos estratégicos: a) Promover empleo creando un entorno institucional y económico sostenible; b) Adoptar y ampliar medidas de protección social adecuadas a las circunstancias nacionales; c) Respetar y aplicar los principios y derechos fundamentales en el trabajo, y d) Promover el diálogo social y el tripartismo.
El Secretario-General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, ha señalado que el trabajo decente es esencial para ayudar a la gente a superar la actual crisis financiera global, que también se ha convertido en una crisis de empleos.
En junio recién pasado, antes que explotara la mencionada crisis a escala planetaria, la Conferencia Internacional del Trabajo adoptó --casi premonitoriamente-- la Declaración de la OIT sobre la Justicia Social para una Globalización Equitativa, en la que se señala que: “Dado que la política comercial y la política de los mercados financieros repercuten en el empleo, la función de la OIT es evaluar esos efectos con miras a que el empleo pase a ser un elemento fundamental de las políticas económicas”.
El trabajo que dignifica y permite el desarrollo de las propias capacidades no es cualquier trabajo; no es decente el trabajo que se realiza sin respeto a los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un ingreso justo y proporcional al esfuerzo realizado, sin discriminación de género o de cualquier otro tipo, ni el que se lleva a cabo sin protección social, ni aquel que excluye el diálogo social y el tripartismo.
Hace unos días, el Presidente del Gobierno español señaló: “Defiendo el diálogo social como modelo que rija en Europa y en el gobierno de la globalización. Quiero proponerlo como modelo para el proceso de reforma del mundo que arrancó el fin de semana (del 15 de noviembre) en el G-20”.
El derecho al trabajo, a un trabajo decente, resulta esencial para combatir la crisis global y para construir una adecuada gobernabilidad de la globalización.

*Director de la OIT para Centroamérica, Haití, Panamá y República Dominicana.