Opinión

Ética periodística y derechos humanos


La Ética Periodística, como toda Ética, o ethos, está subordinada a los fines, objetivos y valores que la regulan y definen sus límites y alcances. En este sentido, la Ética Periodística se configura como un derecho y un deber.
Es un derecho, en cuanto constituye un conjunto de atribuciones propias para el ejercicio del periodismo. El acceso a los lugares en que se genera la información, las facilidades que corresponden al periodista y que deben prestárseles para cumplir con su cometido, el derecho al juicio crítico y a tomar posiciones ante los acontecimientos y las actuaciones, lo que implica el derecho a formar opinión y a influir con sus juicios y valoraciones, en los juicios y valoraciones que se forma la sociedad ante determinados hechos y conductas.
Es un deber, en la medida en que está sujeta a la objetividad y ponderación que se requieren cuando se transmiten informaciones y juicios de valor. Esta responsabilidad es muy grande, sobre todo si se toma en cuenta el poder de los medios sobre la población, cuyas dimensiones son mayores todavía ante el hecho de que la inmensa mayoría de las informaciones las obtiene la sociedad no en forma directa, sino a través de los medios. La relación entre los sujetos y los acontecimientos se producen siempre a través de la mediación que ejercen los mecanismos de información.
El otro factor que hay que considerar es el impacto impresionante de la noticia, a causa del gran desarrollo tecnológico que nos hace a todos virtualmente coetáneos y coterráneos, al achicarse el mundo en la “Aldea Planetaria” de la que habla Mac Luham.
Nada ni nadie ejerce tanta influencia; ni la escuela, ni el colegio, ni la universidad, nada tiene tanta cobertura ni atañe a tantas personas como las informaciones que provienen de la radio, la televisión y la prensa escrita. La masa de acontecimientos que ocurren todos los días toma forma ante nosotros por la noticia; conocemos los hechos por medio del fenómeno informativo, la “realidad real” se nos presenta por la palabra hablada y escrita, y sobre todo por la imagen. El mundo para nosotros, en una gran proporción, es el mundo que vemos, oímos o leemos.
Imaginemos la enorme responsabilidad del periodista en tanto creador de un universo para ser conocido. Constructor de mundos, verdaderos o falsos, fieles o distorsionados, buenos o malos, el informador es responsable de la información y de los efectos que ella produce.
“El hombre --dice Ernest Cassirer-- no vive en un universo puramente físico, sino en un universo simbólico. Lengua, mito, arte y religión, son los diversos hilos que componen el tejido simbólico”. El periodista contribuye notablemente en la creación de ese mundo simbólico.
La responsabilidad del informador es enorme, aún y cuando parte de su responsabilidad personal se desplaza hacia el sistema informativo que surge de la revolución tecnológica, de los medios de comunicación, particularmente de la televisión.
“La palabra está distorsionada por la imagen. Todo acaba siendo visualizado... El acto de telever está cambiando la naturaleza del hombre”. ... Estamos ante una nueva civilización fundada en la “primacía de la imagen, es decir, en la preponderancia de lo visible sin lo inteligible, lo cual lleva a un ver sin entender”, nos dice Giovanni Sartori en su obra Homo Videns. Y Baudrillard, todavía más radical, expresa que “la información, en lugar de transformar la masa en energía, produce todavía más masa”.
Vivimos en la edad cibernética. Más que en lo que concierne a los medios informativos, “el nuevo soberano es ahora el ordenador. Porque el ordenador (y con él la digitalización de todos los medios) no sólo significa la palabra, el sonido y las imágenes, sino que además introduce en “los visibles” realidades simuladas, realidades virtuales. ... La televisión nos muestra imágenes de cosas reales, es fotografía y cinematografía de lo que existe. Por el contrario, el ordenador cibernético (para condensar la idea en dos palabras) nos enseña imágenes imaginarias. La llamada realidad virtual es una irrealidad que se ha creado con la imagen y que es realidad sólo en la pantalla. Lo virtual, las simulaciones, amplían desmesuradamente las posibilidades de lo real, pero no son realidad”.
Evidentemente esta situación trasciende al periodista cómo informador y a las propias empresas de comunicación, para situarse en el nivel de la misma estructura de la civilización contemporánea que reclama urgente e integralmente una nueva Ética de los Valores.
Los Derechos Humanos, como ética, filosofía y norma, deben ampliarse a la consideración de estas situaciones. No obstante, su ampliación y trascendencia a ese nuevo mundo creado por la revolución tecnológica, no invalida los aspectos tradicionales de la Ética y concretamente de la Ética Periodística.
Para el periodista la Ética se llama objetividad y congruencia. Objetividad, porque debe, en la manera de lo posible, atenerse a los hechos; congruencia, porque los hechos que no son solo datos y objetividad muerta, sino vivencias con su carga inevitable de subjetividad, captadas por seres humanos compuestos de razón y pasión, deben ser presentados ajustándolos, en lo posible, a su realidad intrínseca y a los valores fundamentales que proclaman los Derechos Humanos.
La justicia, la libertad, la dignidad, la tolerancia, el respeto a la diferencia, son valores desde cuya óptica hay que observar la realidad para transformarla positivamente.
Los acontecimientos de ayer sábado, en León, deben llevarnos a una profunda reflexión y a una actitud cívica y civilizada, orientada a restaurar el derecho de todo ciudadano a movilizarse, manifestarse y disentir.
La gravedad de lo ocurrido ayer trasciende a los propios hechos específicos, pues se proyecta como una sombra ominosa en contra de las libertades más fundamentales del ser humano, al que por la vía de facto, el mortero, la pedrada, los “tranques” y la quema de vehículos, se le impide ejercer su libertad y sus derechos básicos.
La violencia no debe ser nunca un argumento, ni un método para disentir. Nadie puede arrogarse bajo ningún título o pretexto el derecho de propiedad sobre las plazas, rotondas y calles. Nicaragua es de los nicaragüenses, de todos, y todos, sin renunciar a nuestros puntos de vista, debemos buscar en conjunto la solución a los graves problemas que afligen a nuestra nación, y encontrar los puntos que nos unen, en medio de aquellos que nos separan. El país no puede estar secuestrado por nadie. El peor de los males que puede afectarnos es el de la pérdida de la libertad, y “la libertad, como decía Cioran, es el derecho a la diferencia”.
El periodismo tiene en este aspecto una labor irrenunciable para restablecer y fortalecer la democracia y el Estado de Derecho, en los que puedan florecer plenamente, la dignidad y la libertad de la persona.
No hay que estimular la violencia, ni resaltar con morbo las miserias del ser humano y de la sociedad; sin ocultarlas debe procurarse siempre extraer de esas crueles realidades las lecciones constructivas que contribuyan a recuperar el respeto al derecho a la vida, la dignidad y la moral, tan ultrajadas y pisoteadas cotidianamente en nuestro país.
Nicaragua vive una crisis profunda que no es solo de naturaleza económica, porque es, sobre todo, una crisis de valores. ¿Qué pasa con nuestro país que pareciera desmoronarse? ¿Dónde está la raíz más honda de lo que ocurre? ¿Dónde la solución a tanta degradación y desesperanza?
El problema, que por supuesto es económico y social, es sobre todo moral. La crisis socioeconómica está produciendo una caída perpendicular de los valores, una desmoralización profunda, y haciendo migajas toda ilusión y esperanza.
Ningún país sobrevive dignamente a una situación como la que Nicaragua padece en la actualidad, la que además de aguda se ha vuelto crónica. El estado de cosas que se vive, o mejor que se sobrevive, no es sólo de hoy, sino también de ayer; son acumulados y estructurales.
Para el dueño de los medios de comunicación, la Ética consiste en equilibrar la libertad de empresa, que es un derecho garantizado por las leyes, con la libertad de prensa, que es un derecho humano y que implica tanto el derecho del medio de informar libremente y sin intromisiones del poder público, como el derecho de la ciudadanía a ser informada honestamente, sin distorsiones ni manipulaciones políticas, ideológicas o de otra índole.
En Nicaragua, los medios de comunicación deben contribuir a elevar el conocimiento y la dignidad de nuestro pueblo, adoptando y transmitiendo valores que ayuden a construir una nueva cultura de paz y tolerancia, y a fomentar el debate de las ideas, sosteniéndose en los Derechos Humanos que constituyen el más fuerte soporte moral de valor universal.