Opinión

Agar y el tirador de arco


Entre las mujeres que aparecen en la Biblia, hay algunas cuyas apariciones son mínimas, apenas unos párrafos, pero las imágenes de ellas se quedan en la retina. Y hay una, casi al principio de los tiempos, que llama la atención.
La terrible prueba que Dios le hizo pasar a Abraham, a punto de degollar a su hijo Jacob, probando su fe a punta de cuchillo en el aire, no fue la primera. De hecho, cualquiera diría que Abraham era un infanticida en potencia (con perdón).
Algún tiempo antes, celebrando una fiesta en la que estaban presentes las dos madres de sus hijos respectivos, en un ataque de celos, Sara dijo que el niño de Agar se había reído de su hijo. Sara era la legítima esposa de Abraham, mientras que Agar sólo había sido su amante, escogida para dar a luz a Ismael. Con esa excusa imposible, Abraham comprendió que aquella situación no podía durar mucho más tiempo y despidió a Agar y a su hijo. Lo extraño de la historia es que Abraham, en lugar de abandonarlos sin nada, los obliga a la mujer y al hijo a adentrarse en el desierto, y antes de que se marchen les provee de un morral --de un cuero con agua.
Abraham y la mujer saben perfectamente que ese cuero apenas le durará el tiempo suficiente para salir del desierto con vida. El niño es el único que no lo sabe, porque no puede. La mujer acepta sin rechistar, como quien se acerca al pasillo de la muerte. Pero la última misericordia de Abraham, insuficiente a todas luces, quizá se parezca a la última gracia concedida a un condenado a muerte. O quizá no.
Quizás es la vaga esperanza de un milagro, la única mano de hombre mientras se espera que ocurra lo imposible. Abraham actúa como un hombre férreo, determinado y un tanto cruel; un hombre que le da prioridad a su palabra, a la que él entiende que es la ley, la que debe ser la ley, y al mismo tiempo, sabe que aquello que se marcha, que según el ciclo de la historia debe morir, es parte suya. “Que Dios se apiade de ti”. Abraham se conmina a destruir para que Dios reconstruya, para que Dios en último instante le diga que retroceda, porque se trataba de una prueba.
Lo que ocurre en el desierto se puedo ver y oír con golpes secos de viento. Agar comprueba que el agua se ha acabado, y decide, con la absoluta frialdad del cansancio cercano a la muerte, en el afán de sobrevivir al último desgarramiento, dejar al niño a la sombra de una mata y distanciarse de él, “a un tiro de arco”. No tenemos relato de las penalidades del camino, no hemos asistido a la largura de su cansancio, para ella no estuvieron los cronistas como para el pueblo liderado por Moisés. Sólo llegamos al momento en el que el agua se ha agotado. La tibia serenidad, la poca resistencia con que Agar actúa apenas se entiende si no supiéramos lo que significa caminar por el desierto y que se acabe el agua. No es necesario tomárselo al pie de la letra. Ella se dice: “Así al menos no veré a mi hijo morirse”.
La mujer avanza, en esa lejana inexactitud de la trayectoria de una flecha. Ha llevado en el camino al niño a sus espaldas, así que se podría sospechar que aún siente su peso, el bulto, el calor de la presencia, y hasta la forma plegada en su carne ya débil, imagino que aún siente el miembro amputado. Probablemente en el camino ella se ha ido frente al sol, retándolo como si aún la forma alargada de su sombra por la espalda pudiera darle frescor al niño. Ella frente al sol, caminando. Aún podría soportar su muerte, su propio dolor de antemano aceptado. La mujer de tanto retar al sol se ha quedado ciega. El relato lo dice de una forma figurada, claro.
Y a esa distancia nos damos cuenta de algo que se nos había escapado. La mujer no sólo se ha ido tan lejos del niño con el fin de no verlo morir, sino para no oírlo tampoco, ni su llanto ni los intentos por cazar el poco aire que el calor le deje. El ruido de la muerte es aún más espantoso que su visión.
Pero a pocos metros de llegar al punto donde hiere la flecha imaginaria, Agar escucha un llanto. En mitad del desierto, sólo puede ser la locura, su cansancio o verdaderamente el niño aquel bajo la mata. Agar se ha visto condenada junto a él por una risa, o lo que Sara quiso creer que era un risa del niño, y ahora ese mismo bebé le devuelve la esperanza con el llanto, que es la desesperada llamada de un bebé hacia la vida. Sólo fue necesario aquel llanto del que no tenía ninguna voz para que Agar se vuelva sin remisión. Entonces recupera la vista y Dios les tiene ante sí un lugar lleno de agua. Fue todo justo antes de llegar donde se clava la punta de la flecha, como justo antes de que Abraham clave el cuchillo de libación.
El desenlace de todo estuvo en la boca y en los ojos de unos niños y en la distancia o cercanía de los adultos, como dos seres que hubieran olvidado que un día hablaron el mismo idioma. El niño de Abraham y Agar se llamaba Ismael. La Biblia dice que Dios hizo un gran pueblo de él. Cuando creció se iba haciendo famoso, por ser un experto tirador de arco. Medía muy bien las distancias. Le había ido la vida en ello.
Después de todo, Abraham no parece ser a quien Dios impuso la prueba, sino el que tensó el hilo de la vida para poner a prueba a Dios, y preguntarle en el último instante ¿estás ahí?

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