Opinión

La educación versus el pesimismo


Ph.D.

Es imposible que toda la población esté satisfecha con la situación del país independientemente del gobierno que sea. Se trata de una variable histórica. La gente, normalmente siente más cercanos los aspectos negativos que los positivos y así se expresa.
Los positivos facilitan la vida y corren con ella, los negativos obstaculizan la vida y se quedan en ella.
Por eso en todo tiempo y en todas partes se cruzan las visiones optimistas y pesimistas, y, con frecuencia, prevalecen estas últimas.
En el fondo, todo apunta a cierta cuota de pesimismo que en su expresión mediática y verbal acrecienta el sentimiento social de que el país no está bien y de que nunca lo ha estado.
Algo parecido acontece respecto a la educación del país. Existe ya una actitud casi instintiva de exagerar su lado negativo, dejando en un segundo o tercer plano lo poco o lo mucho que de positivo también existe en ella.
Ante esta generalizada psicología social, nadie duda de que existen en la realidad nacional considerada como un todo, lo mismo que en el sistema educativo considerado como un todo, determinados fundamentos objetivos para generar visiones, sentimientos, expresiones y situaciones de cierto pesimismo. Más aún, uno puede pensar si la extensión y profundidad de ese sentimiento deja espacios psicológicos y sociales para poder reconocer lo positivo que todavía constituye parte importante de nuestro país, de nuestra gente y de nuestra educación.
El panorama educativo nacional con sus déficit y limitaciones acumulados y renovados pudiera hacer pensar a algunos que a la educación sólo le cabe la etiqueta de lo negativo.
Sin embargo, una actitud desapasionada y objetiva, escucha desde las entrañas mismas de la población que su percepción sobre la educación es de esperanza y de confianza, que la población se adhiere a ella como el sólido fundamento para construir la vida y futuro de sus hijos, con miras a construir su bienestar y el de toda la población.
Existe mucho de positivo en muchos centros y aulas de los distintos niveles educativos, un derroche de moral en muchos maestros y maestras, profesores y educadores, un proceso lento, pero sostenido, de innovaciones y de apropiaciones pedagógicas bien encaminadas, una práctica de la participación comunitaria cada vez más generalizada, una mejoría discreta en la eficiencia interna del sistema educativo, una concertación educativa nacional bastante acentuada, y una estrategia de mejoramiento global de la educación con raíces de legitimidad social y con un aliento participativo renovador hacia el futuro.
La mirada de todo analista penetra más allá de la superficie y de la periferia de los fenómenos. El encuentro con la realidad educativa es crudo, pero en las entrañas de esa misma realidad se manifiestan también vetas de posibilidades y un cúmulo de energía que deben ser aprovechados en los diferentes subsistemas de nuestra educación.
La educación, por naturaleza, no puede formar para la negación y el pesimismo. La verdadera educación es siempre un proceso de construcción de personas y pueblos que se lleva a efecto partiendo de ignorancias y de capacidades soterradas en las personas, pero a la par impulsando el despliegue y desarrollo de sus capacidades y potencialidades, que hacen a una persona educada y a un país desarrollado.
El ambiente político-social y el económico-productivo que nos acompañan pueden emitir voces para un sentimiento de pesimismo. Sin embargo, junto a esas voces, también se levantan otras que expresan la solidez inclaudicable del espíritu humano y la validez de la siembra actual y oportuna de beneficios sociales, sobre todo, para los estamentos más pobres. La educación tiene que alimentar estas otras voces, porque es, ante todo, el cultivo del espíritu y de lo positivo y productivo que posee toda persona, cuyo destino verdadero es el bienestar de toda la población educada, poseedora de conocimientos teóricos y prácticos, de competencias, de destrezas y de valores. La verdadera educación es antagónica del pesimismo y aliada del optimismo.