Opinión

Piezas sobre el rompecabezas


¿Iluminados y obstinados?
Una de las clasificaciones más reiteradas y gelatinosas para nombrar a ciertos creadores, consiste en dividirlos entre los que deben su obra a la iluminación divina y a la inspiración de las musas y quienes son el resultado de un trabajo terco, obstinado y laborioso. Esta división arbitraria todavía persiste en el ámbito comarcal latinoamericano. Sobre todo cuando aluden a la obra creativa de Gabriel García Márquez, un iluminado, frente a la obra de Mario Vargas Llosa, un paciente, entregado y compulsivo demiurgo, que debe más a su esfuerzo, que a los arrebatos inspiradores de las diosas del Olimpo. La novelista Rosa Montero no cree en la existencia de musas ni de musos.
Como toda construcción arbitraria resulta falaz. No resiste ni sostiene el menor análisis. Sus orígenes se remontan a los románticos del siglo XIX, quienes concebían al creador como una especie de pequeño Dios, un ser inconmensurable. Los autores clásicos ya habían elaborado esta manera de ver y entender a los creadores. Contra esta falsa dicotomía se alzan voces en nuestro continente. Los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar sostendrán lo contrario. El enormísimo Cronopios, autor de Rayuela, dirá con una simplicidad escalofriante y arrolladora, “el creador es un trabajador como tantos otros”. Una verdad incontrastable, cuando pasamos revista sobre la manera en que Gabo y Vargas Llosa han tenido que forjar, bajo el yunque del huraño Vulcano, sus respectivas creaciones narrativas. Son dos posesos que deben su obra a un trabajo tiránico, producto de sus lecturas e influencias; a una pasión desbordante y a una entrega sin pausa al ejercicio más solitario del género humano: la escritura, a cuyo llamado asiste la imaginación, la inventiva y solidez, más que las bellas musas, prendadas de tu espíritu, al que asisten y dictan cuanto escribes.
Borges al ser interrogado sobre que sentía al escribir dio una respuesta rotunda: me siento tenso, padezco de agruras, el horror asoma; jamás vio compadecerse de su estado a ningún ser divino que lo iluminara y poseyera para perfeccionar su arte creativo. A veces son los mismos novelistas quienes meten a los lectores por estos senderos míticos y verdaderos. ¿Se trata nada más de estados de ánimos o las cosas van más allá? El mexicano Carlos Fuentes tuvo la dicha de ver como García Márquez sufría una transformación alucinante, en los momentos que precedieron el parto luminoso de Cien años de Soledad. Con un enorme desenfado el chingado Fuentes habla de esa mutación y recuerda que lo vio y se asustó. Se pregunta, ¿qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable bus de la línea México-Chinpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?
Tampoco omite el mexicano que Cien años de soledad fue el resultado de una idea persistente, que asedió a García Márquez durante diecisiete años y que redactó sin suspiros durante catorce meses. Si no fuésemos lectores atentos olvidaríamos que la novela venía siendo configurada en su universo narrativo precedente. El mundo mítico creado por Gabo, ya aparece en Isabel viendo llover en Macondo, en El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la Mama Grande y La hojarasca, hasta que logra darle vuelta al torniquete y encuentra el tono y la manera más adecuada para contar su historia y crear un mundo que todavía nos embriaga y cuyas luces cegadoras dejaron en el desamparo y sumieron en el pánico a los jóvenes novelistas víctimas de su influencia contaminante, si no se toman las precauciones del caso. Un ejemplo basta. La sinceridad irreprochable de Sergio Ramírez, cuando habla de la influencia de Gabo en su primera novela Tiempo de fulgor (1970).
Influencias y confluencias.
Las cosas se aclaran o tal vez se enturbian cuando uno comprueba que ambos escritores, García Márquez y Mario Vargas Llosa, no son el resultado de la improbable e imposible partenogénesis. Los dos son consecuencia de sus lecturas voraces, de su entrega sin límites al acto creativo. Ningún gran escritor es producto de la nada. La insistencia por establecer que Vargas Llosa es el escritor erudito, sabio, cuyas lecturas se pierden en los laberintos del tiempo, para tratar de desmeritar a García Márquez, se estrella contra el muro de la realidad y son el resultado de una visión errónea e interesada. Un contrapunteo contraproducente. A la hora del recuento habrá quienes dirán que en todo caso si de arte creativo se trata, García Márquez le gana la partida. Su universo narrativo sería ajeno a toda influencia literaria. Una mentira inaceptable. El hecho de que se haya venido repitiendo a lo largo de los últimos cuarenta años, un acto de prestidigitación, no la convierte en verdadera. Gabo, contrario a los piensan algunos estrafalarios, es uno de los lectores más persistentes y encarnizados.
Sólo el desconocimiento de la trayectoria de Gabo, conduce a estas elucubraciones, al equívoco y tienen una inclinación deliberada, rayana en la difamación camuflada. Para quienes han leído el conjunto de su obra las dudas no baten alas, más bien se disipan. Sus maestros mayores, como el mismo les llama, son Faulkner y Hemingway. También lo es Kafka; Petrarca; Sófocles; Balzac; el italiano Antonio Pigafetta (Primer viaje en torno al globo); los Cronistas de Indias; el francés Javier Marimier; Somerset Maugham; Aldous Huxley, (Contrapunto); el chino-norteamericano Lin Yutang, (La importancia de vivir); el italiano Curzio Malaparte, (La piel); el alemán Jacobo Wassermann, (El hombrecillo de los gansos); el húngaro Lajos Zilahy, (Primavera mortal); el médico sueco Axel Munthe, (El diario de San Michele); Vicente Blasco Ibáñez; Anatole France y la lista se torna interminable. El hecho de que la clasificación de iluminados e inspirados y trabajadores y obstinados persista en los armarios del tiempo, impone acercarse a ella de manera cuidadosa.
Ningún escritor íntegro acepta complacido esta división tajante que los románticos elevaron a su máxima expresión. Hay quienes han atinado al encontrar en García Márquez las huellas de sus predecesores. Otros aluden a Gabo como un iluminado e inspirado, tratando de hacer caso omiso de su sólida formación literaria, una vaga ilusión, si no fuese que pretenden rebajar su estatura de escritor, cuando en verdad al ser analizado fríamente, arribamos a conclusiones diferentes: se trata de un creador que ha asimilado tan bien sus lecturas, que nos lega una obra para la posteridad; igual lo ha conseguido Vargas Llosa. ¿No se deberá este deslinde a que algunos despistados debido a las profundas diferencias de estilo, ideología y compromisos políticos que les separan, aparte de la ruptura de una profunda amistad en 1976, concluyen equivocadamente, que uno de ellos es superior al otro? Lectura lineal, pueril y antojadiza.
En Vargas Llosa todos conocemos sus influencias. Tiene el mérito de haberlas hecho públicas de la mejor manera posible: escribiendo ensayos aleccionadores e ilustrativos acerca de sus autores predilectos. En este campo, en América Latina, excepto Borges, nadie la ha hecho mejor. El peruano posee el encanto de seducirte yendo directamente a mostrarte las aguas que han saciado su sed. En él se juntan el creador y el crítico. Una cualidad que entusiasmaba a Cortázar y de la cual creía que adolecía para desgracia suya, como se lamenta ante una de sus mayores estudiosas, Evelyn Picon Garfield, a quien manifiesta adolorido, (Cortázar por Cortázar, 1978), que le “gustaría ser una especie de síntesis de las dos cosas aunque fuera un día; solo un día de mi vida me gustaría ser a la vez un creador y un crítico. Porque creo que en ese momento algo extraordinario podría suceder, pero no va a suceder porque yo soy un creador”. Una confesión que encierra una verdad a medias. En Cortázar como en Vargas Llosa se da esa revoltura de géneros. El hecho que no haya acometido esta empresa como lo hace el peruano, no niega su cualidad crítica, adobada con su enorme erudición y prestancia creativa. Como siempre, ¡humilde!
En donde existe plena coincidencia, en donde las confluencias son cristalinas, es que ambos (incluyendo a Cortázar), son deudores hasta la eternidad de la sabia y reconocida influencia de nuestro bardo mayor, don Rubén Darío. Ninguno de los dos escapó, rectifico, ambos buscaron y se percataron de la necesaria e imprescindible importancia que tenía para la transposición poética de la realidad, asumir a pulmón lleno el aliento, la frescura rebosante, el ritmo y la cadencia de nuestro paisano inevitable. La mención de Nicaragua en Cien años de soledad (página, 174; edición de la asociación de academias españolas) no es gratuita, únicamente es el anticipo de lo vendría después: su homenaje deliberado en El otoño del patriarca, al indio que escribe con esa armonía deslumbrante, “con la misma mano con que se limpia el culo”. Vargas Llosa hará algo similar y más acabado. Escribirá en sus años mozos, como el sabedor de todo, un ensayo poco conocido o difundido por estas tierras, su tesis de bachillerato, titulada Bases para una interpretación de Rubén Darío. Punto de confluencia, ¡Darío! ¡Siempre Darío! El inevitable Rubén, muy siglo XXI, ¡Para dicha nuestra y de Hispanoamérica también!
Sin embargo, ustedes tienen la última palabra. Aunque sigo preguntándome, ¿cualquier intento por desmitificar al creador; de quitarle sus ropajes de demiurgo, será una tarea fallida?