Opinión

Carta de amor para una tierra sola


Es difícil, como dicen las viejas canciones repetidas de Valledupar, llegar a Colombia y no enamorarse. De la tierra, de la gente, con ese amor en huida que siempre comparten los pueblos errantes. Y para un viajero cualquiera que habla en español y que viaja a Colombia desde Latinoamérica a ese corazón del continente es aún más difícil no prenderse de la íntima ternura con que aún Colombia asombra, como la resistencia más hermosa al dolor. En los últimos años, me ha tocado viajar a diferentes lugares de Colombia y he podido estar en las casas de huida de muchas personas desplazadas por el conflicto. Y siempre dan ganas de quedarse, de no irse de aquella huida, porque de alguna manera toda esa soledad está ligada a una orfandad compartida en todo el continente a lo largo de los años. El problema es que en Colombia, el pasado no se ha resuelto y parece una especie de combate de palabras congelado. Lo que no se congelan son las balas, las masacres, las desapariciones, el miedo, la soledad. Estamos ante la guerra más vieja de América Latina, una absurda repetición de nuestros malos sueños. Y siempre encuentra formas de reinventar su propia repetición, una especie de condena.
Así que cuando estos días conocíamos la noticia de que el presidente Uribe desautorizaba al presidente Chávez en la mediación del conflicto, a nadie sorprendió. Era difícil esperar que acabara de otra manera. Vistos los personajes que median entre uno y otro bando en esta historia, no cabía otra solución. Chávez, por su lado, tiene demasiados frentes mediáticos que terminan por desbordarle aunque él no quiere reconocerlo, y que él mismo provoca con su histrionismo, su forma predilecta de actuación. Uribe, por otro lado, hijo de un asesinado por la guerrilla, declarante de su propio odio hacia el otro bando, promotor de los grupos paramilitares (aunque ahora haya dado un tanto la marcha atrás); y por el otro lado las FARC en un discurso de otro tiempo, y no es que sea eso lo que le resta validez. Lo que le resta y le anula su posible validez, es que no es del mismo tiempo de la lucha de los campesinos por ganarse el pan y la paz de las veredas colombianas.
En los días de la negociación, sólo se hablaba de los rehenes, de los secuestrados y presos. El nombre de Ingrid Betancourt fue el más sonado. Pero se olvidó como siempre a los cerca de cuatro millones de desplazados en los últimos veinte años. Se olvidó como siempre a los cientos de miles de personas que viven atrapadas entre dos leyes lejos de las ciudades y a las que no llegan los avances de una sociedad que contrasta una guerra con el progreso de los núcleos urbanos.
Si uno se fija bien, en Colombia, nuestra Colombia, aunque uno se acerque a ella desde Nicaragua o desde España, las personas que están lidiando en el conflicto son seres del pasado. Uribe, aún lleva el resentimiento de su pasado, y la sospecha que lo liga a peores cosas. Lleva también la sombra constante que planea de Washington sobre los peores tiempos de América Latina. Él mismo tuvo la descabellada idea de situar en la cancillería a un hombre que acababa de escapar de un largo secuestro de las FARC. No es necesario ahondar mucho en el tema, para darse cuenta de que una persona que ha sufrido semejante cautiverio no puede adoptar un cargo público en tan poco tiempo con garantías de parcialidad y equilibrio. Y después, no es tan difícil toparse con miembros de la guerrilla, algunas veces encubiertos, y oírlos hablar palabras que ya no se entienden porque han perdido la dignidad que las hacía creíbles. A todos ellos, gente de un pasado que no quiere casi nadie, sólo les resta pedir perdón, y hacer que los muertos les perdonen. Porque ellos no van a sacar de la soledad a una mujer que la última vez que la vi en Bogotá me lo decía en lo alto de una loma, bajo el único techo de cinc que defendía con uñas y dientes al que había venido a huir con sus hijos. Allí, bajo ese techo, no había una sola noche que sin dormir se acordara de su lugar en el campo y de su marido muerto.
Es difícil no enamorarse de los ojos de la gente de Colombia, los ojos de un país desgarrado que a pesar de todo ha seguido creciendo, que se sigue ayudando a sí mismo, porque sabe bien que de donde vienen sus heridas es de un monstruo de tiempo. Un país que tiene una vitalidad cultural pocas veces comparable en el resto del continente, una capacidad de resistencia que sobrepasa lo conocido y que se descubre cuando uno va a los barrios de desplazados, o las veredas que sufren los caprichos del ejército, o de la guerrilla, o de los paramilitares. “Para mí son tipos con un fusil. Sólo hablan el lenguaje de las balas. Para ellos los campesinos somos gente que tienen que decirles a todos que sí, que tienen que cargar su fusil, y si no, servirles la cabeza como blanco de sus balas”. Esto me decía un campesino que aún tenía en los ojos el miedo de la primera noche que huyó de una vereda del Caquetá. Ahí está el fracaso de cualquier idea revolucionaria. Es la piedra de toque de cualquier lucha armada: que llegue el día en que los mismos campesinos son los que dicen: “No luchen por nosotros. Ya no les entendemos”.
La amargura del presidente Uribe que ni con todo el plan Colombia, ni con las Autodefensas ni con la Seguridad Democrática, a pesar de blindar algunos territorios donde llega el asfalto, no ha podido terminar con esto, es un lastre también. Y quedan pocas ideas. Si esta gente del pasado dejara en paz a Colombia, si otra gente del pasado no quisiera meter mano en este crucifijo de retórica y sangre. Porque el país desborda de capacidad de la paz, desborda de gente nueva y organización para asegurarse el día a día de la paz.
Nadie confiaba demasiado en estos nuevos intentos de acuerdo humanitario. Pero cuesta siempre levantar de nuevo los párpados y afrontar desde el principio el mismo camino. Las guerras siempre acaban. La más larga que se recuerda duró cien años, como la soledad más larga. Yo quisiera seguir amando a Colombia, aunque esté lejos, decirle a sus ojos mi deseo de que no dure tanto su soledad, de que acabe pronto. Porque sus ojos para mí son los de una sola mujer, la de aquella loma, cerca de Bogotá, y mi deseo que ella vuelva al menos al lugar de sus recuerdos, a mitigar el dolor en los ríos de su vereda, aunque le falte quien más amó. Que tenga la libertad de volver o quedarse, de quedarse en los recuerdos o salir a luchar. Pero que le dejen hacer. Dejen que hablen, que decidan, que construyan, que luchen en Colombia los que no llevan el fusil. Ustedes lo saben: hay que tener mucho coraje por dentro para llorar de dolor y aún así mirarte con ternura a través de las lágrimas. Es el coraje de una mujer herida y de Colombia.
franciscosancho@hotmail.com