Opinión

La filosofía ¿para qué?, una respuesta


Pareciera pasado de moda hablar de filosofía y que la Unesco haya institucionalizado el día 21 de noviembre como día internacional de la filosofía, en un mundo cercano para todos a través de la información y la comunicación familiar, por las oportunidades crecientes de la tecnología y fácil por la prevalencia de un modo de pensar homogéneo y cada vez más uniforme, por no decir único. Todo se presenta fácil, atractivo, fascinante ¿para qué la filosofía?.
La era de la globalización parece haber sacado del juego a la filosofía, puesto que todo está determinado por un modelo hegemónico absorbente del pensamiento y de la realidad. A dicho modelo no le interesa la reflexión, le interesa el consumo compulsivo, no le interesa la praxis social le interesa la clientela cada vez más cautiva por las nuevas necesidades creadas y por la ilusión, y la satisfacción del tener.
Si bien la filosofía sostiene que el ser humano vale por lo que es, no por lo que tiene, la globalización de la economía está revirtiendo este principio. Lo importante es tener. Por eso todo el mundo está lanzado a tener, una minoría se aferra al ser y grandes mayorías luchan por ser.
Este panorama breve y quizás para algunos, unilateral y superficial es el que está dando vida nueva y más vigorosa a la filosofía.
Nuestro filósofo, Alejandro Serrano, afirma que “la filosofía es la reflexión sobre la acción del pensamiento y de la realidad”, reflexión que actúa sobre la acción del pensamiento y sobre la acción de la realidad. Por tanto la filosofía no se centra en una divagación teórica buscando ideas perdidas ni tampoco en una reflexión vacía.
El término acción sitúa a la filosofía en un nuevo contexto donde se encuentran en una interacción dinámica e inseparable, el pensamiento, la realidad y el ser humano en su circunstancia concreta y real.
Nadie pone en duda y todos aprovechamos los enormes beneficios que entrega un mundo globalizado. Pero desde sus entrañas ha dado a luz un modelo homogenizante, elitista y excluyente que encierra un alto grado de deshumanización en mucha gente y lo que es peor acompañado de cierto fatalismo al hacer sentir en la práctica que ésta situación es irreversible. La era geoeconómica bajo el dominio de sujetos universales poderosos (organismos y empresas transnacionales) y los medios tecnológicos creados para dar cancha libre a la economía en sus múltiples expresiones como la única variable realmente independiente en el mundo, conlleva necesariamente un modo de pensar que afiance y no permita libertades para neutralizar sus movimientos. Así surge el pensamiento único, el pensamiento del modelo del sistema mundo, porque de este modelo le sobra la reflexión. Simplemente consumimos lo ya pensado. El Internet ha introducido un nuevo tipo de civilización cuyo profundo significado no hemos logrado entender todavía. La televisión ha cambiado la cabeza de todo el mundo y tampoco la hemos comprendido en el cambio de la vida familiar y social, y en su influencia en las entrañas mismas de la cultura. Ejemplos cotidianos del así catalogado pensamiento único, aceptamos y gozamos de los cambios, pero sin la debida reflexión sobre sus causas y consecuencias.
Esto quiere decir que necesitamos de la reflexión creadora, innovadora, transformadora que por esencia mueve a la filosofía.
Porque la realidad ha abierto en el mundo actual nuevos horizontes, nuevos dominios y nuevos desafíos. Ésta se ha diversificado desde sus raíces y se ha ubicado de manera apremiante en las entrañas mismas de la realidad social, política y cultural, lo que significa que se ha insertado en un contexto real donde la pobreza, las disparidades y las exclusiones sociales desafían, como contexto, al Estado, la Sociedad, la democracia, el poder, los movimientos sociales. La reflexión filosófica se conecta pues con la praxis social, asumiendo cierto carácter de filosofía de la liberación, de la interculturalidad, de las nuevas relaciones sociales y del propio poder.
Esto no significa que la filosofía esté supeditada a la sociología, aunque puede tomar, y así lo hace, como premisa los aportes de las ciencias sociales para reflexionar sobre las consecuencias que afectan al ser humano en el amplio espacio del orden social, el que reclama con vehemencia su transformación. La reflexión y praxis social de la filosofía, al menos, en el contexto latinoamericano, busca afanosamente fundamentar y pavimentar las rutas que conducen a la transformación social, al imperio de una cultura de los derechos humanos, de la ética coherente y de la convivencia humana.
En esta dinámica a la reflexión filosófica y su praxis social se le presenta otro desafío, el de sacudir y activar las múltiples manifestaciones que enraizadas en la cultura emancipadora de nuestros pueblos, desde la fuerza y sentido de la sociedad civil y de las comunidades organizadas, desde la necesidad de su autoafirmación e identidad, van tomando forma y fuerza los movimientos sociales que apuntan decididamente a crear una globalización alternativa que yo denominaría globalización desde abajo, incluyente y participativa con nuevos sujetos dominantes radicados en las múltiples expresiones de la comunidad y en el afianzamiento de nuevas relaciones de desarrollo a fin de construir un mundo distinto, el mundo de todos los seres humanos, diferente al impuesto por la globalización homogenizante, elitista y excluyente.
De lo dicho se desprende que la filosofía es ahora tanto o más necesaria que en otros momentos de la historia para rescatar al ser humano ayudando a transformar su hábitat económico, social, político y cultural actual y necesitado de apuntalar una auténtica ética universal desarticulada por el modelo neoliberal que se ha impuesto en la era de la globalización.
*Ideuca