Opinión

Solidaridad, virtud del nicaragüense


La solidaridad o fraternidad, como también se llama, constituye uno de los tres grandes valores del humanismo que inspiró la Revolución Francesa (Libertad, Igualdad, Fraternidad). Se define como el sentimiento noble que nos lleva a reaccionar frente a las necesidades y dolor ajeno, de modo generoso, cooperativo y comprometido.
Cuando hay solidaridad se siente como propio el sufrimiento y angustia de los demás. La solidaridad, como expresa Cabanellas, es la “Identificación personal con alguien o con una causa, ya por compartir sus aspiraciones, ya por lamentar como propia la adversidad ajena o colectiva” (Diccionario Enciclopédico de Derecho Usual).
La solidaridad no es una novedad que nace en nosotros con el huracán “Félix”: es un rasgo histórico del pueblo nicaragüense. Ha estado presente a lo largo del tiempo frente a los desastres naturales, tan frecuentes en Nicaragua, como los terremotos de Managua (1931 – 1972), el huracán Juana (1988), el maremoto del Pacífico (1991), el huracán Mitch (1998), el terremoto de Masaya (2000), el huracán Félix y las lluvias continuas recientes.
Más aún, la solidaridad nicaragüense no se agota en las tragedias de la naturaleza. Es, sobre todo, un valor humano que se expresa en el diario vivir del nicaragüense. Solidaridad es el sentimiento que mueve a los pobladores del barrio a brindar apoyo moral y ayuda material para cubrir los gastos funerarios del vecino que sufre la muerte de un familiar. Solidaridad es el respaldo emocional y económico que el nicaragüense acostumbra brindar a su familia en toda circunstancia y desde cualquier país. Solidaridad es la fuerza interna que impulsa a nuestros conciudadanos a defender al débil, al niño, al anciano. Es socorrer al accidentado y ayudar al enfermo y desvalido. Es compadecernos del rival caído en desgracia y no hacer leña del árbol caído. Es la respuesta generosa que observamos todos los días al llamado de ayuda en los espacios sociales de la televisión.
Que un pueblo pobre comparta lo que tiene con quienes sufren una tragedia constituye un hermoso ejemplo en el mundo en que vivimos, caracterizado por el egoísmo individualista y la pérdida de valores morales, en que cada quien se preocupa sólo de sí mismo, sin importar la suerte de los demás. Con justa razón, el Coordinador Residente para Nicaragua de las Naciones Unidas, Alfredo Missair, felicitó al pueblo nicaragüense por el “coraje” y “el esfuerzo monumental para atender la tragedia del Félix”.
Sería hermoso que esta solidaridad que nos caracteriza se expresara del mismo modo frente a las principal tragedia que nos amenaza: la pobreza y su incidencia en la dependencia económica, en el hambre, desempleo, emigración, desnutrición, insalubridad, falta de acceso al agua potable y a la energía eléctrica, bajo nivel de escolaridad, contaminación ambiental, deterioro ecológico, males todos ellos altamente peligrosos que amenazan nuestras posibilidades de desarrollo y nuestra estabilidad social, como se desprende de la Encuesta Nacional de Hogares sobre Medición del Nivel de Vida 2005, recientemente publicada por el Instituto Nacional de Información y Desarrollo (Inide).
La palabra solidaridad, etimológicamente, se deriva de “sólido”. Denota solidez o fortaleza que nace de la unidad de todos para lograr un objetivo común. Sería deseable y grandioso que la solidaridad propia del alma nicaragüense se volcara también frente a la “alerta roja” de la pobreza, de modo que todos, al margen de nuestras ideologías y credos, nos uniéramos en un solo haz de energía para rescatar a Nicaragua de la miseria.

*Psicólogo y Profesor Universitario.