Opinión

Epílogo de una vida


Hasta hace muy poco supimos que Enrique Alvarado nunca había creído en la existencia de Sherlock, probablemente porque él mismo, como caminante, era un invento de Caresol. La existencia de Sherlock nunca ha estado en tela de juicio y en lo que se refiere a la de Enrique, tampoco, sino tan sólo su calidad de caminante, tan imaginaria como lo es la ciudadanía nicaragüense para el rey del Reino Socialista de Nicaragua, en cuyo reino no pueden haber ciudadanos sino tan solo vasallos o bufones. Esto lo demuestra día a día nuestra tragedia nacional. También cotidianamente se está demostrando que para la reina los vasallos deben despojarse públicamente de toda clase de atributos que puedan colocarlos humanamente a su imagen y semejanza, tales como la razón y la dignidad, sinónimos de sacudidor o lampazo. Ambos monarcas están convencidos que solo ellos son dignos y solo ellos pueden tener la razón. Así como en otros tiempos existió el Centralismo Democrático, en el que muchos junto con Julio López Campos creíamos, en este Socialismo del Siglo XXI y específicamente del Reino Socialista de Nicaragua lo que se está imponiendo es el real pensamiento único, y real por realeza y triste realidad. El concepto de ciudadano con su antiguo y “obsoleto” significado, en la actualidad es un estorbo pues en esencia es la antítesis de los Consejos del Poder Ciudadano.
Para la reina sus Consejos del Poder Ciudadano son una economía, pues en sí mismos son a la vez estado, país y nación, de ahí que en el encontronazo del Rey Daniel contra el Rey Juan Carlos, este último llevaba las de perder ya que él tan sólo es un Jefe de Estado, y en cambio su majestad Daniel es además dueño del país y administrador de la nación. Por lo tanto nuestra monarquía es más sólida y segura y no necesita de la Sociedad Civil, pues ésta también está representada en los Consejos del Poder Ciudadano, que contra viento y marea y con la complicidad de la Convergencia están funcionando a las mil maravillas en universidades, sindicatos y en la Alcaldía de Managua, para solo poner unos ejemplos recientes. Todas estas reflexiones se las hacía el de Managua mientras en “Extremadura”, en el Principado de Masatepe, esperaba a los caminantes que acudirían a dar el pésame por la muerte de Sherlock. Entonces prefirió cambiar de pensamientos y recordar cuando Sherlock con toda facilidad aprisionaba un coco seco entre sus fuertes mandíbulas, y juguetón correteaba o caminaba de un lado a otro provocando para que alguien intentara quitárselo, antes de que él decidiera dejarlo en el camino.
Poco a poco fueron llegando los caminantes, autojubilados y perseverantes: doña Dorita, Armando Alvarado, Guillermo Suárez Rivas, Bayardo Altamirano, Lagartoparado, Roberto Currie, José Antonio Sanjines, Enrique Alvarado, María López Vigil, Caresol y el de Masatepe. Sentados todos en el corredor, estábamos además Antonio Castillo, Watson, Mercedes y yo. Consternados indagaban sobre la agonía y muerte, a los diez años de edad, del irreponible Sherlock, a las que nos habíamos referido la semana pasada. Comencé por decirles que cuando fui a México al Festival de la Palabra el 30 de octubre, ese mismo día lo había visto muy mal y decaído. Regresé el 5 de noviembre por la noche y ya no se podía incorporar ni para hacer sus necesidades y era evidente que esto lo apenaba mucho. Toda su vida había sido un dechado de higiene; limpio, valeroso, noble y leal. La impertinente suciedad parecía que, junto con el dolor, lo hacían desear irse para no molestar a sus seres queridos. En sus últimos momentos, afirmo con orgullo, su pudor se estaba imponiendo al amor.
Por eso, cuando el 6 de noviembre por la madrugada, antes de partir para la Feria del Libro en Miami, fui a despedirme de él acariciando su cabeza, tuve la certeza al ver la tristeza en sus ojos de que se estaba muriendo. Esa imagen ya no se despegó de mis adentros y en mi cuarto del hotel el 7 de noviembre, me invadió tal desasosiego que me puse a escribir sobre su agonía, mientras hacía un vertiginoso recorrido por lo que habían sido nuestras vidas juntos. Llegué a la conclusión de que ya jamás tendría un compañero como Sherlock. Amigo y hermano menor. Regresé a Nicaragua el 8 de noviembre por la noche y camino del aeropuerto a casa recibimos la llamada telefónica de una acongojada Mercedes informándonos que acababa de morir. Se hizo un silencio espeso por el resto del viaje y en el asiento trasero Luís Javier sollozaba. Al llegar, lo primero que hice fue ir junto con Mercedes a sobar su cuerpo aún tibio y cerrar sus ojos. Sentía enormemente no haber podido encontrarlo con vida, y me consolé pensando que era mejor recordar la vida ya vivida por ambos. A la mañana siguiente, muy temprano, lo enterramos al fondo del patio en una fosa ancha y profunda para ser humano, y luego escribí el último párrafo de mi escrito de la semana pasada.
luisrochaurtecho@yahoo.com