Opinión

Desastres y debilidad social


Hemos padecido desgracias naturales en cadena. Huracán e inundaciones. Como en muchas partes del mundo, la respuesta a esas tragedias reveló el grado de injusticia que vive la sociedad. Lo vimos claro en Nueva Orleans. En nuestro caso, la paralización, el discurso demagógico de los políticos, la inexistencia de una oposición eficiente constructora de propuestas, han dejado una sociedad polarizada y conflictiva que ante las catástrofes se ve impedida de hacer del desastre un ejercicio de organización y democracia y brindar socorro oportuno. Muchos intentan sacar ventajas políticas del desastre y formar bases clientelares con las necesidades.
Tras 17 años de políticas neoliberales, la gran derrotada ha sido la sociedad, el tejido social y la destrucción de las formas de organización comunitaria y sectorial. Los desastres naturales han reflejado la catástrofe de la desorganización social, así como la incapacidad del gobierno para resolver estructuralmente las consecuencias. En el fondo lo que se esconde es una visión previsora ante la posibilidad de que la sociedad tome bajo su control la emergencia y rebase y desplace las formas verticales y antidemocráticas. Todas las instituciones públicas mueven grandes aparatos, pero siempre preocupadas por la posibilidad de que la sociedad civil se organice y pueda cuestionar todo el modelo de prevención, de atención de los desastres.
Para la empresa privada el gran objetivo de ayudar es reducir el pago de impuestos. Su solidaridad con la tragedia ha sido un regalo para evadir el pago de impuestos de 2007, como han hecho los “teletones” y toda la estructura privada de fundaciones para la filantropía con la cual han pretendido sustituir las políticas públicas y la organización comunitaria y gremial. En este afán de deducir impuestos, los grandes empresarios privados del comercio, la banca, los medios electrónicos, se publicitan como vanguardia de la organización social, promoviendo cuentas bancarias para la ayuda, debilitando al erario, el mismo que luego carga con la responsabilidad de la falta de atención y solución ante las pérdidas sociales.
Los desastres naturales son un buen negocio. La figura emblemática de la protección civil debería ser un buitre en espera de víctimas. Se crea un círculo vicioso que se desarrolla bajo la premisa de mantener una sociedad civil en alto grado de debilidad y dependencia, sin capacidad de organización ni de generar estructuras desde abajo. Todo el concepto de protección civil está marcado por criterios contrainsurgentes de impedir el fortalecimiento del tejido social y formas autónomas e independientes de gestión social. Por eso bajo el concepto de ayuda, albergues, comedores, centros de distribución de ayuda y salvamento, fortalecen a los grandes intereses privados, preocupados sobre todo por el negocio. Además se fortalece una filosofía de control social.
Los desastres reflejan el tamaño de la debilidad social, obra de la lucha por el poder político y la hegemonía de intereses económicos. Sólo funcionó la solidaridad de pueblo a pueblo a través de sindicatos, organizaciones civiles, de barrio, grupos estudiantiles, intelectuales, campesinos y mujeres. La solidaridad expresada por los bancos, las televisoras, los grandes comerciantes, es más publicidad que ayuda. Todo va unido a la exigencia que el Estado responda económicamente a la reposición de las pérdidas en viviendas, empleos, crédito e infraestructura, una vez que retiran los reflectores. El robo y saqueo a la población sirven para hacer declaraciones moralistas, mientras el saqueo fiscal y el gran negocio de la ayuda no es motivo de cuestionamiento.