Opinión

Deuda ecológica y deuda externa: ¿por qué no un trueque?


Nicaragua no es un país pobre, sino empobrecido. Saqueado desde adentro y desde afuera. Ahora y desde siempre. Desde adentro por la corrupción, los megasalarios y la inoperancia de algunas autoridades y funcionarios que cobran, pero no cumplen con sus funciones. Es pobre también porque no se une ni se arma de coraje diplomático para cobrar esas deudas de las cuales es acreedora: la colonial, primera deuda ecológica. La deuda ecológica por comercio injusto. Y la deuda ecológica global: la contaminación originada por los modelos de producción y de consumo de los países industrializados, que están afectando el clima.
La deuda ecológica (Pengue, W.A. 2007. Curso Economia Ecológica) es todo lo que deben los países industrializados a los del tercer mundo, en concepto de exportaciones pagadas de forma incompleta, a precios bajos, al no tomar en cuenta todo lo que se requiere para producir: agua, suelo, nutrientes, energía. Lo mismo que por la pérdida de la biodiversidad, la contaminación y utilización del territorio para invertir y depositar residuos. Esta deuda se deriva de las llamadas “externalidades”, es decir, lo que se deja fuera en el comercio injusto, los costos reales de producción y explotación que no se han tomado en cuenta. Entonces, ¿quién debe a quién?
¿Y qué queda de la sobre explotación de los suelos y demás recursos? La deforestación, la contaminación, los suelos anémicos, las intoxicaciones, las enfermedades. La deuda ecológica que tienen es enorme. No se paga con subsidios ni con donaciones. Somos acreedores, pero estamos ahogados por las deudas que hay que honrar. ¡Y tenemos que obedecer a quienes nos deben!
La contaminación global que generan los países industrializados y consumistas, cuyas consecuencias pagan los pobres, como está sucediendo con el cambio climático, también es parte de la deuda ecológica. Digamos, la deuda ecológica global. Los foros en los que se discuten las consecuencias del calentamiento de la Tierra deberían exigir a estos países no sólo que reduzcan la contaminación, sino que creen las condiciones necesarias en los países empobrecidos, para que los efectos climáticos no golpeen tanto. Es decir, no es pedir donaciones cuando ya se dio la catástrofe, sino crear condiciones para prevenir los desastres causados por la contaminación que generan. Ésa sería una forma civilizada, democrática y real de honrar las deudas.
Además de generar divisas para pagar la deuda externa, otra razón para aumentar la producción es la reducción de la pobreza; pero por más que se aumente la producción, el desempleo y el hambre siempre galopan, y cada vez más fuerte. Además de aumentar la producción, hace falta cobrar las deudas. Ya es hora. Creo que está llegando el inicio del fin del silencio.
Y se dice que la deuda externa se debe a que se consume más de lo que se produce y que se importa más de lo que se exporta. Es claro, además de gastar más de lo poco que nos han dejado; y además de la corrupción, participamos en un comercio injusto. Y se compara con lo que pasa en un hogar, donde se tiene que gastar según lo que se gana, de lo contrario se cae en deuda. Pero el problema es que, en el caso nacional, nos venden caro y nos compran barato, por lo tanto lo exportado no se corresponde con lo importado. Y en el caso de la familia, los trabajadores reciben bajos salarios, mientras el precio de la canasta básica se dispara cada día. Es lógico que no se ajuste y se caiga en deuda o en hambre.
Y cuando se discute el presupuesto, se hace énfasis en la necesidad de pagar la deuda externa (y la interna). No se habla de un comercio justo, sino de crear un clima propicio para la inversión. No se menciona la deuda ecológica moderna ni la colonial; ni de buscar formas para cobrarla. Digamos formas serias, jurídicas, diplomáticas. Sin embargo, éste tema irá tomando auge. Y habrá un día en que tendremos trueque de deudas, muy a pesar de quienes no se han dado cuenta o no se quieren dar cuenta de que los países pobres no son pobres, sino acreedores de ricos que no pagan.
¿Por qué no negociar deuda por deuda? Y seguiríamos siendo acreedores, pues los recursos humanos y la vida no tienen precio.