Opinión

La Cumbre no fue Chile, sólo lo pareció


El anochecer y despertar de cada día con la noticia de un nuevo invento tecnológico en la comunicación, aleja a la humanidad de su pasado más reciente. La aleja en el tiempo mucho más de lo que la humanidad esperó el momento en el cual Graham Bell hubo de hacer su primera transmisión de la voz por el hilo telefónico. Por eso, ya nada sorprende a nadie en cuanto a noticias transmitidas por radio, televisión o la Internet.
Pero, ¿por qué ha conmovido tanto y no deja de rumiarse el incidente protagonizado en la Cumbre Iberoamericana de Chile, por los presidentes Chávez, de Venezuela, y Ortega, de Nicaragua, con el presidente del gobierno español Rodríguez Zapatero, y el rey Juan Carlos? (y en ausencia, el fascista José María Aznar, lugarteniente de Bush en la invasión a Irak) ¿Por qué impresiona más este incidente que las tendaladas de muertes cotidianas en Irak o Afganistán causadas por la invasión gringa, y por su aliado Israel en Palestina? ¿Por qué, si hace doscientos años que los trescientos años coloniales españoles en América dejaron de ser noticia?
Sencillo. Porque aún no se han cerrado las heridas, las que sólo están recubiertas de simulaciones diplomáticas y adormecidas por la religión con la cual la iglesia católica española inoculó las conciencias de los aborígenes para facilitar la esclavitud colonial. Pero de las heridas recientes dejadas por el imperialismo en el cuerpo y en el alma de naciones enteras, los señores de la derecha aún no se enteran, y lloran a moco tendido por la “vergüenza” y el “ridículo” en que Ortega “dejó a Nicaragua” en la Cumbre chilena. Es sorprendente tanta doble moral.
A mí me parece más sorprendente la contradicción de los dos personajes increpantes y de conciencia nacionalista alzada, Chávez y Ortega: frente al rey de España y al presidente español, son anticolonialistas, pero invocan al mismo dios y a los mismos santos traídos de la España, e impuestos a nuestros aborígenes a sangre y fuego, a tapazos de perros y a vara ajustada para facilitarse su expoliación y el saqueo de sus tierras.
Esta enorme contradicción es amplia: los presidentes Chávez y Ortega atacan a Rodríguez Zapatero y al rey Juan Carlos –no responsables de aquellas atrocidades, sino sus beneficiarios históricos—, pero a sus pueblos les refuerzan las ideas de su religión, rezan y se persignan antes, durante y después de sus discursos anticolonialistas. El rey y el presidente españoles son consecuentes cuando se violentan en defensa de su corona y su país. Pero nuestros presidentes no lo son, pues “olvidan” que su religión… ¡no bajó del cielo!
Daniel Ortega, a nombre de preceptos religiosos, ha reservado muerte y cárcel para las mujeres en el Código Penal, para complacencia de las jerarquías eclesiales y gozo “espiritual” de las fuerzas oscurantistas. ¿Cuál es la diferencia de condenar la rebeldía de la mujer ante la religión que no acepta el aborto necesario, y la de condenar a los indios por la rebeldía de no aceptar la religión de sus opresores? Para colmo, lo de España y su iglesia es pasado, lo de Ortega y la iglesia criolla es hoy.
En medio de esta contradicción, Chávez y Ortega dijeron verdades históricas incontrastables. Pero sus actitudes en la Cumbre obedecen más a razones más cercanas en el tiempo y la geografía. El protagonismo de Chávez busca justificar su presidencia vitalicia; el pueblo venezolano, en su mayoría, le apoya, entusiasmado con los avances sociales que le está ofreciendo, aunque esos mismos avances podrían poner en riesgo el sueño de perpetuidad de su presidente. Eso no es antiimperialismo ni socialismo. (En esta página de Opinión de END he defendido a Chávez –y lo haré cuantas veces sea agredido por el imperialismo—, pero no con los ojos cerrados).
Daniel hace algo parecido. Su afán y su discurso de afuera y de adentro no concuerdan. El objetivo de proyectar un liderazgo internacional sólo se nota cuando actúa bajo la sombra de Chávez y como eco de su voz; pero no arremete contra las causas de la crisis económica y social, con el mismo ímpetu con que trama acuerdos con un delincuente para facilitar su reelección. Reitero que en la cumbre ni Chávez ni Ortega dijeron mentira alguna. También reitero que además de no haber dicho nada nuevo, en esas reuniones de dos días no se resuelven problemas e injusticias con cinco siglos de vejez, incluidos los dos siglos durante los cuales “nuestras propias” clases dominantes post coloniales, y muchos de los presidentes participantes se encargan de prolongar sus consecuencias.
Cuando hablo contra las presidencias vitalicias, se pensará en el caso de Fidel. No hay espacio ni es éste el momento de escribir sobre el liderazgo vitalicio de Fidel, a cuyo pueblo correspondería rechazarlo, cosa que nunca ha hecho, sino grupejos manejados desde Washington. Pero adelanto mi criterio: la personalidad, el liderazgo y la inteligencia de Fidel nacieron y crecieron al ritmo del proceso revolucionario desde antes del 53 del Siglo XX y, en esta marcha, se hicieron un solo fenómeno histórico-político. Ni líder ni pueblo se han fallado nunca. Cincuenta años incólumes frente al imperio, sus agresiones y bloqueos lo confirman. Una historia incomparable.
La opinión de Fidel sobre el incidente en Chile en defensa de Chávez y Ortega es lógica, aunque no dijeron nada que Fidel no haya dicho en cumbres y foros internacionales, con la diferencia de que lo ha dicho mejor. El fin del aislamiento internacional de Cuba no fue un obsequio, sino resultado de su defensa digna y sin concesiones de un derecho. Ningún personaje internacional, presidente, rey o primer ministro, después de Fidel, ha causado más sensación e interés en los foros y las cumbres. Y no se recuerda que Fidel haya llegado a alguna parte cantando rancheras mexicanas o queriendo impresionar con una camisa blanca de cuello chino.
Cuando Fidel habló sobre el incidente en la cumbre reveló algo importante: que Guevara (el Che) sentiría orgullo “por los pronunciamientos de varios revolucionarios valientes, con independencia de la poca o mucha experiencia política de cualquiera de ellos.” Y a la par que Fidel defiende lo dicho por estos “revolucionarios valientes”, dejó caer esta enorme verdad: “con independencia de la poca o mucha experiencia política de cualquiera de ellos”. O sea, que los avala por solidaridad, pero señala con delicadeza sus debilidades ideológicas y, ¿por qué no?, también sus contradicciones.