Opinión

Discurso franco y horizonte turbio


Este 11 de noviembre, Mauricio Funes ha dado su discurso de proclamación como candidato presidencial del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Alrededor de 55 mil personas se hicieron presentes al estadio más grande del país para presenciar tal acontecimiento.
Es curioso que faltando 17 meses para que las elecciones presidenciales tengan lugar, se evidencie este nivel de convocatoria.
Lo que esto revela es la voluntad del FMLN de arriesgarlo todo en procura de hacerse con el Gobierno.
¿De que habló Mauricio Funes en su discurso? De la incompetencia gubernamental actual y de los problemas económicos que atenazan a nuestro pequeño país. Fue franco, sin ambages, y sin retorcida retórica (tan común en nuestro medio). Pero también fue duro. Es cierto que en este momento se trata de convencer a la militancia del FMLN acerca de lo idóneo de esta candidatura (que le viene de fuera y con posiciones ya perfiladas), pero lo más difícil para el FMLN es mostrarse ante el electorado salvadoreño (afincado desde hace muchos años en una actitud somnolienta y conservadora) como una opción viable. Y viabilidad remite a flexibilidad.
El FMLN en este momento es sin duda el único partido político capaz de disputarle las riendas del Gobierno al partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena). Cuenta con la maquinaria electoral para emprender tal tentativa. Además, su actual dirigencia al parecer intenta darse apresurados baños diarios de realismo para poder arrostrar tal propósito. Aunque su programa electoral aún es una mezcolanza donde no es posible apreciar prioridades, a medida que Mauricio Funes y su equipo de trabajo vayan entrando en calor, y otros segmentos de la sociedad salvadoreña interesados en que las cosas cambien a su vez se pongan en lo suyo, pues aquel programa electoral quizá pueda esclarecerse.
Hoy por hoy, no obstante, la falencia principal del FMLN es un dispositivo de alianzas. Alianzas no sólo para ganar las elecciones, sino también para intentar cambiar el rumbo del país. Que es, sin duda, una empresa ciclópea. Sobre todo porque no están planteadas las cosas de forma dictómica. Es decir, si acaso se hiciese con el Gobierno el FMLN, lo que está por delante no es el despliegue inmediato de su imaginario estratégico (el socialismo, se entiende, en cualesquiera de sus ya variopintas versiones) o la ejecución de tibias medidas estatales para intentar paliar el deterioro social. Para decirlo más claro: de ganar las elecciones en 2009, el FMLN deberá plantearse algo realmente nuevo, algo que en sus estatutos no está, que quizá ni en la cabeza de sus principales dirigentes se ha instalado. Deberá irrumpir con un programa nacional de cambios que no quebrante el clima de amplias libertades públicas, pero que a la vez atienda de forma directa los graves desequilibrios estructurales. Menuda tarea.
Esto sólo es posible si el FMLN redefine su idea acerca de las alianzas. Porque Arena no está en retirada ni carece de flexibilidad incluso para acomodarse a su futuro papel de oposición. Arena es el vehículo político principal de los intereses corporativos privados del país. Aunque la excesiva apertura externa y la compactación del aparato estatal en estos últimos 15 años han dejado medio trasquilados a no pocos sectores propietarios (incluso grandes), la preeminencia de Arena sobre el empresariado nacional es indiscutible. Y un resultado electoral adverso no la alterará en lo fundamental.
Puesto que una posible victoria electoral del FMLN se inscribe en el orden constitucional y no en el marco de un proceso de ruptura radical institucional, con mucha mayor razón que el FMLN debe construir un entramado de alianzas de amplio espectro (pactos, acuerdos, convergencias puntuales, compromisos sectoriales, etcétera) para que encarne la viabilidad política de su propuesta.
El discurso de Mauricio Funes del 11 de noviembre aún no expresa esto.
Para que El Salvador tome otro camino distinto al actual (aunque sin deshacerse por completo de aquellos aspectos que se heredan) es necesario reinterpretar la trayectoria nacional de al menos el último siglo, porque si bien la negociación estratégica de 1992 que puso fin a la guerra generó un parteaguas sobre todo político, dejó en el camino, empero, la urgente recomposición social. Aquí reside la posibilidad de lo diferente que el FMLN puede inaugurar.
Por otro lado, dada la fortaleza electoral de Arena, no debe olvidarse que un Gobierno del FMLN sólo podría conseguirse por una leve mayoría en las urnas, y esto obliga y exige un sistema de alianzas.

En San Salvador