Opinión

El monarca y el presidente


Revuelo internacional ha causado el encontronazo de Santiago, protagonizado por el rey de España, Juan Carlos, y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. La plutocracia mundial ha montado una gigantesca campaña mediática contra el venezolano.
La mayoría de comentaristas internacionales analizan el hecho en forma aislada, anecdótica y mecánica, no analítica, sin poner las cosas en contexto histórico y político.
Los lectores de la prensa corporativa se pierden los antecedentes políticos que desembocaron en el histórico encontronazo, calificado por el presidente Fidel Castro de “Waterloo ideológico”.
Un factor a considerar es el papel del ex jefe del gobierno español, José María Aznar. Inicialmente el incidente se debió a las denuncias de Chávez por los constantes ataques de Aznar contra su gobierno.
Aznar lleva años acusando a Chávez de ser un peligro para Latinoamérica. El grueso de analistas internacionales pasa por alto la campaña de Aznar, resaltando que el monarca “puso en su lugar” a Chávez.
Desoyendo el clamor de millones que por primera vez en la historia se manifestaron simultáneamente en 600 ciudades de los cinco continentes contra la guerra en Irak, Aznar respaldó las mentiras de la Casa Blanca, poniendo en peligro la seguridad nacional de España.
Después de Inglaterra, España ha sido el único país en sufrir un ataque terrorista luego del 9/11. Aznar ignoró a su propio pueblo, el cual masivamente se opuso a la guerra, y junto a Bush y Blair integró el “Triángulo de las Azores”, isla desde donde se forjó el consenso contra Irak.
Durante las siguientes elecciones presidenciales, el pueblo español le pasó la factura a Aznar, y su partido fue expulsado del palacio de La Moncloa, eligiendo a José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista Obrero Español, un opositor a la guerra, cuyo primer acto de gobierno fue retirar las tropas de Irak.
Otro componente que ignora la prensa internacional es el papel que jugó el embajador español en Caracas, durante el fallido golpe militar contra Chávez en abril de 2002.
Fue el ministro de Relaciones Exteriores del presidente Zapatero, Miguel Ángel Moratinos, quien en una entrevista, el 22 de noviembre de 2004, afirmó que “el embajador español recibió instrucciones de apoyar el golpe”. Los únicos embajadores que se presentaron al palacio presidencial de Miraflores, luego del golpe contra Chávez, fueron el embajador español Manuel Viturro de la Torre y el embajador estadounidense Charles Shapiro. Igualmente el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, denunció el papel injerencista del embajador español en Managua, Jaime Lacadena, en las elecciones presidenciales de noviembre de 2006. Ortega denunció que Lacadena se reunió en la Embajada española con la oposición antisandinista para impedir que Ortega ganara las elecciones.
El embajador español en Managua, quien pertenece al mismo partido de Aznar, está en la cuerda floja. El partido Izquierda Unida ha pedido ante el parlamento español se investiguen las denuncias de Ortega, calificadas de “grave” intervención en “asuntos internos de otro país” y una grave violación del Derecho Internacional.
De confirmarse las denuncias nicaragüenses, diputados socialistas españoles piden la destitución del embajador Lacadena. En el instante que Ortega denunciaba el injerencismo de Lacadena y ofrecía las pruebas a Zapatero, el monarca abandonó airado la cumbre presidencial.
Ortega denunció a la empresa eléctrica española Unión Fenosa, que distribuye la energía eléctrica en Nicaragua. El país sufre apagones que tienen a la economía en estado de coma. La agonía empresarial no despierta el patriotismo de la oposición antisandinista, que jubilosa aplaude la arrogancia imperial. Estos factores han sido olímpicamente ignorados por muchos analistas. En vez de ofrecer una interpretación analítica, recurren al poco serio expediente de la burla y el sarcasmo, centrándose en aspectos anecdóticos. No dicen que la monarquía es una obsoleta reliquia de la edad media, que nadie ha elegido.
Durante una cumbre previa, a la cual asistieron Aznar y Fidel Castro, el primero le preguntó a Castro: “¿Cuándo habrán elecciones para presidente en Cuba?”, a lo cual el astuto revolucionario respondió: “En Cuba habrán elecciones para presidente el día que en España hayan elecciones para rey”. Nadie dice Chávez fue electo, mientras el monarca no lo fue. Se ignora que un rey no electo pretendió reprimir la libertad de expresión de un presidente electo.
Ausente en el debate está la simpatía del monarca por el dictador Francisco Franco, de ingrata memoria para los españoles. Durante los funerales del dictador, Juan Carlos dijo: “Una figura excepcional entra en la historia, el nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español”.
El encontronazo entre el monarca y el presidente fue una histórica colisión entre la España que se cree imperio colonial y la América india, la América morena, que se considera digna de ser oída en el concierto de las naciones.