Opinión

¿Una nueva Santa Alianza?


LONDRES

La reciente reunión en el Vaticano del “Custodio de los Santos Lugares”, rey Abdullah de Arabia Saudí, y el papa Benedicto XVI fue un acontecimiento trascendental, en particular por producirse en un momento en que los musulmanes radicales están censurando el papel de los “cruzados” en la política de Oriente Medio. También fue la señal más clara de una incipiente “Santa Alianza” entre los dirigentes conservadores del mundo, pues el auditorio principal para esa reunión del rey musulmán y el papa católico romano no fue el de sus seguidores, sino otro dirigente conservador, el presidente George W. Bush.
La primera “Santa Alianza” fue una creación del príncipe Metternich de Austria después de las guerras napoleónicas. Fue un intento de preservar la paz (y la seguridad del imperio austriaco, relativamente débil), mediante una coalición de unos vencedores que profesaban valores compartidos.
La “Santa Alianza” de Metternich fue la idea política original que surgió después de la derrota de Napoleón. Tras su elevado nombre se ocultaba una innovación de gran importancia diplomática: la introducción de un elemento de calculada contención moral en las relaciones internacionales. Los intereses creados que los miembros de la Alianza --Austria, Prusia y Rusia-- tenían en la supervivencia de sus instituciones nacionales movían a cada uno de ellos a procurar evitar conflictos a los que en el pasado habrían contribuido automáticamente.
El sistema de Metternich funcionó durante gran parte del siglo XIX, porque protegía un equilibrio real de poder entre países que compartían valores comunes, pero, ¿qué “valores comunes” comparten el Rey, el Papa y el presidente americano? El hecho de que semejante reunión se celebrara es una señal de que tanto el Papa como el rey consideraban que había algo que conseguir. De hecho, Abdullah, que se considera el dirigente primordial del mundo musulmán, es el primer rey saudí que decide reunirse con la cabeza de la fe cristiana.
Los dos hombres se reunieron, aparentemente como iguales, no para expresar valores comunes del conservadurismo, sino con vistas a confirmar y promover su autoridad para defender valores tradicionales. Los dos convinieron en que la reforma debe ser lenta y prudente, y que nunca debe socavar las instituciones establecidas, en particular la religión y la familia patriarcal.
Abdullah deseaba la reunión porque está convencido de que el mundo posterior a 2001 ha dividido la fraternidad de los conservadores. Hasta entonces, Bush y él compartían una concepción del mundo común, que subrayaba la importancia de la religión, la familia tradicional (tal como ambos países la entendían), la disciplina social y el papel del Estado en el apoyo a esas instituciones.
Pero, a raíz de los ataques terroristas de 2001, Bush dio la espalda al conservadurismo. Intentó reinventar radicalmente Oriente Medio, no sólo derrocando el régimen talibán en el Afganistán y el de Sadam Husein en el Iraq, sino también mediante llamamientos clamorosos en pro de la democratización.
Sin embargo, el radicalismo americano originó tensiones en aumento entre las comunidades religiosas de Oriente Medio y el ascenso del radical Irán con su pretensión de hegemonía regional. Desde 2001 se ha puesto el punto de mira en las minorías cristianas de toda la región, incluida la comunidad cristiana maronita del Líbano, y en el Iraq los musulmanes suníes se sienten asediados por la mayoría chií, que ahora gobierna el país.
En ese punto es en el que interviene el concepto de contención moral de la Santa Alianza. Abdullah, tal vez antes que la mayoría de los demás, comprendió que se necesitaba algún código de contención para que toda la región no cayera en una guerra de todos contra todos.
Además, Abdullah comprende que, sólo si puede forjar el tipo de alianza en pro de la estabilidad que constituyó Metternich, podrá su tambaleante régimen soportar los vendavales radicales que ahora soplan. El Rey, como Metternich y los káiseres austriacos, comprende la máxima de De Tocqueville de que el momento más peligroso para un régimen es aquel en que empieza a reformarse. Tras haber empezado, con tanta precaución, a abrir políticamente su país, el Rey sabe que necesita la paz regional y la mitigación de la increíble cólera islámica.
El problema estriba en que Abdullah no puede contar con sus aliados conservadores internos para que le concedan el tiempo que el Reino necesita. La clase dirigente religiosa wahhabi, co-gobernante en la sombra del Estado saudí, podría perfectamente obstaculizar los intentos de Abdullah de fomentar la reconciliación religiosa regional. Los miembros de la Policía religiosa siguen mostrando una intención inflexible de seguir obligando a los huéspedes cristianos del país a cumplir estrictamente las normas de comportamiento wahhabi. Si bien se podría volver a sobornar a los wahhabis con dinero del petróleo, los jueces de la secta, sedientos de poder, esperan con impaciencia la próxima decapitación, lapidación o flagelación en la plaza pública de Riad.
Así, pues, lo de unir las fuerzas del conservadurismo partidario del status quo, aún cuando algunos de ellos sean cristianos, es la única estrategia diplomática viable de que dispone Arabia Saudí, pues los gobernantes conservadores suelen caer cuando no advierten su propia vulnerabilidad, en particular cuando el desafío revolucionario va cubierto con un atavío conservador. Al fin y al cabo, pocos sistemas políticos pueden defenderse contra quienes, como los radicales islámicos de Arabia Saudí, afirman que pueden preservar el sistema y sus valores religiosos más eficazmente que los dirigentes actuales.
Según Abdullah, sólo una alianza de dirigentes y potencias conservadoras (incluido el abandono por parte de los Estados Unidos de su radicalismo diplomático) puede restablecer cierta estabilidad en Oriente Medio.
Mai Yamani es profesora visitante en la Brookings
Institution.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
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