Opinión

Esquizofrenia política: las reformas constitucionales


¿Cómo es posible esta nueva locura? Nos preguntamos atónitos los nicaragüenses. Al menos los que no amanecemos angustiados por la rebusca de la subsistencia diaria.
Debo decir que la psicología social fue una de mis preferencias en la universidad, porque me parece que en la psicología se encuentra explicación a muchos de nuestros comportamientos reiterativos que impactan en el cuerpo social viviente --y sufriente-- de Nicaragua. Siendo el reconocimiento de la enfermedad prioridad para la sanación, individual o social, quisiera aportar al debate que plantea los intentos de reformar nuestra Constitución Política, extrapolando desde esta perspectiva.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud: “La esquizofrenia está caracterizada por un disturbio fundamental de la personalidad, una distorsión del pensamiento, delusiones bizarras (creencias fijas que están en conflicto con la realidad), percepciones alteradas, respuestas emocionales inapropiadas y un grado de autismo (incapacidad para comunicarse con el exterior)...” Uno de los síntomas visibles es decir una cosa y hacer otra, utilizando palabras que tienen distinto significado, según quien y donde las utilice, en detrimento de la razón.
Las últimas propuestas de reformas a nuestra Constitución, para los que creemos que su fin es el continuismo en el poder, pueden ser analizadas a la luz de esta patología en los políticos que las encabezan y las defienden.
Primeramente reflejan una distorsión del pensamiento racional. Nuestra vida republicana ha sido marcada por la irracionalidad de utilizar la Carta Magna para el control político individual o grupal sobre la sociedad. Creo que ningún nicaragüense ha escapado de las funestas consecuencias del continuismo de cualquier signo, sea consciente de ello o no. El atraso, el empobrecimiento, las guerras de nuestra historia, la falta de cohesión social y marginalidad extensa y extrema, le deben un tributo importante. Por eso resulta alucinante escuchar al presidente, en la Asamblea Nacional, preguntar por qué le tenemos miedo a la reelección.
Esta pregunta denota una de las creencias fijas, intereses fijos diría yo, en conflicto con la realidad nacional. Diariamente escuchamos a historiadores y juristas analizar las consecuencias de reformas similares en el pasado. Entonces, resulta alucinante su defensa por un político protagonista directo de los episodios más sangrientos de nuestra historia reciente: la guerra civil de los años 80, liderada por el mismo presidente durante los diez años, ratificado en el 84 por unas elecciones aparentemente legales pero ilegítimas, que navegó sobre la sangre de miles de jóvenes sandinistas y contras. Y la complicidad de otro, el señor Alemán, cuya relevancia en la vida política fue una secuela de ese conflicto.
Otros síntomas interrelacionados pueden sustentar este diagnóstico: el autismo político y su consecuente percepción distorsionada de la realidad. Todas las encuestas reflejan que el principal problema para la mayoría de los nicaragüenses es el desempleo y su corolario en la sobrevivencia material y espiritual. Particularmente explosivo ahora por la vulnerabilidad frente a los desastres naturales y el alza diaria en la canasta básica. Estos problemas se originan en históricas y malas decisiones políticas institucionales, sociales y económicas. Algo que la población identifica al decir un rotundo no al continuismo político. El que los y las nicaragüenses vayamos a las urnas, no debería esconder lo obvio: preferimos elecciones que guerra, democracias a dictaduras, pero estamos insatisfechos con el desempeño de la democracia electoral y sus instituciones, opiniones que son evidentes en todas las encuestas, cuyos resultados parecen no ser capaces de interpretar los pactistas, pese a ser un medio seguro para opinar libremente, sin temor a perder el trabajo o malograr la esperanza de conseguir, como favor político de cualquier poderoso, un trabajo o un servicio.
El autismo político se expresa también en los mecanismos y prácticas del gobierno para conectarse con la sociedad. Dotarse de consejos partidarios como los CPC para interactuar con la ciudadanía, es un peligroso camino al aislamiento político del FSLN y a la gobernabilidad. Igualmente, no interpretar el signo de la poca asistencia y el rechazo en las reuniones que tiene el señor Alemán en sus giras; más aún, tratar de desconocer las opiniones de sus correligionarios, evidencia esa misma disfuncionalidad.
Pero el rasgo más peligroso y ofensivo del comportamiento político patológico expresado en estas propuestas de reformas, son las respuestas emocionales inapropiadas. La política tiene una dimensión emocional legítima cuando toca el corazón y los sentimientos de la sociedad. Negativa, cuando lo hace fraudulenta y utilitariamente, esgrimiendo argumentos y palabras incoherentes con los propósitos y la acción. Y cuando no muestran empatía con el sufrimiento, las expectativas y demandas de la ciudadanía a quienes deben servir.
Hablar de superar la pobreza y tomar iniciativas que nos han empobrecido; declarar al pueblo presidente y no priorizar lo que ese pueblo necesita; manipular al electorado con discursos confrontativos y hacer arreglos a sus espaldas; visitar histriónicamente a los damnificados y cambiarlos por oportunismo político en foros internacionales; recibir con una mano y morder con la otra, como decimos en buen nicaragüense; constituirse en árbitros de la justicia y proponer medidas --cuando menos-- sin consenso, como están haciendo algunos magistrados; clamar por los pobres y robar para vivir como millonarios; argumentar querer mejorar la democracia y proponer reformas que la debilitarían… son algunos ejemplos de la instrumentalización irracional que hacen los caudillos de turno sobre el pensamiento y los sentimientos nacionales.
¿Qué hacer? Es la otra pregunta de rigor. En mi opinión, principalmente no caer en la esquizofrenia: reconocer la realidad de estas intenciones --por muy descabelladas que parezcan-- y enfrentarlas: proveyendo ampliamente la información necesaria para que la población haga su propio juicio ciudadano, superando los personalismos y desconfianzas que han facilitado estos comportamientos políticos, y aunando esfuerzos en alianzas cívicas amplias para evidenciar nuestro rechazo a continuar siendo víctimas de una patología política que no se corresponde con la dignidad del liderazgo democrático que este pueblo reclama.