Opinión

Un lugar donde no hace frío


Porque tal vez nunca he podido entenderlo, cómo se puede vivir bajo los golpes, es que me sorprendía cada vez que estaba de vuelta en mi ciudad, al verla aparecer de acera en acera rumiando sus insultos al último o al primero, o a la misma noche juntada con el día en ese frío del final o del inicio.
A veces, sólo a veces, se aparecía más temprano buscando grupos de jóvenes que bebían, y cambiaba algún favor por un trago de lo que fuese que estuvieran bebiendo. Algún favor solía ser la primera salvajada de que nadie se atreviese a hacer con alguien que conservase el juicio, y solía llevar después las secuelas de una paliza.
Los ojos, que los tenía, si no recuerdo mal, de color miel, era muy difícil verlos sin moretones, o todos enrojecidos, y los pómulos hinchados. La rodilla derecha fue la primera en ceder, en anticiparse a muchos años de derrumbamiento y se le dobló hacia la izquierda como queriendo la compañía de la otra para mantener en pie aquel esqueleto de mujer que siempre buscaba algo.
Y buscaba y buscaba, en los bordes de las aceras, al lado del asfalto, en las alcantarillas y los cubos de basura. Y buscaba en los bares, en los grupos de jóvenes que gritaban en la calle al calor de las botellas de alcohol. Pero a veces, buscaba desde tan temprano, que a uno le gustaba pensar que buscaba otra cosa que le salvara de la noche. Ella curiosamente lleva el nombre de la virgen que es la patrona de mi ciudad pequeña, como si alguien hubiese ideado un guión macabro donde todo fuese metáfora de algo. El nombre está relacionado con la maternidad, aunque a ella no se le conocieran hijos vivos.
Muchas leyendas arrastraba tras de sí. Siempre hubo alguien que contaba una salvajada más grande que le habían hecho a la pobre mujer con nombre de virgen, y no dejaba de sorprender nunca en esa escalada de relatos el grado de salvajismo mayor al que llegamos así sin más, tal vez ayudados de un par de tragos. No hay que ser muy malo para la maldad, sólo hay que ser humano.
Pero cuando uno se topa con gente en este límite del abismo y de todo, es fácil encontrarse no sólo con la maldad, sino como si compartieran un espacio vital libre de humos, también a la ternura, la imposible ternura detrás de todo, la imposible ternura que se reclama a gritos en cualquier desesperación.
Lo sé por un hombre que yo conocía. Me contó en confianza que cuando era más joven, bebiendo con un grupo de amigos, la vieron aparecer, a la mujer con el nombre de virgen, la vagabunda de siempre. Entonces todos ellos, que eran como siete u ocho, le invitaron a los tragos que ella pedía. Animados por la risa, por el afán de aventurarse a un territorio desconocido, le propusieron hacer lo que fuese con ellos, y ella accedió con la misma docilidad de quien acerca su cara al golpe. El que me lo contaba, relató que cuando todos acabaron aquella desgracia, él se quedó el último, y ella le apoyó la cabeza en el hombro, y le pidió “un sitio”, si acaso tenía un sitio para pasar esa noche, donde no hiciera frío. Ante aquella súplica, inesperada, y para él fuera de lugar, después de todo, no hizo otra cosa, que componerse la ropa y hacer que todos salieran corriendo con él en desbandada, aunque los otros no habían oído la petición de la mujer que se quedó sola en un despoblado, rodeada de un resto de botellas.
Cada año la he visto, desgarbada y rota, pero eso sí, alguien, no sé quién, la vestía y la pintaba de vez en cuando, y salía a la calle con las marcas de los golpes, pero aseada mientras durase la tarde. Un día, un amigo, al verla pasar, me dijo: “¿No te parece una superviviente? Lo único es que sobrevive, pero no se sabe de qué ni para qué. Ante ella, bajábamos la cabeza, y le decíamos que no teníamos monedas, para que no se emborrachara con las nuestras. Ante ella no podíamos hacer nada, ni nosotros ni la mejor voluntad, porque estaba casi todo hecho. A veces la mejor voluntad no basta para llegar a tocar a una persona que ha llegado tan lejos de todo, y en el camino, el humanitarismo, la solidaridad, la caridad se esfuman, porque hay lugares mucho más lejos donde terminar. Y si en ese camino hay restos de alcohol u otras drogas, de violencia, de abusos, entonces es mucho más complicado, y cualquier intento de llegar a esas personas significa un esfuerzo complejo para el que no basta ni la buena voluntad ni las palabras buenas.
Imagino, por lo que dicen, que en todos los pueblos o ciudades pequeñas como en la que yo nací, hay personajes de siempre que acompañan la vida como en un solo escenario, y a los que se les ha encomendado un solo papel. Pasma comprobar la enorme cantidad de años que un hombre o una mujer pueden vivir en el desamparo y la crueldad. No creo que haya ningún animal, que no sea el hombre o la mujer, con tamaña resistencia a la brutalidad.
Los que estábamos más cerca lo asumimos así sin más, y apenas lo veíamos de otra manera. Era como un paisaje apenas vivo. Así que me sorprendió un poco hace unos días cuando volví a la ciudad, y supe que la mujer había muerto unos meses atrás. Era como si pensara que al volver, ella tendría que estar caminando sus desvalidez en las calles, porque ese era su guión, como los paisajes de la ciudad que cambian. Y la verdad es que nunca pude verla de otra manera, y mucho menos imaginarla buscando, buscando, como me contó mi amigo, un lugar donde dormir. Si lo hubiera sabido, hubiera dicho que eso era sensiblería barata, pura caridad superficial. Pero apenas sé nada, ni yo ni los que la veíamos pasar sobreviviendo sin saber a qué ni para qué, y buscando un lugar donde pasar la noche, donde no hiciese frío.

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