Opinión

Lucha por la organización del Estado


Quinientos años después, las naciones americanas no terminan de constituirse. La causa es exactamente la misma desde que estos pueblos nacieron a la historia de Occidente, aunque potenciada a partir de la independencia: la imposición violenta de sistemas de organización social, mecánicamente transplantados a condiciones socioeconómicas radicalmente diferentes, que arrasan con la cultura originaria y mestiza. Ambas arraigadas en su inconsciente colectivo, que es la fuente de su ideología, y por lo mismo, causa de sus luchas permanentes.
Por la misma razón --porque el invasor siempre se adjudica la verdad--, el juicio de las naciones occidentales, y ahora en general del norte, tampoco ha cambiado. Para occidente-norte los americanos de todos los tiempos son pueblos inferiores, incapaces de aprendizaje, en este caso político-ideológico, que es la base de la constitución del Estado, requiriendo en consecuencia la imposición externa. Un juicio perverso que persigue la reproducción natural del sistema de dominación. Y hasta ahora lo han logrado, con la honrosa excepción de Cuba.
Y es que debido a que occidente-norte ha tenido éxito en compartimentar las luchas de los pueblos americanos, país por país, el poder político de estas naciones ha estado en manos de las clases sociales asociadas al conquistador-invasor. No precisamente por su nacionalismo, sino por su increíble capacidad de sumisión obsecuente, por su absoluta falta de conciencia nacional, por su enajenación como ciudadanos. Virtuales apátridas porque los imperios los utilizan, pero no los asumen. Toda la historia americana está marcada por esta espuria relación imperio/apátridas.
Una relación que facilita el ocultamiento de la historia propia, la omisión dolosa del rechazo permanente de estos pueblos a la imposición externa, como guerra revolucionaria o como resistencia pasiva, dependiendo de las condiciones de cada momento. Una historia riquísima, que revela al mismo tiempo el poder irrefrenable del inconsciente colectivo y la calidad intelectual de su dirigencia, que ha sido capaz de desarrollar admirables estrategias militares y proyectos propios de organización estructural del Estado.
Porque esta omisión es connatural a la dominación, condición sine qua non para la reproducción del sistema socio-económico-político del poder dominante. En otras palabras, la ignorancia de los pueblos dominados sobre su propia historia es la base para la reproducción del sistema de las naciones que los dominan. Ésta es la razón por la cual la dominación empieza por escamotear ad infinitum la historia de las naciones dominadas. Y occidente-norte ha dominado, y en consecuencia, escamoteado en forma permanente la historia de las naciones americanas.
Omiten, por ejemplo, que la población originaria sólo desistió de luchar a favor de su cultura- ideología, expresada en la organización social comunitaria del estado tribal, hasta que el genocidio del llamado Conquistador la redujo al límite mínimo necesario para preservar su nacionalidad, su cultura y su historia milenarias; replegándose a lo largo del período colonial, y pagando el precio de la marginación, la represión y la explotación despiadada desde la independencia hasta hace apenas algunos años.
Por su actualidad, sin embargo, más le interesa a occidente-norte ocultar la historia de la revolución independentista, porque es entonces cuando la dirigencia americana presenta propuestas ideológicas creativas para la organización del Estado y de la unidad regional. Tan importante esta última que sirvió de modelo a la actual organización universal, aunque ésta no reconozca tal paternidad. Un ocultamiento que desde luego empezó por negar esta colosal obra de la dirigencia independentista, y continuó después deslegitimándola y finalmente falsificándola.
Falsifican en efecto que la dirigencia de la revolución independentista planteó y luchó por la independencia de la región en su conjunto, con un proyecto único de nación, para un estado-región, como medio idóneo para permanecer en la historia; porque tenían conciencia plena de que se enfrentaban a un poder global, encarnado entonces en la Santa Alianza. Pero además tuvieron la visión histórica de prever la emergencia de los Estados Unidos como nuevo polo de dominación hemisférica en asociación con los imperios desplazados.
Bolívar fue incansable e indoblegable en su lucha por el estado-región, por eso ha sido el líder más deslegitimado y falsificado a lo largo de estos casi doscientos años. A través de esta lucha permanente e incansable, a la cual dedicó toda su vida, el Libertador diseñó con espíritu de estadista y con precisión técnico-jurídica el proyecto de nación para el estado-región, que muy tempranamente llamó “nación de repúblicas”. Una confederación que conservaba para sí las facultades de relaciones exteriores, guerra y hacienda, y dejaba a los estados el resto de sus facultades soberanas.
Un proyecto revolucionario, no sólo por su naturaleza regional, sino porque su enunciado republicano es propio, ni francés ni norteamericano, adaptado a la realidad americana sobre una base ideológica también propia. Un proyecto geopolítico, para gravitar en el equilibrio mundial. Nacionalista y antiimperialista, entonces frente a España y la Santa Alianza, y después frente al previsto imperio norteamericano. Un proyecto en consecuencia histórico, retomado y actualizado por todas las revoluciones posteriores, pero sólo ahora, en la revolución de principios del siglo veintiuno, reivindicado regionalmente.
Porque es hasta ahora que los pueblos de la región están asumiendo de forma plena su historia, retomando integralmente las luchas de la población originaria y de la población mestiza y los valores culturales originarios y adquiridos. Y con este acervo indisoluble están planteando la lucha contra occidente-norte en las nuevas condiciones de desequilibrio mundial. Buscando nuevas formas de implementación del proyecto histórico, considerando también la experiencia ajena, siguiendo el ejemplo de los independentistas. Pero sobre todo, luchando por conservarlo indefinidamente, desde el poder, para desarrollarlo y consolidarlo en la historia, tal como lo previó Bolívar.
Y esta lucha --la de la nueva organización del Estado-- se está dando desde el poder y desde los pueblos, conscientes de que hoy día esta confrontación es infinitamente más compleja que en cualquier época anterior, incluyendo la revolución independentista. Porque ahora los instrumentos de dominación son muy sofisticados e integralmente globales, en todos los frentes: militares, financieros, comerciales, culturales, religiosos, comunicacionales, mediáticos; aplicados con insospechados niveles de desprecio y de crueldad. Ninguna nación por sí misma los puede enfrentar, cobrando así fuerza la base ideológica del estado-región del proyecto histórico.
No es, pues, una lucha nacional, ni de Nicaragua ni de ningún otro estado. Occidente-norte lo sabe y actúa en consecuencia: fortaleciendo su unidad para impedir la unidad americana, redoblando sus esfuerzos por escamotear la historia nacional y regional, atacando en conjunto a cada nación por separado, promoviendo como siempre la unidad de las clases sociales apátridas, y también, como siempre, deslegitimando y falsificando el pensamiento del actual liderazgo regional americano.