Opinión

El rey león en el foso de los cachorros


Desde la óptica hispanoamericana, siempre habrá dos cuentas por cobrar a la corona española y a los habitantes de la península Ibérica. Primero, el genocidio cometido en contra de los pueblos aborígenes (vía exterminio masivo más pestes). Segundo, una fabulosa, inimaginable e incalculable fortuna que los peninsulares se llevaron de nuestras pródigas tierras. Estas cuentas por cobrar más otras recientes, gravitan y proyectan sombras sobre las relaciones políticas y diplomáticas entre España, la Madrastria y el variopinto de gobiernos y regímenes hispanoamericanos.
El genocidio marca para siempre con sufrimiento, dolor, muerte y reconcomio nuestra relación con los peninsulares. Y el saqueo --¿permanente, me permite adjetivar Unión Fenosa o Telefónica?-- de América por España, es motivo de ira y rencor. No por la cuantía de lo robado, sino porque fueron incapaces de administrar esas riquezas, y en su dependencia económica de Inglaterra, el oro y la plata, el sudor del sol y las lágrimas de la luna, fueron a abultar la panza de John Bull, el omnívoro, racista y apestoso león inglés.
Si hablamos de leones en su Oda a Roosvelt, Rubén Darío escribió en 1904: “Tened cuidado. ¡Vive la América Española! Hay mil cachorros sueltos del León español”. Traigo a colación que el historiador y pensador mexicano, Enrique Krauze, afirma que “con el tiempo esos cachorros crecieron y se llamaron Sandino, Che Guevara, Fidel Castro”. Es más, Krauze, en otro artículo sobre el Che, sugiere que ese poema de nuestro Rubén Darío fue fuente de inspiración para su lucha revolucionaria.
Eso es lo que acaba de ocurrir con Don Juan Carlos I, Rey de España, quien dando airadas muestras de intolerancia, impaciencia, falta de majestad y tacto diplomático, se atrevió a mandar a callar al coronel Hugo Chávez Frías, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. El soberbio rey cayó en el foso de dos cachorros vocingleros descendientes de más ilustres y verdaderos leones (Bolívar, Sandino, el Che): Hugo Chávez Frías y Daniel Ortega Saavedra. Los dos, irónicamente, poseedores de españolísimos nombres, pero cuyas sangres están cruzadas por el ADN aborigen y africano. Y al decir de Pablo Antonio Cuadra, sufren como todos nosotros la condición mestiza, “porque me dieron flechas en el lado blanco/ y balas en mi dolor moreno”.
Es impresionante como el eurocentrismo, el racismo, la excesiva fe en la razón y el racionalismo propio de los europeos, los hace perder toda majestad a sus majestades. Ahora fue Don Juan Carlos I de Borbón; pero en Nicaragua, en 1983, también botó la gorra y fue incapaz de misericordia cristiana y deber católico Juan Pablo I, el Papa del catolicismo, obispo de Roma, heredero de Pedro (que era otro hombre arrecho). Karol Wojtila, igualmente enrojeció de ira, pretendió callar a miles de cachorros sueltos y negó el consuelo de la oración a madres y deudos de una guerra imperial impuesta. ¿Qué será lo que tienen estos negros que hacen botar la gorra a sus majestades?
Pero no nos llamemos a engaños. En este escenario de la XVII Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, no sólo se discutía de historias, ideologías, intereses, remordimientos y reconcomios. No. Ahí se debatían soterradamente dos proyectos de integración que se traducen --en términos de herida cruda-- como dos propuestas de sistemas de explotación económica y de regímenes políticos diversos. La iniciativa integracionista Alba, impulsada por el gobierno venezolano, por un lado; y los tratados de integración económica de la Unión Europea, por el otro, que representan los intereses de los países europeos ricos del norte y una repartija posible de carácter imperialista del mundo globalizado.
A esta contradicción básica, le añadían condimentos a la sopa, bautizada por el comandante Fidel Castro como todo un Waterloo ideológico: las conspiraciones político-diplomáticas del Estado y gobierno españoles (de la época) en contra de los regímenes y candidaturas populistas dizque de izquierda en América Latina. La permanente actitud colonialista y racista de una buena parte de los españoles, puesta de manifiesto en el constante menosprecio, desprecio y deprecio de los inmigrantes iberoamericanos en España. Los españoles han dado muestras de poseer en su acervo cultural un racismo tan poderoso como el de los ingleses, alemanes o franceses. No nos llamemos a engaño, salvo que seamos tramontanos conservadores con veleidades aristocráticas.
Sobre el racismo español, bástenos recordar el puñetazo, la tocada de pecho, la inolvidable patada en la cara que en días recientes le propinara el catalán súbdito español Sergi Xavier M. M., de 21 años, a la niña ecuatoriana, al tiempo que le decía: “Zorra, inmigrante de mierda”. De estos tipos de agresiones a los inmigrantes hispanoamericanos, quienes es probable llegan a la península a recuperar en forma de trabajo lo que ostensiblemente nos saquearon, dicen organismos como el Movimiento contra la Intolerancia que el ataque sufrido por la joven es uno de los “más de 4,000 que se producen en España”. Este organismo denuncia además que conoce sucesos racistas y xenófobos en 200 municipios del Reino de España.
El sujeto que agredió a la niña ecuatoriana está gozando de libertad y sólo debe presentarse a la Comisaría cada 15 días. Son los beneficios de esa democracia edulcorada que se recetan para sí los españoles y que pretenden hacernos comprar a nosotros, que según ellos seguimos viviendo en estado salvaje. Nosotros que padecemos de esos fenómenos políticos horrorosos como el caudillismo. Olvidando que una mitad de España viene de Francisco Franco Bahamondes, (a) El Caudillo.
Son los nuevos collares de cuentas que nos oferta la madre patria y que otros fabricantes de ilusiones como el Coronel y el Comandante no están dispuestos a comprar, menos en una Cumbre Borrascosa.