Opinión

Se legitima un foro


La cumbre iberoamericana es prácticamente un foro reciente, se inició en 1991, en Guadalajara, México. Es una reunión de jefes de Estado y de Gobierno de 22 países de América Latina y la Europa hispana y portuguesa, países que más influencia étnica han tenido en nuestro continente. Se supone que es un foro privilegiado de consulta y concertación política, cuyo propósito es reflexionar sobre los desafíos del entorno internacional, así como impulsar la cooperación, coordinación y solidaridades regionales.
Pues bien, en estas cumbres se han venido hablando de temas como el desarrollo con énfasis en lo social (1993), de Comercio e Integración como elementos de desarrollo (1994), de la educación como factor de desarrollo (1995), de gobernabilidad para una democracia eficiente y participativa (1996), de los valores éticos de la democracia (1997), de los desafíos de la globalización (1998) y así sucesivamente se han abordado diferente tópicos y temas que agobian a nuestros países, hasta este año, cuyo tema era el del desarrollo e inclusión social. Y hasta la fecha, después de analizar temas tan vitales, los problemas en América Latina siguen siendo los mismos y aún más exacerbados.
Y es que la cumbre Iberoamericana y su Secretaría General Iberoamericana, que la gestiona y administra, se han convertido en un foro burocrático, en un foro discursivo y retórico, en donde los jefes de Estado exponen sus discursos bien elaborados de lucimiento personal, que quedan como referencia histórica en las memorias y actas de la cumbre y hasta el próximo año en que de nuevo se volverán a encontrar en otra reunión otros presidentes con los mismos planteamientos de moda y con los mismos discursos.
Pero en la cumbre de Santiago la cosa fue distinta, en primer lugar el convencionalismo histórico se hizo añicos. Se planteó, por fin, la problemática real y cruda, salió a luz la ingerencia y arrogancia de las personas y gobiernos, que se suponen debieran solidarizarse por la integridad de esa comunidad de naciones, ¿ya que no es acaso ése el contenido político de dicho foro?
Pienso que se legitimó dicho foro en Santiago. Se señalaron responsabilidades serias, como la intromisión innecesaria, inadecuada y perversa de un ex jefe de gobierno, del gobierno que apoya y coordina la organización de este foro. O somos o no somos. No se puede predicar sin dar el ejemplo. El presidente Chávez está en todo su derecho de hacer ese reclamo, su motivo de indignación es justo. Por otro lado, el presidente Ortega también lo está en reclamar lo que está sucediendo con las incoherentes relaciones de empresas transnacionales, y más incoherentes aún con las actitudes políticas de la diplomacia española en su país. Ninguno de los dos atacó a España, por lo tanto, el presidente Zapatero, en su caso, tiene la obligación de defender la institucionalidad de España, pero no las políticas erradas de otros gobernantes.
El presidente Chávez intervino cuando Zapatero, en su elaborado discurso, opinaba que un país nunca podrá avanzar si busca justificaciones de sus males en alguien que desde fuera le esté impidiendo su progreso; el desacuerdo del presidente Chávez no se hizo esperar y le respondió que no se “puede minimizar el impacto de los factores externos”, en clara referencia al apoyo del golpe de Estado de 2002. Y luego, como siempre, la enorme incongruencia la plantean los medios de derecha, al acusar al presidente Chávez de “insultar” a un golpista, y no acusar al Presidente electo de un gobierno, de apoyar un golpe contra otro presidente electo.
Quedaron claras las posiciones, pero también quedaron desenmascaradas las actitudes políticas y la manera arrogante con que se comportan en ese foro. “Que sea la última vez”, sentenció Zapatero, un maestro de escuela reprendiendo a sus alumnos. Y el Rey, dentro del anacronismo de su cargo de no elegido, dejó patente su capacidad política, su cortesía, su nivel intelectual, sus dotes diplomáticos, su respeto a la expresión de un Presidente sí elegido; una sola vez habló, sin los guiones que le suelen escribir y esa sola vez fue suficiente para dejar sentados sus anteriores atributos desde su flamante posición de metrópoli, y dijo: ¿por qué no te callas?