Opinión

Libertad para Alemán y muerte para las mujeres


La sesión del parlamento realizada el 13 de noviembre de 2007 deberá quedar anotada como una mañana triste para Nicaragua. Los diputados alegremente adelantaron la libertad plena de Alemán, mientras condenaron a miles de mujeres pobres a la muerte.
Era el último día de debate del nuevo Código Penal, que ya incluye la penalización absoluta del aborto. Días atrás se había logrado consenso para incluir una eximente de responsabilidad penal, en casos de necesidad de interrupción de un embarazo frente a un evidente peligro de muerte de la madre. El consenso fue torpedeado directamente por el jefe de bancada del FSLN, Edwin Castro, y por Wilfredo Navarro, de la bancada del PLC, razón por la cual la moción fue presentada por la bancada de la Alianza MRS.
Se iniciaba el debate sobre la moción cuando un sospechoso corte de energía fue pretexto para que René Núñez, diputado del FSLN, presidente del parlamento y abanderado de la penalización, interrumpiera la discusión y sometiera rápidamente --a mano alzada-- la moción. 15 diputados y diputados optaron por respaldarla, 48 la rechazaron.
Casi de inmediato los diputados votaron para que la vacatio lei del nuevo Código Penal, originalmente propuesto para dos años, se redujera a 60 días. Alemán podrá estar gozando de la “flexibilización” de las penas por lavado de dinero en los próximos meses.
La reiteración de la atrocidad contra las mujeres pobres me trajo a la memoria a los “caballeros católicos de Granada”, sobre quienes nos ilustra el historiador Gobat. Después de la primera Guerra Mundial, estos señores desarrollaron abiertas campañas moralistas, que incluyeron de manera notoria la reivindicación de un rol subordinado, casto, hogareño de las mujeres.
Para ellos la conservación del rol tradicional de la mujer y “las buenas costumbres” eran vitales para contener el igualitarismo que predicaba y propugnaba el capitalismo, y el espíritu burgués. Con sus campañas, a la par que afirmaban el poder de la Iglesia Católica, contenían las ideas modernizantes.
Para los “caballeros católicos”, el comportamiento inmoral y escandaloso de las mujeres de la élite erosionaba el respeto que el pueblo debía guardar hacia “las clases directoras”.
Para sus cruzadas se valieron de todos los medios: el púlpito, periódicos clericales, novelas, y, por supuesto, de diputados del Congreso. Uno de ellos --Salvador Castrillo-- promovió y consiguió el respaldo para emitir una ley que prohibía a mujeres y hombres entablar conversaciones en las calles, si previo no habían sido presentados formalmente. Era tan absurda dicha ley (1918), que fue revocada por la Corte Suprema
Uno de los frentes de combate de los “caballeros católicos” fue su lucha contra la participación de las mujeres en las actividades deportivas, pues juzgaban que “éstas acabarían masculinizando a las mujeres y transformándolas en marimachas”.
En 1924, un prominente cirujano llamado Henry Pallais fue rechazado en su intento por pertenecer al exclusivo Club Social de Granada. El rechazo fue en castigo a la lucha librada, por más de tres años, por este médico junto con la Facultad de Medicina, Cirugía, Farmacia y Dentistería de Oriente y Mediodía, contra el clero y sus aliados. Esta facultad rechazó la disposición administrativa --dictada por el “caballero católico”, don Salvador Cardenal, como presidente de la Junta de Beneficencia Local-- que prohibía que los estudiantes de Medicina practicaran disecciones sobre cadáveres de mujeres. La prohibición fue a solicitud de una monja católica con el argumento de que era un ataque a la “pureza” de las mujeres.
La historia nos enseña que cuando las elites y clases dominantes sienten que están perdiendo poder e influencia entre los dominados, siempre han recurrido a la exaltación de los fundamentalismos, de la mano con las jerarquías eclesiales reproductoras de una visión mágica, con el objetivo de afirmar la sujeción del pueblo y de las masas.
En épocas de carencias, el imaginario de las masas se llena de lo mágico, del providencialismo. ¿Cómo pueden explicarse este mundo los miles de nicaragüenses que con frecuencia hacen sólo un tiempo de comida? ¿Qué justificación se hacen --abandonados a su suerte-- aquellos miskitos de las riberas del Coco, afectados por las ratas, por el hambre, por leptospirosis, y luego por posesión colectiva de los espíritus? ¿Cómo conformarse teniendo una docena de niños que alimentar, y toda una cosecha perdida? Abrazarse a las ideas mágicas, a las explicaciones suprarrealistas.
Vivimos en una sociedad en que, como dice Eduardo Galeano, “no hay pueblos, sino mercados; no hay ciudadanos, sino consumidores; no hay naciones, sino empresas; no hay ciudades, sino aglomeraciones; no hay relaciones humanas, sino competencias mercantiles”. ¿Qué justificación ética pueden hacerse los sectores dominantes, qué fundamentalismos abrazar, para preservar su condición de clases dominantes?
Las elites en Nicaragua recurren nuevamente a la “recuperación moral”. Pero el fundamentalismo clerical que anima a estos nuevos “caballeros católicos” es tanto más despreciable porque en definitiva su empeño y motivación no descansa en la sana fe de pretextadas creencias. Todos sabemos que las causas profundas que fusionaron en esa votación en una sola alma, en una sola y misma fe, a Ortega, Alemán y Montealegre, no es otro que el del inescrupuloso aprovechamiento del atraso espiritual del pueblo, para sacar provechos políticos que les ayuden a preservar su condición de poderosos y caciques.
En definitiva, el imperdonable pecado de los nuevos “caballeros católicos”, que sin duda les perseguirá toda su vida, no es otro que el del sacrificio de las vidas de las mujeres humildes del pueblo que ahora entregan como ofrendas en el altar del oportunismo político. Sacrificar esas vidas con el sólo afán de satisfacer las creencias de unos cuantos jerarcas eclesiales, sólo tiene un nombre en el más cristiano de los lenguajes: crimen. Y estos crímenes, no lo olviden, no prescriben jamás. Ni en ésta, ni en la otra vida.
Como sandinista debo decir que el oprobio, la pestilente y eterna vergüenza en la que hoy entierran lo mejor de las convicciones del sandinismo revolucionario, y de la gente decente de nuestro país, no quedará impune. Esta decisión contra las mujeres, que sólo es posible por la voluntad de Daniel Ortega, el servilismo de unos cuantos orteguistas y sus ideólogos, será castigada. Este crimen moral, este crimen espiritual, este crimen político e ideológico, será más temprano que tarde, severamente corregido en la nueva rebelión del pueblo que ya se gesta en las nuevas generaciones.