Opinión

Tenemos hambre, estúpido


En las últimas semanas algunos políticos se han embelesado tontamente en un absurdo tema que ha sido recurrente en ellos; además de reformar la Constitución Política, desean alterar el sistema político existente a uno diametralmente distinto al actual, del que sólo conocemos en teoría y no en la práctica, salvo aquellos aventajados que han tenido la oportunidad de vivir en Europa y que desdeñosamente ven en el régimen presidencialista características propias de países fracasados, o, en el peor de los casos, al borde de la ruina.
A la vuelta de la hoja sostienen, con cierta arrogancia, que el parlamentarismo es el resultado de un proceso histórico propio de las razas superiores, el que nuestros queridos políticos anhelan emular. Sin embargo, ciertos asesores políticos --incautos-- muy allegados a los caudillos que desean su permanencia indefinida en el poder, creen, firmemente, que éste proceso de reformas podría ser más un estudio experimental al considerar que si el régimen parlamentarista no resultare, volveríamos al presidencialismo.
Lejos de abordar discusiones meta-teóricas acerca del parlamentarismo “a lo nica”, tal como lo describiera Arnoldo Alemán, el cambio de régimen no es un fin en sí mismo, sólo un medio impuesto por las circunstancias para que Ortega y Alemán se perpetúen indefinidamente en el poder; todo por el poder. Así es el diseño de las reformas constitucionales.
Una reforma a la Constitución Política no vendrá a darle de comer a los miles de damnificados por el huracán Félix, tampoco lo hará con los afectados por los torrenciales aguaceros de Chinandega o Matagalpa. Una reforma constitucional no reparará las carreteras que fueron dañadas por las constantes precipitaciones que se dieron en el mes de octubre a lo largo y ancho del territorio nacional. Con una reforma constitucional no mejorarán los caminos de penetración a los sectores donde se desarrolla la producción agrícola del país. Las reformas constitucionales no regenerarán las siembras que fueron arruinadas por los aguaceros. Ya lo dijo una representante de la FAO, sino se asegura la siembra de apante, habrá hambruna en el país el próximo año.
El señor que deambula por las calles en un carretón halado por un mal comido caballo, tan mal comido como su amo, no le interesa saber si la reforma constitucional transformaría a Nicaragua en monarquía. A ese hombre no le interesa saber si los ex presidentes de la República tendrán derecho a ser diputados vitalicios, o que el Primer Ministro tenga o no derecho a la reelección indefinida. A ese hombre lo único que le interesa es tener asegurada su comida diaria, junto con la de su mujer y la de sus hijos.
En la 62ª Asamblea General de las Naciones Unidas, Daniel Ortega arrogantemente se disparó contra naciones hermanas como Estados Unidos o Europa, tildándolos de gobiernos opresores e imperialistas --discurso por demás anquilosado--. No obstante, gracias a esos pueblos hermanos, los damnificados por el huracán Mitch en aquellos años, o por el Félix, hoy, pudieron ser beneficiados con programas de ayuda social que les permitirían mejorar sus condiciones de vida, misma que las discusiones bizantinas sobre el presidencialismo o parlamentarismo no se las ha podido resolver.
Esos pueblos donantes a los que el Presidente de Nicaragua criticó fuertemente fueron los que, muy generosos, brindaron su mano amiga a los miles de perjudicados con los desastres naturales ocurridos de forma reciente.
Esas “tierras del norte” en vez de abordar temas fútiles tales como cuál sistema político será mejor que otro ¿presidencialismo o parlamentarismo?, se han dedicado a mejorar las economías y formas de vida de sus pobladores --no lo contrario--, tal como ha sucedido aquí. No es el sistema el que fracasa, sino quienes lo llevan a la práctica. O como diría alguna vez un pensador: “Si no cambian las personas, nada cambia”. Lo paradójico de las reformas constitucionales es que sus mismos promotores son los que han hecho fracasar el sistema presidencialista actual desde la suscripción del pacto libero-sandinista en el año 2000.
Ocupémonos por temas que en realidad solucionen las necesidades de la población más desfavorecida, los que ayuden a mejorar la economía diaria del carretonero, del que carga sacos en los mercados, de la empleada doméstica, del pordiosero, de los niños que limpian las ventanas de los carros en los semáforos, en fin, “de todos los pobres del mundo”. No tiremos cortinas de humo tratando de reformar el sistema político actual, por el contrario, mejoremos el sistema económico que es el que nos sacará de la pobreza, para que él de la calle no termine parafraseando aquella célebre expresión: TENEMOS HAMBRE, ESTÚPIDO.

(*) camilo@lawyer.com