Opinión

“Pagador alegre de facturas”


Cuando una persona no sólo se representa a sí mismo, carga una pesada pero también aprovechable responsabilidad, es un dirigente, un representante de lo que le exige implícitamente beligerancia en sus acciones, actuaciones con respeto. No hay varios tipos de respeto. Lo que varía es “a quién” va dirigido, aunque sería una hipótesis con altas probabilidades a negarse, cuando se supone deberíamos respetarnos todos y todos entre sí.
Sin embargo, como persona llena de imperfecciones y cuentas pendientes para con la humanidad que envuelve mi mundo, aprovecho la oportunidad de ser imperfecto para dirimir sobre lo ideal y lo real, lo colectivo y lo individual. Cuando mi respeto no alcanza a una persona representada a sí misma o a otra que representa un colectivo. ¿Cuáles son las implicaciones?
Las vociferaciones abruptas y espontáneas (porque normalmente no son calculadas) facilitan el descargo de vísceras podridas y ácidas que aquejan nuestra incurable alma, siendo ésta uno de los medios de los cuales nos valemos para faltar al respeto que debemos hacia otra persona. Son diversas y a la vez relativas, entre la profundidad y el espectro, nuestras acciones en contra del respeto. Sin embargo, y sin ánimo de justificar, la realidad es que son cotidianas porque pueden escucharse y protagonizarse cada hora, a la vuelta de la esquina y en todas las esferas.
Si bien es posible asimilarlo como parte de la rutina, un acto de irrespeto no se olvida fácilmente. Los comentarios y pesadumbres sobre un acontecimiento cimentado en la falta de respeto duran mucho tiempo y hasta pueden repetirse los protagonistas, porque hasta el destino a veces confabula y atiza la hoguera en la que matamos fácil y paulatinamente nuestra perspectiva.
Si vemos más allá del ambiente familiar, laboral o citadino, en la política internacional la falta de respeto es parte ya de la rutina, con la gran diferencia de que dos representantes de diferentes países que se irrespetan comprometen el futuro de millones de representados. Los empresarios son vivos, porque éstos a través de mecanismos y estrategias -lícitas o no- se salvan de cualquier manera, pero no sus empleados y las familias de los empleados. Éste es otro embate de la política que es importante reconocer y considerar.
Cuando hay un cambio de gobierno llegan consigo escobazos cargados de despidos en las instituciones del estado, aunque el aparato que asume las carteras estatales esté bien reconciliado. Podrían estarlo, tal vez utópicamente. Pero, como diría el compañero, correligionario, secretario, comandante y presidente, José Daniel Ortega Saavedra, esta situación “es insignificante, comparado con” lo que un mal intercambio de impresiones (lleno de epítetos) entre políticos podría desencadenar al país entero, y menos “insignificante” aún si se tratase de dos jefes de estado.
Cuando hay discrepancias entre representantes criollos se supone que se perjudica –en nuestro caso- a la oligárquica oposición, pero las dimensiones son de inimaginables magnitudes cuando dos presidentes rompen la frontera del respeto y tolerancia de ideologías y se disipan las relaciones diplomáticas o peor aún, de cooperación, porque no creo que haya peor perjudicado que nuestro cooperado país, nosotros.
Aunque le parezca increíble a la cúpula gobernante, estamos en paz y no tiene sentido fomentar una guerra ametrallando a los demás que piensan diferente con descargas de saliva envenenada y morbosos pensares vengativos. El “Chavista” Ortega debería tener presente que se encuentra ocupando una silla –metafóricamente, pareciera-- que le exige respeto para con su pueblo y con los pueblos, como presidente que es.
Lo que se vive en la noticia internacional es una competencia por alcanzar el protagonismo en su máxima expresión, despotricando cada vez que se puede. No estoy tan seguro que los países que tanto ayudan al nuestro aguanten por mucho tiempo toda esa irrespetuosa retórica demagógica y malinchista, pro chavista y candilera de la calle. El respeto es por excelencia el principal aliado de un país, porque éste facilita el consenso.
No es cuestión de andar “inventando venados”, de mandar al zapatero a su zapato cada vez que se puede, o decir “pelele” a los gobiernos anteriores, por que con esa lengua que dice de todo sólo me confirma que en Venezuela se usa botas. Es cuestión de respeto. Ideal sería tener un gobierno fuerte, como el actual, pero que en lugar de “lorear” mediara entre enemigos y emitiera discursos equilibrados y nacionalistas. El respeto es difícil de asimilar y practicar, máxime cuando se esta acostumbrado a ver actos de naturaleza irrespetuosa. Ideal, el tolerar con ímpetu las distintas ideologías, religiones, el sexo y sus preferencias, todo lo que esté apegado a derecho.
Estoy esperando mi respectiva factura, y bueno, deberé estudiar después como le hago para –aunque sea en cuotas- pagar las consecuencias de mis errores. Lo nefasto es que “se van en el saco” otros que pagan también por mis errores, por mi falta de respeto, entre otros.
Desastroso es, entonces, si como Presidente propiamente dicho no se rige por el respeto como cosa fundamental de las relaciones. Y es que a como están los frijoles debería buscar cómo contribuir a resolver progresivamente los problemas de mi país y no andar echando la culpa a zutano, mengano y perengano, de la manera que se hace hoy y en público, para variar; puede que con ello satisfaga su alma, pero no nuestras expectativas. Las responsabilidades deben compartirse y discutirse, pero no dentro de un marco donde el respeto está ausente; más bien parece que éste es un “Gobierno de prohibición al diferente pensar”, especializándose en ello formidablemente.
Entonces, a parte de la factura personal que debemos pagar, nos espera también pagar la cuenta que nuestros representantes y compañía ilimitada nos han creado tan gentilmente. Estamos pagándola a diario, y es que el hambre y el diario vivir son muy buenos motivos para hacerlo, condimentado además con las necesidades creadas por el “capitalismo salvaje”. Y lo hacemos con indolencia, talvez por que hemos “rutinatizado” la falta de respeto entre nosotros, entre ellos.
La falta de respeto, marchita la beligerancia de nuestras actuaciones, y es difícil justificar el actuar de nuestros representantes porque utilizan nuestro estatus para estrenar sus demagogias ambiguas a diario, donde quieran y cuando pueden. Son facturas de cuentas ajenas, pagadas por nosotros.