Opinión

Los caudillos del rentismo


Las reelecciones presidenciales indefinidas que se promueven en Venezuela y en Bolivia demuestran que el caudillismo avanza en América Latina, ahora con la ambición de perpetuarse. Los éxitos mediáticos de Hugo Chávez y Evo Morales están dando nueva visibilidad a este fenómeno que, sin embargo, nunca se ha alejado del continente.
De hecho, varios presidentes lograron antes reformas constitucionales para prolongar su mandato -por ejemplo, Carlos Menem, heredero del caudillismo más persistente del continente- pero nunca ad eternum en la historia reciente.
Es necesario considerar dos aspectos del caudillismo: el primero es que se trata, sobre todo, de una forma de representación política y que, como tal, puede estar dotada de muy diversos contenidos. El segundo es que, a pesar de consistir en la personalización de la política, es un fenómeno que depende menos de las características particulares del caudillo que de las condiciones sociales, políticas y económicas del país. En otras palabras, aunque el carisma de un caudillo no es ajeno a los atributos personales percibidos por la gente, es en esencia una creación social.
Estas dos ideas pueden ser útiles para comprender los ascensos políticos de Hugo Chávez y de Evo Morales. Ellos, como los antiguos caudillos, concentran en sí mismos la representación de sus partidarios. Si en el caso de otros caudillos la representación se basaba en la confianza de la gente de alcanzar un mejor destino bajo la conducción del líder, en los casos de Chávez y Morales se basa sobre todo en una simple identificación que le permite pensar: “éste es de los nuestros”.
La forma en que se define el “nosotros” que vincula al caudillo con las masas construye una identidad colectiva simple y sencilla, a la que puede apelarse con facilidad, renovándola y movilizándola. Esto facilita la comunicación entre el caudillo y las masas, pero también facilita la sumisión de las masas. Morales y Chávez reiteran su condición étnica y su origen humilde, involucrando emocionalmente a quienes comparten esas características y chantajeando a quienes no lo hacen.
Esta imagen se afirma cada vez que estos caudillos confrontan con un enemigo que es tan grande como difuso: el imperio o los Estados Unidos, las oligarquías o los partidos tradicionales, las transnacionales.
El conflicto tiene otra utilidad para estos caudillos: les permite cohesionar a sus bases y eludir las responsabilidades de gestión que entraña el ejercicio del poder, pues siempre habrá un enemigo a quien culpar de los problemas que surjan.
Chávez y Morales han ido acumulando poder mediante el desmantelamiento de los frágiles controles institucionales y el debilitamiento permanente de sus adversarios, continuamente obligados a desempeñarse en el terreno de los conflictos. Al descrédito de los partidos tradicionales y de los gobiernos precedentes, a los que tachan de corruptos y excluyentes, le sumaron luego la reforma total de la Constitución para reducir el papel del Congreso, subordinar a la Justicia y centralizar el manejo de los recursos económicos. En estos procesos Chávez ha sido más exitoso que Morales, cuya Asamblea Constituyente no logra ni siquiera ordenarse a sí misma. En cuanto a Correa, sus intenciones se harán visibles pronto en Ecuador.
En el ascenso político de los actuales caudillos de Venezuela y Bolivia se podía observar una grave crisis de los partidos políticos y una aguda intensificación del malestar social. Chávez y Morales, cada uno por su lado, aprovecharon esas situaciones, las denunciaron y actuaron para agravarlas. En la propia estructura económica y social había y todavía hay una gran desigualdad social, un sistema institucional débil y la existencia de abundantes riquezas naturales. Éstas son las tres causas de fondo del problema.
No son causas nuevas pero sí más visibles. La intensificación de los flujos de comunicación hizo más perceptibles las desigualdades, y el crecimiento de la demanda y de los precios del petróleo y del gas aumentó el valor de las exportaciones.
En una base social inconforme, que quiere cambiar su situación y sabe que puede hacerlo si logra acceder a las riquezas que en nombre de la nación controla el Estado, se desarrollaron actitudes sociales receptivas a la crítica al pasado y a las nuevas promesas. Con sistemas institucionales débiles, la política se personalizó y surgieron los caudillos. El poder de éstos será tanto mayor cuanto más se debiliten las instituciones, más evidentes sean las desigualdades y más se concentren los recursos. Y esta última es, probablemente, el pivote central de la mencionada tríada de causas. Con recursos abundantes y concentrados aumenta el poder discrecional de quienes los controlan y también las expectativas sociales de la población.
Si los caudillos son un producto de sus sociedades, el problema no son ellos, sino las causas que los generaron. De las tres que se han mencionado, la de mayor importancia es la concentración de la abundancia en el Estado, y por tanto en el caudillo, pues esa concentración impide resolver las desigualdades y al sostener al caudillo bloquea las posibilidades de fortalecimiento de las instituciones.
Debería prestarse mayor atención a la necesidad de encontrar mecanismos que lleven las ganancias petroleras directamente a la gente y eviten su captura por el Estado. La gente tendría la iniciativa política y económica, lógicamente también la tributaria, y disfrutaría de una base material de igualdad para ejercer sus derechos de ciudadanía. Los pueblos no embargarían su identidad ni su voluntad políticas para soportar caudillos.

Roberto Laserna es Profesor de Ciencias Sociales en la Universidad Mayor de San Simon, Cochabamba, Bolivia.

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